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La velocidad de Alfredo Rosso

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Ahora en el éter radial y en Mavi Rock como años atrás en Mordisco, El Expreso Imaginario y La Mano, el periodista hace lo que más le gusta: presentar nuevos sonidos.   Fotografía: Natalia Berninzoni

Por Santiago Berisso

“Hay un tema de los inicios del rock nacional, ‘Oye niño’ de Miguel Abuelo, que dice: ‘Cuando mi nombre ya no exista, verás qué velocidad’. Estuve décadas preguntándome qué quería decir eso. Y un día le digo a Pipo Lernoud: ‘Pipo, vos que eras amigo de Miguel, vivió con vos y compusieron juntos… ¿qué quiere decir?’ Y él me dice: ‘Pensalo, Alfredo. Cuando nacés te dan un nombre. Vos te llamás Alfredo Rosso. Sacás el DNI y dice Alfredo Rosso, y con eso te dan una tradición, también un montón de prejuicios. Te dan normas para la vida. Pero vos sos mucho más que eso. Sos una persona con su visión de mundo, su capacidad de asombro frente al universo, sus metas. Cuanto más pronto te des cuenta de que nadie puede vivir esa vida por vos, más libre vas a ser. Y cuando te des cuenta de que no sos tu nombre, ¿quién te para?’.” Tras dos segundos de silencio, Alfredo Rosso queda boquiabierto, con los ojos más grandes que nunca, y se desploma en el respaldo de un sillón del primer piso de Radio Nacional. “Me quedé así”, dice.

Es un martes pegajoso. Los periodistas Maitena Aboitiz y Diego Mancusi lo reciben con abrazos en la mesa de Nunca lo sabrán, programa que conduce Aboitiz de lunes a viernes de 21 a 23. Una remera roja pero no chillona, un jean no tan gastado y zapatillas negras de lona lo visten frente al micrófono con el que, en esta ocasión, está presentando Goldenwings, disco del grupo uruguayo Opa, que fusionaba jazz, candombe y rock a mediados de los ‘70. El operador técnico da comienzo al track número dos y del otro lado del vidrio los dedos de la mano derecha de Alfredo ya no entienden nada sobre seriedad, rigidez o contracturas sociales. Mientras la izquierda sostiene el mate, la derecha se divierte con el órgano imaginario apoyado sobre la mesa. Su entusiasmo garantiza, con solo verlo, que está en su salsa. “Como periodista de rock —explica— mi rol es ser un intermediario entre el emisor del mensaje artístico, el músico, y el receptor, o sea el público.” Convencido de lo que dice, pero sin embanderar ninguna dogmática verdad, explica que lo que le interesa es transmitir qué le produjo una obra. “Lo más importante es la emoción, el sentimiento y el producto residual que deja en mí, cómo soy después de escuchar ese disco.” Cualquier melómano sabe que esos discos que te llegan a los huesos no te llevan a hacer algo sino a ser algo. El concepto de crítica asociado al periodismo no le resulta del todo amigable, por el hecho de que muchas veces deviene en una observación “taxativa”. Con la respuesta agazapada en la punta de la lengua, lanza al aire: “¿Viste alguna vez un libro criticado con estrellitas?” Continúa: “¿Por qué, entonces, no ponerle nota a los cuadros?, ¿Por qué no vas al museo y le ponés una nota a La Gioconda? Es absurdo”. El periodista no es un profesor ni el músico un alumno, compara.

Sin mayores vueltas, para Alfredo Rosso, el rock —o cultura rock, como prefiere decir— es libertad. A los doce años, Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band llega a sus manos. Es el primer álbum que sujeta a conciencia, y él se libera. “Me cambió la vida”, asegura, con un rostro similar al que recuerda la letra de “Oye niño”. El tocadiscos llegó a su casa en 1959. Los tangos sobre los que su padre apoyaba la aguja eran los que inicialmente musicalizaban el ambiente. Al poco tiempo, el enroque con el rock sería un hecho. “A partir de ahí comencé a investigar esta música porque me di cuenta de que era mucho más que música: era la expresión de una cultura que estaba destinada a cambiar la historia de la generación del ‘60, pero también a modificar todas las pautas que se tenían por aquel entonces.”

