/Archivo

Diez años de lecturas magnas

ALEJANDRÍA_ENTRADA
El Grupo Alejandría —integrado por Edgardo Scott, Clara Anich, Nicolás Hochman y Yair Magrino— celebra una década de literatura oral en voces ignotas y consagradas. Fotografías: Martina Trlik

Por Juan Ignacio Sapia

En el Malba, frente a un auditorio lleno, Edgardo Scott, uno de los integrantes del Grupo Alejandría, esboza una interesante metáfora para describir el proyecto: “Alejandría es un modo de escritura, una gran novela sin terminar que venimos escribiendo hace diez años”. Repasemos: hacia fines de 2004, un grupo de alumnos del taller de Abelardo Castillo decidió iniciar un ciclo de lecturas de cuentos que mezclara a autores inéditos o con poca obra publicada con escritores ya consagrados. La idea prosperó y el proyecto fue creciendo. Los lugares donde se realizaban los encuentros fueron cambiando: de los bares pasaron a la librería Fedro, y de ahí, a Eterna Cadencia. Además, Alejandría editó varias antologías de autores nuevos, organizó el Cierre de Ciclos de Lecturas y, desde hace algunos años, se encarga del premio de cuentos Itaú.

Hoy, con base en la librería Gandhi, el trabajo del grupo es notable: con más de 500 autores invitados en sus diez años de carrera, es uno de los principales interventores de eso que llamamos campo literario. Para que quede claro, si pensáramos el conjunto que forman las publicaciones, los medios especializados y el mundo académico que rodea la literatura, la de este lado de la General Paz, como el universo del fútbol profesional, el Grupo Alejandría sería uno de esos equipos europeos que se cansan de romper récords. La lista de escritores que pasaron por el ciclo mezcla a Juan Sasturain con Fabián Casas, a Enzo Maqueira con Pablo Ramos, abriendo el diálogo entre generaciones de plumas. El festejo por los diez años de trayectoria del grupo, en el Malba y frente a un auditorio lleno, engloba todos estos logros. “Si de algo estamos orgullosos es de seguir asistiendo al silencio que ocurre cuando un autor lee un buen texto y el público lo escucha con fascinación, porque ha quedado capturado en el hechizo literario”, afirma en diálogo con NaN Clara Anich, que junto con Nicolás Hochman, Yair Magrino y Edgardo Scott componen la formación actual del grupo.

—Con la perspectiva de los diez años de trayectoria, ¿qué cuestiones cambiaron y cuáles siguen igual en el campo literario desde que el grupo existe?
—La aparición en estos últimos años de editoriales independientes, ciclos de lectura y revistas culturales permite cierta identificación de época, cierta filiación, cierto modo de hacer las cosas. No es generalizable, pero sí podemos ver en esto un síntoma de época, un síntoma muy bueno. Lo que permanece son los egos, algunas mezquindades, los criterios de las editoriales grandes para determinar qué se vende y qué no; pero también las ganas de escribir de mucha gente, las ganas de hacer algo.

—¿Internet modificó alguna variable del mundo literario?
—Sobre todo con los blogs primero y las redes sociales después, se abrió un mundo de posibilidades. Para bien y para mal, cada uno muestra lo que tiene, o lo que cree tener, o lo que le gustaría hacer, y otros lo miran, lo comentan, lo comparten, lo critican. Hay algo de lo literario que está ahí, más allá de la difusión, detrás de los recursos digitales. Algo de la interacción con el lector. Cambió mucho la manera de generar un contacto con un editor, una editorial o el público, porque probablemente la oferta literaria sea cada vez mayor y más los espacios en los que uno se puede encontrar o desencontrar con el otro. Algo de eso modifica el campo, lo convierte. ¿Mejor, peor? No sabemos, pero esa nueva manera de relacionarse con el que está afuera transforma las reglas del juego.

—¿Cuál es el secreto de la longevidad del grupo?
—Más que longevos, somos insistentes en llevar a cabo una idea. No hay ningún secreto: es simplemente seguir teniendo ganas de hacer lo que nos gusta, seguir teniendo hambre. En estos años cambiaron muchas cosas dentro del grupo: se fueron algunos integrantes, aparecieron otros; nos flexibilizamos con el tipo de lectura (al principio era sólo cuentos; ahora hay de todo); organizamos eventos en bares, librerías, ferias del libro. Y un poco es eso: saber que las cosas van a seguir cambiando y que uno, como individuo y como grupo, se define también a partir de lo que va haciendo.

Este año, el grupo sorprende con algunos cambios. El primero, y más importante, es el traslado de la residencia de las jaranas a la librería Ghandi, en Palermo. Allí se lo encontrará el martes 1 de abril, cuando comience la nueva década de lecturas. Pero además la novedad de este año es que las reuniones serán registradas y subidas a YouTube. “Y tenemos muchas ganas de empezar a movilizar el ciclo hacia el interior del país y el exterior. Queremos armar lecturas itinerantes y que escritores de una provincia vayan a leer a otra, generar un movimiento que no sea solamente hacia el interior de la General Paz”, se entusiasma Anich.

—¿Cómo resulta llevar adelante un proyecto cultural literario autogestivo?
—Arduo, pero maravilloso. Es la posibilidad de hacer lo que creemos que está bien, lo que nos gusta, lo que queremos. Eso tiene sus costos, por supuesto, en el sentido económico, de energía, de tiempo, de psiquis, y está bien que así sea. Tiene que ver en parte con hacernos cargo de algo que es nuestro, con no quedarnos esperando a que alguien venga a resolverlo por nosotros, con no caer en la queja fácil o la indignación y, en cambio, buscarle la vuelta a algo que no siempre es fácil ni divertido, pero que en definitiva tiene que ver con la propuesta que tenemos desde el momento cero: leer, escribir, compartir el mundo literario, después salir a comer y, cada vez menos, a tomar hasta que salga el sol. Diez años no pasan así como así.