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López Camelo y su mundo 2.0

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El cuarto disco de la cantautora platense, “En lo profundo”, rescata la virtualidad como un singular espacio de intercambio. “El Google es una maravilla”, asegura. Foto: Analía Osaba

Por Ana Esperança

La casa de Fer López Camelo es un vergel. Una antigua esquina del barrio de Tolosa que fue llenando de vida y color. Al entrar hay una sala de ensayo: batería, equipos, guitarras eléctricas. Allí se junta con Germán Giuliodoro (guitarra), Ariel Salinas (bajo) y Oscar Trani (batería), los músicos de su proyecto solista. También ensayan las Falso Croup, grupo de “chicas rebeldes” en el que toca la batería. Ese lugar de soporte, de menor exposición, también le gusta. Dirá: “Me sienta bien estar atrás, apostar e identificarme con canciones que no son mías. Canciones que dicen lo que yo no puedo decir o tal vez no de esa manera”.

Fuera de la sala hay un patio. Hay árboles, un macetero con flores, un galpón. La estructura típica de casa antigua con una galería externa que exhibe puertas y ventanas. El jardín se enmarca entre la casa y dos altos muros que lo separan de la calle. El hogar es más que un lugar habitable: es una mega artesanía sobre la que su dueña imprime líneas y colores. Como la expresión de un viaje de ida al interior de sí misma.

Más allá hay una pequeña piscina de material. Luna, uno de los perros que Fer adoptó de cachorra, salta a su alrededor sacudiendo el pelaje te con leche y se lanza sobre la mesita de jardín donde están la pava y el mate. “Voy a llevar a los perros porque no nos van a dejar hablar”, anticipa a las risas. Cuenta que está gestionando la inauguración de la temporada estival limpiando la pileta, que está viendo cómo controlar el estallido de verdor que provoca el enlace salvaje entre una glicina y un jazmín. La conversación sigue su curso hasta llegar a la música: la edición de En lo profundo, su cuarto disco, grabado como los anteriores en Estudios Hollywood bajo la supervisión de Alfredo Calvelo.

Dijo sobre el disco, entrevistada en un medio digital de La Plata, que “es una música más descarnada: habla del buceo en las profundidades de una mujer”. Definición que resuena en sintonía a esa aventura subterránea y fértil de los procesos creativos. Dirá, sobre este proyecto que arrancó en 2011 siendo el más tocado en vivo antes de su edición, que empezó a través de la red virtual. Con gente con la que se comunicaba desde Internet por cosas afines como la música y la poesía, en un momento en que escribía mucho y subía cosas. Que vio ahí un circuito interesante para el intercambio cultural y “un lugar posible en el que dejar un legado”.

“Es raro lo que voy a decir —suelta con una de las risas explosivas que irán encendiendo la charla— pero me sirvió como intercambio. Es un buen lugar para eso. Bueno, también está el tema de cómo se va a tomar lo que vas a decir: si como algo interesante o para la chacota, y el narcisismo de la exposición”, reflexiona sobre la realidad que se construye en las redes sociales.

En la creación de este disco —el cuarto de una serie cuyos títulos están ligados a la naturaleza: Cícada (2008), Desierto (2009) y Suspendida (2010)— Internet se presenta como un universo subacuático de rápido y copioso acceso a la información y de relación y encuentro con el otro, es decir, “una gran ventana”. “Me sentí sumergida en esta red, este espacio virtual que también me parece que es en lo profundo”, dice. Y agrega: “Me pareció más interesante charlar en la red que en otros lugares”. Empezó a salir de los espacios habituales y se dejó atravesar por el personaje, encontrando en la web con quien hablar de poesía y de música. Cuenta: “Me decían ‘hice una música, ¿querés ponerle letra a esto?’ Me di cuenta de que era un espacio solitario, propicio para investigar. Me quedaba hasta cualquier hora viendo videos de danza, música, literatura, cine, con total voracidad”.

—¿Cómo fue el proceso de creación?
—Me encanta crear con otros. Lo entiendo así filosóficamente, en la vida. No importa quién, siempre es un par. Uno sólo no hace nada, necesitás del otro sí o sí, un otro con el cual hay que hacer. Se construye desde ahí. Y eso en la virtualidad lo pude encontrar también, con la particularidad de que desde ese espacio no sabés quién es el otro, cuánto de real tiene. A algunos los he conocido, a otros no. Pero la virtualidad fue la mediación.

—¿Qué buscó expresar en este disco?
—Fue una manera de decir poéticamente cómo me estaba sintiendo, un juego de paredes sutiles entre lo erótico y lo mitológico, un juego poético. Sobre todo desde la lírica del disco. En un momento me preocupé: ¿a quién carajo le estoy escribiendo? Pero después me encontré en un lugar de belleza y de comprensión: si no lo hago, me ahogo.

—¿Cómo fue el momento de plasmarlo con los demás?
—Escribo, paso las partes, los músicos las descifran, van poniendo sus arreglos. Es algo muy sencillo. Cada uno sobre su instrumento tiene absoluta libertad. Todo tiene que ver con el juego de la adaptación. El juego del actor tiene que ver con saber escuchar y adaptarse a la propuesta del otro, por eso es muy importante el nivel de escucha. Ver qué dice el otro. Me parece que tuvo eso de atractivo el disco y fue muy palpable en su momento de producción. Se entendió el sonido. Cuando estamos tocando con los chicos, lo vivo como un momento de vuelo. Me siento muy a gusto con la sonoridad y la química generada.