“Estamos en una era de oro del rock nacional y no nos damos cuenta. Lo que pasa es que ése es un hueso que tengo que roer con mis colegas. Los periodistas no estamos viviendo una época de oro. No hay ganas de escuchar, no hay ganas de investigar y si están, no se reflejan en los medios tanto como deberían.”

Hasta quinto año fue al Carlos Pellegrini. Era buen alumno, “de esos que se rateaban y se iban a la biblioteca o a una cabina a escuchar discos… pero sesudamente”. En el último año —cuando explotó su vida en “sexo, drogas y rocanrol”— se tuvo que cambiar al Domingo Faustino Sarmiento, porque había reprobado siete materias. “Hacé lo que quieras, pero terminá el secundario” era la única exigencia de sus padres, quienes jamás le “hincharon las bolas”. Una vez que lo finalizó, ingresó en el Instituto Superior del Profesorado Joaquín V. González, donde se preparó para ser profesor de inglés. No obtuvo el título, pero asegura que aprendió “un toco”. Aprendizaje que luego le serviría de anzuelo para ingresar en la revista Mordisco, surgida en 1974 y que dirigía Jorge Pistocchi, con la subdirección de Daniel Morano, actualmente productor de Diego Capusotto y por ese entonces hacedor del El tren fantasma, programa radial pionero de rock en la Argentina.

Entrado en la adolescencia, el rocanrol ya estaba lejos de significar un mero entretenimiento o lapso transgresor de su vida. Enrique Rosso, alias el Tío Tito, trabajaba en el sello discográfico EMI Odeon y fue quien le tiró los primeros centros musicales a su sobrino, con los simples de Los Beatles o cualquier otro material de prensa que pudiera regalarle. Si no podía obsequiárselos, el Tío Tito se los vendía al precio por el que él los obtenía.

La humedad inunda el ambiente de Maipú 555 y Rosso observa su reloj. No quiere parecer maleducado y aclara que en cuarenta y cinco minutos tiene que estar en la FM Rock & Pop para grabar algo. Se escuchan los pasos de alguien subiendo la escalera. No importa quien sea, la persona que cruza el pasillo lo saluda. A veces responde levantando la mano, otras con una media sonrisa escondida detrás de su barba en la que el gris parece, definitivamente, haberle ganado la batalla al negro.

“Al principio todo el mundo es inocente, pero después cuando te vas golpeando con ciertas realidades de la calle, tus letras empiezan a tener un dejo de fatiga existencial.” La certeza de la incertidumbre. El camino que no es tal. Con el rock, la ironía empieza a ganar pequeñas batallas frente al seguir adelante sin mirar a los costados. “Eso fue lo que me impresionó —destaca—, no que me dijeran ‘el camino es aquél’. Me gustaban las preguntas y no que me dieran respuestas, porque sinceramente nunca tuve ídolos”. Compañeros de ruta, eso son los artistas que él admira. Y pone como ejemplo a uno de los rockeros que mayor trascendencia lograron por fuera de la escena musical propiamente dicha para introducir un explícito mensaje social y político a través de su arte: John Lennon. “Fue un tipo muy valioso desde lo artístico, que trató de superar su historia y sobreponerse a su propia persona, que era prejuiciosa en algunos casos, violenta en otros, para poner por delante el estandarte de la paz. Pero no es un ídolo en el sentido de que acepte cualquier cosa que haya hecho sino que funciona en mí como un norte”, justifica. Cree que la idolatría “es una búsqueda de una especie de padre sustituto, una búsqueda espuria”. Recuerda a su padre, al cual quiso y admiró mucho por su honestidad y su forma de conducirse en la vida. “Pero ya tuve uno, no quiero otro. Lo tuve, cumplió su función y elaboré el duelo por perderlo a sus 94 años, lo cual fue muy duro”. Hace silencio, su mirada se pierde y agrega una verdad que, quizás por tan obvia, a veces olvidamos: “Tu papá es tu papá, se vaya a los cincuenta o a los noventa”.

