/Barro

un quijote en la huerta

agroecológica

Imagen: Conciencia Solidaria

“En la húmeda eternidad de las vasijas de barro hemos guardado el cereal y la memoria de las formas…” (Salmos de Piedra, Armando Tejada Gómez)

 

En la ciudad de Córdoba, en Traslasierra o en Calamuchita se conoce y habla de su experiencia. Es un ejemplo para otros que deciden largarse a la aventura agroecológica, que tiene entre sus fundamentos el intercambio de saberes, la solidaridad y la reciprocidad. A fin de cuentas se busca mejorar el uso de la tierra para la comunidad; que los suelos se nutran naturalmente, mediante la rotación de cultivos, con abonos de origen orgánico para que así broten alimentos saludables. Es la contracara del modelo de agronegocios, que se funda en la maximización de rindes, y de las ganancias derivadas en el menor tiempo posible. Su nombre es Guillermo Buil, tiene 40 años. Pero más bien, si se anda por Río Cuarto, hay que preguntar por Willy para poder dar con él. Vale la pena.

 

La llegada a la chacra, ubicada a las afueras de esta gran ciudad del sur cordobés, implica por empezar un cambio de ritmo. Otra atmósfera. Otro tiempo de vida. Otro sentido de pensar y sentir. Se palpa con tan sólo entrar y dar los primeros pasos. Ahí, de entre unos árboles, aparece Willy: nada de estereotipo chacarero. Pelo corto, lentes, bermudas, zapatillas de skater y una remera con una calavera estampada. Bien podría pasar por miembro de un grupo musical punk. Verlo desenvolverse en la huerta nos confirma que es el ‘agroecocultor’ a quien vinimos a conocer.

 

“Pasá, pasá”, dice, sencillo, con voz por demás relajada. Dentro de la casa está Laura, su compañera de vida, la co-constructora de este horizonte de esperanza. Pronto llegarán Nehuen, de 11 años; Inigo, de 6 años; y Carmela, de 3 años, para completar el álbum familiar. El cronista intenta mirar a un lado y otro para ir trazando un perfil de la chacra, pero la variedad de especies que atraviesan los surcos, la diversidad de árboles a la vista, y algunos animales que pastan nos invitan a pensar que esto es bastante más complejo que los uniformes campos que abundan por la zona; que hace falta caminar un rato para poder describir a la unidad productiva.

 

“Ya hace cinco años que estamos acá, haciendo huerta, frutales y algo de pastura”, comenta como para introducir en el recorrido. “Tenemos tres hectáreas, pero además me cedieron cuatro hectáreas enfrente para correr las fumigaciones”, suelta, al paso. No tarda en llegar el pedido de explicación. Mirar los campos de enfrente es encontrarse con grandes extensiones sólo dedicadas al cultivo de granos y oleaginosas. Por métodos persuasivos de los más sanos –debe ser persistente el hombre—, Willy logró que un productor de los llamados “convencionales” (supongamos que es una convención usar agroquímicos) le cediera terreno para así alejar de su chacra el impacto de las pulverizaciones con agroquímicos. Entonces, ahora allí se siembra trigo, avena y se hacen algunos brotes para alimentar las gallinas, las yeguas y la vaca lechera. Todo sin aplicar insumos provenientes de la industria. Con esas palabras de bienvenida, empieza a quedar claro porqué aquí se asientan huellas que marcan caminos de aprendizaje para otras almas que buscan reconectarse con la tierra.

 

FRENTE AL OCASO, VOLVER A LAS RAÍCES

 

“El 1996 empecé a trabajar en un campo de mi tío. Trataba de recuperar el monte y hacer algo de huerta.” Un poco por ahí están los orígenes de esta experiencia. O tal vez antes, en la letra de alguna canción anarquista o en los párrafos de algún libro que hablaba del zapatismo. O para no caer en simplismos, justo aquí donde nos enseñan que la vida se nutre de diversidad, en una mezcla de todo eso y unas cuantas cosas más. Según él, lo que estaba como cauce de ese río de sueños fue “una cuestión filosófico-cultural”. Y acá no hay slogan, no hay moda, no hay clichés. Willy se había criado yendo al campo de su familia. Era parte de su cotidianeidad en la infancia. Conocía de qué se trataba la actividad que dominaba los campos de la zona. Fue cuestión de atar cabos. “Nos hicimos vegetarianos hace unos veinte años y en un momento nos planteamos hacer nosotros nuestro alimento.” En otras palabras, dice, “queríamos cultivar acorde a como pensábamos”.

