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trans en la isla

Cuba ya no suena a son ni a salsa. Los repiqueteos de timbales, congas y bongós que activan la sangre y la obligan a bombear a sus órdenes se hallan replegados en bares que ofrecen cerdo y pescado, con ensalada y arroz congrí, por ceucé —la moneda del circuito turístico—, y en algunos otros paladares que tientan al viajero en moneda nacional, pero que siempre acaban empatando al cambio. En las Casas de la Música o de la Trova de cada ciudad, también. Allí donde los Buena Vista Social Club son reversionados sin cesar y cualquier ejemplar de cualquier otro intérprete y estilo del mundo es convertido en un pedacito de isla a fuerza de cadencia musical.

 

Deeees-pa-cito”, susurra Luis Fonzi desde los teléfonos celulares, parlantitos bluetooth o estéreos de cualquier carro —sean los pequeños Lada rusos o los enormes Ford americanos—, que imponen los quiebres de batería electrónica reggaetoneros a la vida cotidiana de cubanos y cubanas. Su capacidad de moverse sabroso, ésa que parece que es genética y que se transmite por el torrente sanguíneo de padres y madres a hijos e hijas indefinidamente (¿habrá algún isleño que no sepa bailar?), se reconfigura en meneos pélvicos y retumbes de traseros, movimientos que nacieron en tierras hermanas rodeadas por el mismo Caribe, pero que ya son tan de ellos como el cigarro y el Malecón. Son pocos los que se le resisten al reggaetón; un poco menos que los que no saben lo que fue Cuba en clave capitalista.

 

—¿Y vos? ¿No escuchás salsa? ¿No la bailás?
—¿Tú escuchas tango? ¿Lo bailas?

 

Los cubanos son amables hasta para decir que es de pelotuda caminar sus calles como si fueran pasillos de museo.

 

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Deeeeees-pa-cito, quiero respirar tu cuello despacito.” La versión reggaetonera de Fonzi, un cantautor centroamericano que arrancó romanticón a lo Ricky Martin y se entregó —o lo entregaron, como a Ricky— al imperio de ese baile calenturiento y misógino que perreamos todas y todos es el primer sonido claro y potente que escupen los parlantes en la puerta de El Mejunje, que se pronuncia con la jota aspirada, ésa que en lugar de raspar la vocal la acaricia. Llovizna de a ratos, pero el agua no pone en riesgo el “evento del año”: Alfombra Roja, un desfile de los trans “históricos” de la isla, ataviados en sus más festivos trajes, peinados y maquillados como si ésa fuera la última y más esplendorosa fiesta del mundo. Esta noche la población trans cubana (se) celebra. En Santa Clara, “la ciudad gay” de la tierra de la Revolución.

 

La Alfombra Roja a punto de empezar.

La Marta Abreú, una de las calles céntricas de esa ciudad liberada por Ernesto “Che” Guevara un año antes de que Cuba dejara de ser “el cabaret de Estados Unidos” para convertirse en el sueño socialista de América latina, está cerrada al tránsito. Unas pocas vallas alcanzan para que los vehículos de cuatro ruedas no pasen. Cero caos en el tránsito. Las bicis sí están permitidas, pero los ciclistas las llevan de a pie. La llovizna molesta un poco y moja el asfalto y las veredas, que muy de a poco se van llenando de espectadores. La mayoría son gays. Todos, abiertamente gays: lo dicen con su andar, lo dicen con su vestimenta, lo dicen con su forma de hablar, lo dicen con su forma de bailar. “En Cuba estamos en el momento aún de pegar el grito, de que se entere todo el mundo”, explica Rodolfo, jeans amarillos ajustados, musculosa ceñida por encima del ombligo, doble arete de piedritas brillantes, 19 años.