Da lo mismo —o al menos así lo da a entender— si frente a él está Luis Alberto Spinetta, Charly García, su tío, un aspirante a periodista o un abogado curioso con una Rolling Stone bajo el brazo. Si intenta entrar en algún tipo de impostura, no logra hacerlo. Siempre que se hable de música, a corazón abierto. Como si la música en sí misma excediera cualquier otro tipo de factor, como su emisor, su canal, su contexto. Nadie vino a este mundo para adueñarse de la música. Y si lo intenta, simplemente verá que no logrará hacerlo.

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Los sábados Rosso conduce “La trama celeste” (de 18 a 21 en AM 750) y “Figuración” (de 12 a 14 en Radio Nacional Rock). Fotografía: Natalia Berninzoni

Antes de ingresar, a mediados de los ’70, como traductor de notas de medios externos a la revista Mordisco —que poco tiempo después se reformularía para engendrar El Expreso Imaginario—, Alfredo le pide a sus padres si lo pueden ayudar a costear un viaje a Inglaterra. A esa altura, ya está empachándose con revistas de afuera como Creem, Melody Maker y New Musical Express. Va y se topa con agrupaciones como Bad Company, Los Faces y artistas como Rory Gallagher. Pero antes de partir hacia el viejo continente, se le ocurre que su expedición podría tentar a Pistocchi, director de Mordisco, para utilizarla como cobertura de los recitales británicos. Pasa —de saco y corbata— por Viamonte y Pasteur, casa del periodista y redacción de la revista. Al ver a Rosso, todos piensan que es un policía vestido de civil, hasta que un amigo de la primaria que es parte del staff lo reconoce y les dice a sus colegas que se relajen. Tiempo después vuelve de su viaje y no se encuentra con lo que deseaba. “No me publicaron un carajo”, dice. Más allá del traspié inicial, pasa a formar parte de esa revista “del cuore, que hacía chistes y te involucraba como lector”. Cosa que no sucedía con la contemporánea y famosa Pelo, publicación que él destaca en sus comienzos, pero que luego incluiría la detestable sección “Página negra”, que botoneaba los deslices de los artistas de rock, sus “traiciones” al género, “como si los periodistas fueran impolutos y jamás tuvieran que hacer una nota que no les gusta o tratar mal a alguien porque el editor los manda”. “En cambio —recuerda con la sonrisa de quien lo ha vivido— Mordisco te ponía fotos de chanchitos y cosas locas. Tenía un costado fumón que me gustaba en esa época, esa visión loca de la psicodelia.”

“Durante 1975, mientras gobernaba Isabelita y estaban el Brujo López Rega, la Triple A y todo eso, El Expreso Imaginario buscó su mecenas y al final lo encontró.” Ese hombre fue Alberto Ohanián. “En el camino, se integró mucha gente: Pipo Lernoud —a quien admiraba desde hacía tiempo por ser el letrista de ‘Ayer nomás’, canción interpretada por Mauricio Birabent y por Los Gatos—; Horacio Fontova, gran diagramador y dibujante; José Luis D’Amato; Edy Rodríguez; Fernando Basabru. Haciendo cuerpo a tierra en la colimba, conocí a Claudio Kleiman, y él me preguntó si era el que escribía en Mordisco. Me dijo que tocaba un poco la guitarra y le gustaba el rocanrol. Estaba medio vinculado a Filosofía & Letras y lo llevé a conocer a Pistocchi. Le cayó bien y lo incorporó.”