 

En ese tránsito de descubrir la agricultura en su sentido original y profundo, como práctica social de vínculo con la tierra en procura de alimento, Willy empezó a escuchar hablar de agroecología. Comenzó a diversificar cada vez más la huerta, a aprender cómo potenciar y proteger los cultivos en base a la complejidad que naturalmente ofrecen las plantas sin tener que apelar a esos modelos que desde fines de la década del noventa transfiguraron las postales de su zona. Mientras apostaba en actitud quijotesca a sembrar y cultivar frutas y verduras con sus propias manos en tiempos de supermercado y comida empacada, vivir en un área fuertemente atravesada por el agro le permitía constatar la contracara de ese cambio en los patrones alimentarios. Los campos producían cada vez menos alimentos, empujados por un modelo que si históricamente miró hacia al puerto ahora directamente era una extensión de éste.

 

El “boom de las commodities”—con la soja a la cabeza—, celebrado por empresas, fondos de inversión, gobiernos, grandes medios y empresarios varios tenía su correlato impresentable: “Se dejó la ganadería extensiva, volaron las taperas, los montes frutales, chiqueros y gallineros. Todo desapareció”, recuerda Willy ese cambio que parecía el único destino posible. Hace veinte años atrás, la soja apenas pasaba las 100 mil hectáreas de este departamento cordobés, poco más del cinco por ciento de la superficie total. En la actualidad ya arrima al millón de hectáreas: más de la mitad de toda la geografía departamental, incluyendo áreas urbanizadas, según datos del Ministerio de Agroindustria de la Nación.

 

Para ser justos con la historia, había personas de a pie como Willy, algunos colectivos sociales y académicos que en ese entonces ya advertían de los terribles impactos sociales, sanitarios y ecológicos de ese modelo productivo, ahora indiscutiblemente a la vista. Desde las investigaciones científicas de agrónomos como el chileno Miguel Altieri o las denuncias locales del grupo de Reflexión Rural eran múltiples las voces de alerta que parecían ahogarse frente a la parafernalia discursiva que vitoreaba la “Segunda Revolución de las Pampas”, como definió envalentonado el editor del diario Clarín Rural Héctor Huergo a este modelo de uso masivo de plaguicidas, deforestación a gran escala, y monocultivo destinado a la exportación.

 

“Salíamos a parar fumigaciones por 2002 y no entendían de qué hablábamos”, recuerda de esa resistencia que siempre fue acompañada de propuesta. “Nosotros queríamos recuperar saberes antiguos vinculados al campo, sumados a lo que se va conociendo ahora, como la biodinámica.” Con estos preceptos, durante once años, Willy y su compañera alquilaron un campo de dos hectáreas para hacer de ese imaginario una experiencia de vida. Con el paso de las temporadas, pudieron llegar al terreno propio, donde mantienen vigente la costumbre de sembrar semillas que hacen de la tierra un lugar más digno.

 

ALIMENTO BUENO, BONITO Y BARATO

 

El recorrido por la chacra es un aprendizaje intensivo de la inexplicable simplificación que impone la industria tanto en los campo como en las mesas. El 75 por ciento de los alimentos del mundo se basan en doce especies de plantas y cinco de animales, así lo reveló un informe de Observatorio del Derechos a la Alimentación y a la Nutrición (FAIN, por su sigla en inglés) en 2016. Este lote agroecológico responde: formas y colores diversos, texturas y aromas de los más variados pueden convivir en un par de hectáreas y alimentar a la comunidad. A fin de cuentas de eso debiera tratarse la agricultura. “Hacemos verduras de estación, siete variedades de tomate, tres pimientos dulces y dos picantes, berenjena, papa, zapallito verde, pepino, seis variedades de maíz, anco, rúcula, ahicoria, acelga, poroto”, apunta Willy mientras explica cómo y cuándo siembra qué.