 

“Va a escampar”, prometen los organizadores de la movida; también los sonidistas, apuntadores, acompañantes y espectadores con la mirada al cielo, que les devuelve un rosa pálido de tan encapotado. Igual activan. La ventana del bar literario al lado de El Mejunje, bar que oficiará de vestuario de las “léides”, es la vía de alimentación de electricidad de toda la parafernalia. Parlantes, sonidos y reflectores están ubicados en su sitio: flanquean el enorme cartón que le da fondo a la escena en uno de los extremos de la calle-pasarela. “Alfombra Roja 2017: glamour y pasarela”, se multiplica como logo para que en las fotografías de las modelos quede registrada la nueva edición del orgullo trans isleño, que ya lleva más de un lustro. En medio de una pausa del aguacero los muchachos de la organización extienden sobre la Abreu las alfombras, roídas de otras lluvias y desfiles. Dale que arranca.

 

Las más bellas, sofisticadas luchadoras trans de Cuba se dan cita. Es principio de marzo y llegan desde todas las provincias del país a la alfombra clarense, que se reprogramó dos veces: la primera, por la muerte de Fidel Castro, cuando, coinciden muchos cubanos, la isla se cayó durante tres días. “No se oyó ni un acorde ni una risa, ¡y mira que vivo en un barrio buyandero!”, recuerda Joaquín en la Plaza de Armas de la Habana Vieja, donde vende libros históricos, pósters revolucionarios y álbumes que cuentan en figuritas la movida de Fidel, Raúl, el Che, Camilo y el resto de los barbudos desde Sierra Maestra hasta la capital del país. El silencio representó tristeza, respeto, adiós. Nunca miedo, nunca incertidumbre. “El pueblo cubano no depende de sus héroes. Sabíamos todos que Fidel estaba viejo y ya no le podíamos pedir más. Dejó su vida acá, pero su muerte desde luego no nos deja huérfanos. Si de algo sabemos los cubanos es que nos tenemos a nosotros mismos”, avanza Joaquín. Después, elogia el homenaje que el gobierno le dio a Fidel tras su muerte: “Sencillo, sin derroche de dinero”.

 

Las trans “más importantes” de la isla se dan cita bajo la lluvia de Santa Clara.

En Santa Clara, a casi cuatro meses de haber fallecido “el Padre de la Revolución”, los vestidos de lentejuelas brillan con fuerza, casi todos elaborados por las trans que los visten mientras avanzan concentradas en no perder la línea. Algunas revolean la bandera de su país; otras, la multicolor del orgullo gay. “Vean qué maravillas, la historia de la lucha trans reunida aquí en una sola noche”, ofrece Cinthya, presentadora de la velada junto a Omega. La una, de blanco perlado; la otra, de negro y verde. La llovizna les desafía los peinados al spray y los maquillajes cargados de protagonistas de ópera, pero Cinthya la reinterpreta en términos de años de lucha y derechos: “Nos estamos limpiando de oscuridad”.

 

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Que en épocas del surgimiento y desarrollo de la Revolución la isla era territorio, si no prohibido, violento y excluyente para homosexuales, es una de las características que tanto defensores como detractores de Cuba tildan de negativa. Los que critican a Castro y su estructura la suman como prueba de que en la isla no existe libertad. Los que aman a Castro y su estructura la reconocen como un error.

 

Sobre el filo que separa la realidad de la ficción, Leonardo Padura relató en sus textos la tristeza eterna de quien supo ser gay en las fronteras oceánicas de la isla y por reivindicar su identidad terminó en el suicidio. Joaquín, el vendedor de libros habanero, prefiere “no perder el tiempo en Padura”, pero reconoce que en su país la vida de quienes se rebelan a la heteronorma “no es fácil”. Ante la pregunta de si lo es en algún lugar del mundo, sobreviene otra amable invitación a abandonar el museo: “No lo sé, no conozco otro lugar del mundo más que este pedazo de tierra, pero si me atrevo a adivinar, me juego por el no”.

 

Juana Candela en la noche de El Mejunje.