—¿A nivel personal marca un momento definido?
—Es de una parte de mi vida en la que me quedé más adentro, sumergida en la compu, sintiendo el silencio. Quizás las cosas y los lugares de siempre ya no me parecían algo interesante. ¿Viste cuando decís “siempre lo mismo, nada que me atrape, nada que me emocione”? Además, el ambiente de la noche es bastante frío, toda la charla es muy a la pasada, te ves y es el abrazo y en realidad no sabés realmente de la vida del otro. Por eso digo esto de la conexión distinta que se da a través de la red. Estamos como separados y unidos por eso.

—Como el niño de la burbuja.
—Claro, en el encuentro desde lo virtual no hay contacto. Estás hasta ahí. No está la corporalidad. En un momento me atrapó más esto de no poner el cuerpo. Me relacioné mucho conmigo misma, encontrando autores, música, cosas que me interesaban y me cautivaron fantásticamente. El Google es una maravilla, me recontra atrapó todo eso.

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Foto: Analía Osaba

En lo profundo, desde la mirada de López Camelo, representa, también, una sonoridad en la que se siente cómoda. Tiene nueve canciones propias y un cover, “Cry me a river”, el clásico compuesto por Arthur Hamilton en los años ’50 que se hizo popular en la voz de Ella Fitzgerald. La versión de Fer es una interpretación de cómo ella comprende esto de pedir “llórame un río”. Y un gesto hacia el jazz. “Hasta Björk hizo una versión”, repasa. “Las canciones de En lo profundo hacen un material catártico, de mucha fuerza, mucho grito. Es un disco gestual, con mucha emoción”, define.

“Selenita de agua” es una de las canciones que más identifican el disco. “Si bien tiene una sonoridad cercana al rock, también hay intervenciones de folklore, como en ese tema”. Y agrega, como intentando hilar una idea transparente pero complicada de poner en palabras: “Siento que este disco es el espejo de un eco: la manifestación del silencio de lo que no se puede ver. Me aparece como una manifestación divina, algo que iluminó y por lo que tomé conciencia de que el encuentro fue conmigo”.

La casa de lo profundo

En la casa de Fernanda López Camelo, menor de tres hermanos, siempre se escuchó buena música: tango, folklore, jazz, swing. Almendra y Spinetta a la orden del día. Su hermano, varios años mayor, tenía un grupo musical y llegaba con material de bandas y artistas que en ese momento eran emergentes, como Ney Matogrosso. “Tengo el recuerdo de una cinta que había traído mi hermano con la voz de Ney cantando cuando apenas lo conocían en Brasil. Así fue como llegó a mí de chiquita”. Era una casa en donde siempre se juntaban los amigos, en donde había música, baile, folklore, tango. Una infancia interesante inspirada en visitas a la ópera. Todo acabó en los ’70, con la quema del Teatro Argentino, entre otras cosas.

—¿Artísticamente qué te inspiró para este trabajo?
Un poco todo. Cosas que me pasan, que veo. Algunas veces inspirada por imágenes, otras por músicas. Buceando en Internet me contacté con Talia Guntern, una fotógrafa que descubrí. Vi un trabajo suyo de fotos abajo del agua que me cautivó: la mina, queriendo sustraerse del quilombo, se metía en una pileta para conectarse con el silencio. Le escribí y le dije que me encantaba. Me hacía acordar mucho a la trilogía del director polaco Krzysztof Kieslowski. Ella hizo la foto que está en el disco. Fran Viña hizo la gráfica: esa gran maraña que parece un tejido caótico.

“La única forma que concibo es que hay que dejarse cambiar, las cosas tienen su ciclo. Como antes estaba suspendida e hice ese disco, hoy estoy de otra manera. Y es así, hay que seguir”, plantea cuando se le pregunta por las Dirty Diamonds, big band femenina de neo swing que la tenía al frente como vocalista, en performances de alta tensión, vestida de púrpura y con tacones. La banda está en pausa por decisión de todas las integrantes. Ahora López Camelo está en Falso Croup y con En lo profundo por delante.

En la gráfica del disco, aparece la foto de Talia Guntern tomada desde un plano alto con el cuerpo de Fernanda: guitarra en brazos, ojos cerrados, la piel húmeda sumergida en la profundidad de un agua de tonos lilas y violetas, casi no se distingue el contorno del cuerpo. Se confunde en el fondo. “Un entretejido”, describirá, en el que está presente el gran hilo conductor, la construcción en red como fin último de todo proceso. Una construcción propia de la virtualidad, inagotable en su calidad de fuente de recursos. Siempre en estado de multiplicación, como un juego de espejos que no conoce final. Personajes que se reactivan respondiendo uno a la propuesta del otro.

La figura de Fer apenas se despega de la imagen, se confunde en el tejido en red del que parece sentirse parte, presente en tierna reciprocidad. Sobre la foto, en la parte interna de la contratapa, una inscripción en letra manuscrita, femenina, blanca, reza: alquimia, mezcla de cuerpo, agua, viento, pez mujer y calamar.

 

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