 

La gama de colores la enriquecen los frutales: uva, durazno, pera, damasco y cereza. Agrega: “Siembro vicia para hacer abono verde, y también está el trigo, el centeno y la avena”. La apuesta a la diversificación tiene además el valioso aporte de proteger especies nativas de estas geografías: “Tengo maíces llegados de Misiones, algunos de Jujuy y de otras regiones de Córdoba”. Un aporte inconmensurable en un mundo que en un siglo perdió tres cuartas partes de su diversidad genética a causa de la industrialización agrícola, precisa el informe “Las semillas en manos de los pueblos” de FAIN.

 

La propuesta de esta chacra se completa con nogales y almendras; gallinas ponedoras y una vaca lechera. “Casi la totalidad de lo que consume la familia sale de acá. Nosotros somos vegetarianos, pero los chicos sí consumen algo de carne”, comparte en torno al proceso alimentario de sus hijos, que si bien fuertemente apuntalado por ellos, entiende debe decidirse de forma autónoma.

 

La tarea productiva no se agota en la dieta familiar. Lo que ofrece la chacra se convierte en “quince bolsones de verduras semanales a un precio accesible”, que rápidamente encuentran demanda en la comunidad local. Al alimento fresco y sano, suman un proceso artesanal de elaboración de harinas de maíz, trigo y algarroba. Willy en cooperación con otros agricultores de Córdoba mantiene la costumbre de cosechar la vaina de ese árbol nativo, que desde tiempos ancestrales supo nutrir a los habitantes de estas tierras.

 

La caminata por el campo da sus últimos pasos. Una visita al sector para el compostaje, la explicación de las distintas fases de elaboración de abonos naturales, un repaso por la infinidad de plantines que esperan ser distribuidos por el lote, y la visita a cada uno de los árboles frutales que esperan ser cosechados por los más pequeños de la familia. “Las primeras frutas de la temporada las van a sacar ellos”, adelanta.

 

 

HASTA EL FINAL, UNA ENSEÑANZA

 

A continuación, la mateada bajo el alero de la casa. Con el sol que cruza los rostros de refilón, la charla se escabulle por recuerdos de esos primeros tiempos anarco-ecologistas. Irrumpe alguna anécdota sobre la circulación de documentos con críticas a los transgénicos en tiempos de redes sociales materiales, es decir de la carta y el boca en boca. Surge el saber haberse soñado algún día en familia, en una chacra, cultivando la tierra. Lejos de hacer culto a una visión romántica, acá hay sustancia trabajosamente modelada en base a creer que otra forma de entender la tierra y los alimentos no sólo era necesaria sino que era plausible de concretar. Willy reconoce que esta chacra, que devino en ejemplo para tantos, no fue tarea sencilla. Implicó tiempo y sobre todo, como en estos casos, mucha convicción. “Todo esto lo hicimos a pulmón”, enfatiza sobre esta tarea guiada por un imprescindible desenganche de los discursos dominantes, que rezan que el éxito de la agricultura sólo se mide en la rentabilidad de una cosecha.“Lo convencional busca producir para tener ganancia en poco tiempo. Uno busca tener plantas y suelos saludables, personas más sanas. Son dos cosas muy distintas.”

 

Para Willy —aunque suene extraño y algo fuera de agenda en tiempos posmodernos—, “la tierra es un organismo vivo”. Lo dice y entiende que es necesario expresarlo, sentirlo, reflexionarlo en lo más hondo del pensamiento. Sí, un razonamiento de lo más elemental ha perdido anclaje en el quehacer diario de estos tiempos auto-socio-destructivos. “Hay días que tengo una visión apocalíptica y pienso: ‘¿hasta cuándo va a aguantar la tierra?’”, comparte con cierto dolor, nostalgia de algo que ya no volverá a ser y algo de desazón. Pero enseguida, no tarde en ser fiel a su historia y aparece la propuesta: “Mientras tanto, uno aún trabaja para que la fertilidad del suelo se vea reflejada en las plantas, en el alimento; uno trabaja en mejorar este entorno para el bien común”. Termina la charla. Se cierra el cuaderno del cronista. Un olvido. Una pregunta más. ¿Cómo se llama la chacra? “Anotá, ¡La libertad! Así se llama el lugar, y eso es la agroecología para mí. Elegir cómo vivir, cómo producir, cómo alimentarnos”.

 

(*)Esta nota fue publicada originalmente por Conciencia Solidaria.

 

barro@lanan.com.ar
 
Nº de Edición: 1767