Juana Candela es una de las rebeldes. Tiene 52 años. A su nombre de nacimiento se sometió hasta la adolescencia y entonces dejó salir a Juana, la dejó decidir su vestimenta y el color de pintalabios que mejor levantara el cutis ario y flacucho. Empezó a travestirse a los 15. Fue detenida al poco tiempo. “Por disfrazarme” de mujer, explica. Cinco años encerrada pasó. Salió, pero no volvió a ser Luis. Insistió con los “aretes, las polleras y el rubor”, y entonces descubrió que la cárcel no había sido el peor rechazo que recibiría en su vida. “Me tuvieron que reconstruir el rostro después de que tres tipos me tiraran de un puente. Me violaron y me tiraron solo por ser maricón.”

 

Aquello ocurrió durante la década del ’90, la del “período especial” en toda la isla. Cayó el Muro de Berlín y sus escombros casi enterraron de muerte a la utopía de la Revolución Cubana que si sobrevivió —o se reinventó— fue gracias a la capacidad de salir siempre adelante de su gente. Las balsas hacia Estados Unidos, siempre listo para devorarlo todo, se multiplicaron, cuenta Padura. Los cortes de luz, las múltiples carencias y el hambre también, cuentan cubanos y cubanas sin fama internacional.

 

Gladys es ingeniera industrial, y entonces trabajaba en una fábrica en el centro de Cienfuegos, donde aún vive con su hija, Gretel. Cobraba 540 nacionales por mes —algo así como 23 dólares—, pero no le alcanzaba para alimentar a su esposo, que por aquellos años se había enfermado, y a su pequeña. No era dinero lo único que faltaba: los “agros” —ferias en donde se vendían frutas, verduras y carnes— y los almacenes —centros de abastecimiento de arroz, harina y granos— estaban desnutridos. Con algún resto del sueldo compraba panes de jabón que dos veces por semana iba a canjear por alimentos a los campos de las afueras de la ciudad.

 

“Una noche no teníamos nada para comer. Entonces vacié los cajones de la cocina. Dejé un juego de cubiertos, plato y vaso para mí; otro para mi hija y otro para mi esposo, y el resto lo fui a cambiar al campo. Estábamos mal”, recuerda. No tiene edad para jubilarse, pero tampoco sigue trabajando en la fábrica. Hace poco logró que el Estado le otorgue un permiso para recibir turistas en su casa, una de las líneas de sustento que, junto al taxi particular, eligen cada vez más cubanos y cubanas: acceso directo a la divisa, el ceucé, al que los cubanos sólo acceden en contacto con los turistas.

 

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El Che grafiteado en negro resalta en la pared abarrotada de frases.

Desde el volante de su Lada blanco, Orestes, a sus 70 años, aún recuerda los “errores” de la transición revolucionaria. Los detectó, claro, años después de sus días de juventud militar: “Se pensaba entonces que los homosexuales eran vagos, eran muy maltratados por todos. Durante los primeros años de la Revolución los mandaban a las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), que eran como un campamento de aislamiento casi, te diría”.

 

Es viejito pero se la banca el pequeño coche que se multiplica por toda la isla, prueba viva de los tiempos de bonanza soviética. Orestes estuvo allí en la Plaza Roja, en los bares de “pura vodka y cerveza”. “Conozco el frío verdadero”, confiesa el doctor en Ciencias Filosóficas (para eso fue a la extinta Unión Soviética), mientras traslada los pasajeros de una húmeda y calurosa mañana hacia los cayos del norte cubano. Al Lada le saca algunos viajes en divisa por semana para completar su jubilación de profesor universitario, a la que llegó tras 30 años de servicio en la casa de altos estudios de La Habana. En Rusia dejó una esposa. Una de las 16 que tuvo.

 

Orestes se queja de las UMAP, que funcionaron durante los primeros tres años de la Revolución Cubana y a las que el propio Fidel reconoció como espacios a los que eran enviados los homosexuales, los religiosos que se negaban a “aceptar las armas” y quienes no eran graduados universitarios para cumplir con el Servicio Militar Obligatorio. En esa entrevista eterna que le dio al periodista español Ignacio Ramonet, Fidel negó que esas UMAP fueran “campos de internamiento”, pero dijo que “habían prejuicios con los homosexuales”, que no cargó a la conducción revolucionaria sino a la sociedad toda.

