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la literatura es el otro

ana ojeda

Probablemente, el mejor punto de partida para pensar la literatura de Ana Ojeda (Boedo, 1979) sea la noción de extranjeridad: esa sensación de extrañamiento con el entorno inmediato, de separación, de distanciamiento. Hay extranjeridad en las familias de inmigrantes italianos, judíos y japoneses que llegan a la Argentina de principios del siglo XX en las páginas de Falso contacto, su novela publicada en 2012. La encontramos también en Motivos particulares, una serie de textos cortos en los que Ojeda disecciona, con distanciamiento y lucidez, prácticas cotidianas como el viaje en un colectivo lleno o la fila en un banco. En No es lo que pensás, su última novela, publicada este año por Hekht, la extranjeridad aparece desde la óptica de dos hermanas que viajan a la India para encontrarse que no es exactamente como la describe, por ejemplo, la Lonely Planet. “Mis dos protagonistas no tienen un buen viaje, sino uno bastante pésimo. Lo inesperado es que ellas creen que van a un lugar que tiene determinadas características y se encuentran con algo que no pueden manejar. Las saca de su eje y las aterriza en un lugar incómodo todos los segundos de todos los minutos de todas las horas de todos los días que están en la India”, explica Ojeda.

 

Lo notable de No es lo que pensás es que problematiza la extranjeridad también desde lo textual. Mezclando la crónica, la información turística, la autoficción y la reflexión sobre traducción, Ojeda cuestiona la zona limítrofe entre texto literario y de otros tipos.

 

—¿De qué manera pensaste el libro?
—Como un exceso, desde todo punto de vista. Hablando con las editoras, resultó que desde distintos ámbitos andábamos muy problematizadas con el tema del exceso, el punto límite de la legibilidad. Cuándo un libro deja de ser libro y pasa a ser otra cosa, o al revés: cuándo una escritura cualquiera, habitante de otros ámbitos, se convierte en libro, en obra. La coincidencia me entusiasmó y seguí trabajando en esa dirección. Al comienzo tenía muy presente una frase de (Virginie) Despentes acerca de las mujeres: “siempre extranjeras”, incluso en sus lugares de origen, y poco más. Después de esa charla crucé todo: viaje, problemáticas de la mujer, de la traducción —que es otro tipo de viaje: de una lengua a otra—, exceso, des-género, y de ahí salió No es lo que pensás.

 

—De alguna manera, y salvando las distancias, No es lo que pensás podría ser una prolongación de Motivos particulares. ¿Pensaste un libro en relación al otro?
—No, la verdad que no. Motivos particulares (Pánico el Pánico, 2013) nació de una concientización en la observación cotidiana. Empecé otorgándole dramaticidad a cosas de todos los días, detalles leídos como grandes gestas, de alguna manera. Así empezaron a aparecer los fragmentos de distintas situaciones, cosas que atravesaban mi cotidianidad en ese momento. Yo estaba además en ese entonces escribiendo una novela y había días que no lograba avanzar como quería; Motivos… era la posibilidad de sentarme y lograr algo que me dejaba medianamente contenta en un tiempo corto porque empezaba y terminaba. Era cuestión de dar con el tono, con el lenguaje. No es lo que pensás la escribí después. De hecho, si no me equivoco, hay dos novelas inéditas entre ambas.

 

—Desde el epígrafe, con la cita de Teoría King Kong, en No es lo que pensás se trabaja mucho el lugar de la mujer, como ya lo habías hecho en Motivos particulares. ¿De qué manera considerás el discurso feminista (y tu propia opinión sobre ese tema) a la hora de escribir ficción?
—En realidad, no siento que trabaje mucho el lugar de la mujer sino que escribo desde mi lugar, y sucede que soy mujer. Me gusta pensar que la equidad y la inclusión son utopías posibles. En este sentido, saludo a las mujeres que dan por tierra con los estereotipos y logran empoderarse sin necesidad de devenir hombres, buscando otras maneras de socialidad amorosa. Hoy el lugar de la mujer está casi tan cuestionado como el del hombre, por conformista, sojuzgada, beneficiaria de un pacto que la recluye en un interior pero la mantiene, y parece que lo único progresista que podemos hacer es volvernos trans, fluidos, reversibles. Yo, sin embargo, reivindico el lugar de la mujer como integrante de una mayoría minorizada a lo largo de la historia de Occidente y sin embargo en una búsqueda constante de nuevas maneras, más virtuosas, de conectar con otros.

 

Además de su labor como escritora, Ojeda es traductora (tradujo al castellano a Alain Badiou y a Slavoj Žižek, entre otros) y editora: desde 2005, lleva adelante con Rocco Carbone el proyecto El 8vo Loco, donde se hace foco en autores periféricos, alejados del gran público. La colección Pingue Patrimonio, por ejemplo, rescata autores de la década del ‘20. “Reeditamos autores que pertenecen a una zona intermedia respecto de los polos Boedo-Florida. Roberto Arlt, Roberto Mariani, Enrique González Tuñón pertenecen a esta zona. A comienzos del siglo pasado, hubo una pelea por la legitimidad del enunciador: ¿quién puede escribir? ¿Qué hay que tener para ser percibido como escritor por los pares? Un conjunto heterogéneo de recién llegados al campo cultural, hijos de inmigrantes, autodidactas en la mayoría de los casos, trabajadores ‘de otras cosas’, salieron entonces a disputar la arena cultural.”

 

—En una entrevista de hace unos años decías que “hay la misma cantidad de editoriales que de escritores y hasta que de lectores, porque técnicamente se ha facilitado muchísimo el hecho de hacer un libro”. ¿Cuáles son las ventajas y las desventajas de editar en un medio con esas características?

—Las ventajas tienen que ver con que hoy es fácil hacer libros. Es alucinante la variedad de la oferta a la que podemos acceder. Basta darse una vuelta por la FLIA, por la Feria de Editores, por La Sensación. Por otro lado, considero que el campo de los pequeños proyectos editoriales de alguna manera internalizó una estrategia editorial que viene de las grandes multinacionales, que es inundar el mercado con material de todo tipo desde el desprejuicio más absoluto. Esto hace que de pronto topemos con verdaderas joyitas a dos mangos o bazofias a cien, nada garantiza nada. Lo que explica, me parece, la desorientación que cunde en el colectivo lector, que no tiene idea para dónde agarrar, y tal vez también el auge de libros que indican qué leer.

 

—¿Y cómo se estructura la relación con el público en el ecosistema editorial porteño?
—Es un ecosistema complejo y con muchas capas. Para mí, poder charlar un rato con los editores o autores en transitoria situación de libreros, en cualquiera de las ferias que mencioné, es un privilegio enorme.