El Expreso Imaginario salió a la calle entre 1976 y 1983 y, quizás sin quererlo, musicalizó la dictadura militar de principio a fin. “El tema con el gobierno militar es que no eran tan inteligentes. Eran jodidos, crueles y tenían un aparato de demolición de los oponentes políticos, pero no podían llegar a todas partes”, menciona. Y de la misma manera que Jorge Videla y compañía no pudieron con “Canción de Alicia en el país” de Serú Girán, tampoco con El Expreso Imaginario: “Si leías a fondo la revista y lo pensabas bien, decías que estos tipos estaban evidentemente en contra de cualquier plan represor. Era obvio. Pero, por suerte, nunca tuvimos gente que la leyera a fondo, que se preocupara por descifrar lo que estábamos diciendo”.

El sello Music Hall le abrió sus puertas en 1976 y permaneció allí hasta 1981. La empresa poseía los derechos —en ese momento, licencias— de tanques de la industria como Warner, Elektra y Atlantic. Alfredo deja el respaldo del sillón, pausa su relato y endereza su columna, dando a entender que lo que está por decir merece especial atención. “Yo elegía lo que editaba”, dice con la única cuota de orgullo esbozada en toda la tarde. Es un orgullo a lo me entendés, pibe. “Y así —continúa— mandé piletas como editar a Incredible String Band, Jean-Luc Ponty, Miroslav Vitous, bajista que tocó en Weather Report.” Sin embargo, la libertad de acción conlleva su riesgo. “Edité a Los Ramones y no vendí nada. Tenía la libertad para equivocarme”, dice. Y es que ahora la industria discográfica, o musical en general, no se caracteriza por sus ánimos experimentales, comercialmente hablando.

“Si leías a fondo El Expreso Imaginario y lo pensabas bien, decías que estos tipos estaban evidentemente en contra de cualquier plan represor. Era obvio. Pero, por suerte, nunca tuvimos gente que la leyera a fondo, que se preocupara por descifrar lo que estábamos diciendo.”

Hoy no edita discos, pero invita a escucharlos cada fin de semana en La trama celeste (sábados de 18 a 21 en AM 750) y Figuración (sábados de 12 a 14 en Radio Nacional Rock). La experimentación permanece intacta: Gentle Giant, Jaime Roos, Pablo Dacal, Cat Power, Lee Ranaldo, Tatvamasi y Van Morrison pueden sonar en una misma edición de esos programas radiales, envíos que deben escucharse con lápiz y papel en mano. Junto con la revista Mavi Rock —que sale cuando puede—, esas emisiones son los principales medios a través de los que hace lo que más le gusta: presentar artistas, canciones, discos y sellos discográficos, y en definitiva experiencias ansiosas por empatizar con el lector o el oyente.

Su carrera profesional es tan prolífica que al recorrerla genera en su interlocutor la mixtura perfecta entre estupefacción e ilusión. La inocente pero agradable ilusión de creer que uno va a poder recorrer una mínima hectárea de su trayecto. De 2000 a 2012, estuvo al frente de La casa del rock naciente, el ya clásico ciclo radial de la Rock & Pop, que contó con la producción de Noemí, su esposa en segundas nupcias. Proyecto radial que comenzó a fines de 1996 en una reunión de padres en la que se cruzó con Mario Pergolini, en el jardín de infantes al que iban sus hijos. En ese entonces, Pergolini conducía ¿Cuál es? y le propuso hacer algo para el programa. Ese algo sería La casa del rock naciente, micro que con el tiempo fue ganando peso propio hasta convertirse en un programa con todas las letras. En el terreno gráfico, de 1990 en adelante ha “trabajado en” y “colaborado con” revistas como Los Inrockuptibles, La Mano —fundada por él con los aportes de Marcelo Fernández Bitar y Martín Pérez—, Esculpiendo Milagros, Cerdos & Peces y Hurra, entre otras. Los suplementos No de Página/12 y de Clarín también fueron espacios en los que colaboró. A principios de 2004 y hasta fines de 2005, llegó a la pantalla de Much Music con Vinilo: la historia del rock, emisión de la que casi no queda registro.

Las extensas y reconocidas trayectorias profesionales recurrentemente vienen acompañadas por una gran cuota de nostalgia, por el pensamiento de que lo que se vivía antes poco tiene que ver con lo que tenemos hoy frente a nosotros. Pero Alfredo Rosso —quien nunca estudió periodismo sino que se hizo periodista, como dice él— está lejos de caer en una de esas lacrimosas miradas que no pueden dejar de echar un vistazo hacia atrás. Su oído está inquieto en la constante búsqueda de nuevos sonidos. Incluso, asegura que disfruta mucho ponerse a escuchar lo que la gente le recomienda vía mail.
Entre diferentes ediciones de Glastonbury (Inglaterra), T in the Park (Escocia) y Roskilde (Dinamarca), cuenta con más de veinte festivales internacionales de rock en el bolsillo. “Los Stones en el Glastonbury del año pasado fueron algo muy fuerte por su significado. Un increíble dinamismo a sus años. ‘¿Por qué no nos invitaron antes?’, dijo Jagger”. Su recuerdo va años más atrás y aparecen Crosby, Stills, Nash & Young, en agosto de 2000 en Boston. Un “tremendo” show. Pero la memoria no siempre lo lleva del otro lado de las fronteras. El 6 de junio de 1970 conoció el Luna Park. Esa noche tocaban Vox Dei, Engranaje, Facundo Cabral, Manal y Almendra. Sí, todos ellos.

“La conexión más humanista” es la que busca cuando se encuentra con un artista. Eso no quita que sea consciente de que no siempre se logra conectar de un modo que trascienda lo propiamente coyuntural de la entrevista periodística. “Me interesa mucho que me describan etapas de su vida y su contexto”, dice al mismo tiempo que su mirada nos indica que su mente ha emprendido un nuevo viaje. “Me encanta cuando destapás un frasquito que el músico quería que se destapara”, reconoce. “Cuando tuve la oportunidad de hacer una nota de muy pocos minutos, por teléfono, con Jeff Beck, lo que más me interesaba era preguntarle por la película Blow up, en la que él participa con los Yardbirds y rompe su guitarra”. No era la oportunidad para enfocarse en lo ya recorrido por todo un mundo de colegas. Él quería saber por qué el realizador italiano Michelangelo Antonioni quiso filmar Londres y a la banda tocando en vivo. Y, claro, cómo se siente según Beck destrozar una guitarra.

Mira el reloj una vez más y ahora sí tiene que partir hacia el barrio de Colegiales, donde está la Rock & Pop. Abandona el sillón, se para y saca su celular del bolsillo. “BlackBerry último modelo”, dice, pero en su mano hay un Nokia 1100 en un más que digno estado. Toma su mochila y saca un disco. “Estamos en una era de oro del rock nacional y no nos damos cuenta”, exclama al aire, llamando la atención de sus compatriotas, mientras agita con su mano el álbum homónimo de Los Espíritus, editado en mayo del año pasado. “Lo que pasa es que ése es un hueso que tengo que roer con mis colegas. Los periodistas no estamos viviendo una época de oro. No hay ganas de escuchar, no hay ganas de investigar y si están, no se reflejan en los medios tanto como deberían”, explica. Emprende su camino hacia las escaleras que lo llevarán a la planta baja. No le cuesta caminar, pero sí el movimiento que le exigen los escalones. Una de sus rodillas lo tiene a maltraer. Y de repente, saca una suerte de conclusión del presente: “Los grupos se esmeran. Está fallando lo que hizo que yo quisiera estar en esto, el contacto. Está fallando el periodista”.

Alfredo Rosso nació en el 6 de noviembre de 1954 y cincuenta y nueve años después, una tarde calurosa de primavera, se va de una radio a otra con la certeza de que si algo le enseñó el rock es que jamás debe olvidar que la identificación que guarda en su bolsillo no es más que un puñado de letras plastificadas. Sin su consentimiento.

 

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