 

La anécdota del Che Guevara partiendo en dos un libro de Oscar Wilde “por marica” también resuena con eco. Ese mismo Che que es adorado de punta a punta en cada uno de los poco más de 1200 kilómetros de largo que tiene la isla y que ocupa todo el torso de María Jorge, con el fondo del algodón blanco que convierte al héroe en remera. María Jorge es “cajera” y una de las figuras más importantes de El Mejunje y de la comunidad LGTB de la ciudad, ya que coordina el grupo de trabajo TransCuba, destinado a organizar a las trans locales. Juana Candela, la “Reina Madre” de todas ellas —por haber sido la primera en travestirse, dice—, y Crespo, un negro de rastas que pulula a toda hora por el lugar, mezcla de RRPP y animal de su guarida, son las otras estrellas. Es que para ambos esa cueva fue refugio cuando el rechazo propio o ajeno apretó sus cuellos hasta casi ahogarlos. A ella, por ir contracorriente; a él, por contraer VIH. “Ninguna de las dos se quita”, se ríe Juana Candela.

 

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Desde hace más de 30 años, El Mejunje es un espacio en donde todos los rebeldes de Cuba y del mundo respiran aliviados. Es un centro cultural, ya que por dentro de sus paredes circulan y viven diferentes expresiones musicales, plásticas y escénicas. Pero también es un espacio político que realza los grises sexuales y de género que la heteronorma anula. Se sabe que las paredes de Cuba gritan consignas revolucionarias (“Patria o Muerte”, “Revolución Cubana, gracias por existir y resistir”, “Yo soy Fidel”, “Amo a esta isla”). Pues, las paredes de El Mejunje gritan diversidad: de ellas brotan, amontonadas, consignas, lemas, mensajes y deseos para todos los gustos.

 

Deseos y consignas en la pared de El Mejunje.

Ramón Silverio es su fundador. A quien se le pregunte por él, expondrá como característica más sobresaliente, casi sorprendente, que “es militante del partido”. De María Jorge también se dirá eso, acompañado de la aclaración: “Tortillera como es”.

 

“Yo quería un lugar donde pudiera entrar todo el que quisiera. No siempre ha gozado de la aceptación que tenemos ahora porque la propuesta era romper con todos los esquemas culturales, tabúes, trabas. Aquí se hizo en un tiempo lo que era prohibido o mal visto y eso provocó muchas resistencias”, explica Ramón Silverio a un blog villaclarense, en una entrevista en la que también destaca que el espacio que fundó es importante no sólo en la ciudad en donde se emplaza y en la provincia, Villa Clara, ubicada en el centro de la isla, sino en todo el país: “En una época en la que nadie quería hablar de diferencias sexuales y de aceptación, El Mejunje lo hizo. Fue durante mucho tiempo el único sitio en toda la isla que tenía espectáculos de transformistas. Eso ha hecho que Santa Clara esté muy adelantada en esos temas. La influencia del Mejunje ha sido muy positiva en varias generaciones de personas que no son homofóbicas”, puntualiza en diálogo con el sitio Verbiclara.

 

El tiempo de la aceptación fue superado en Cuba, dicen los que bregan por más. “La aceptación no se le niega a nadie. Tú debes aceptarme porque soy tu hermano. Peleamos hoy por el respeto. Hermano, no sólo acéptame tal cual soy sino respétame por lo que soy”, explica Roberto Consuegra López, mientras riega con un mojito fresco la espera por el show. Aquél es uno de los principales reclamos de cada movilización que tiene lugar en la isla durante el Día Mundial de Lucha contra la Homofobia y la Transfobia, cada 17 de mayo. El cese de la discriminación en espacios de trabajo es otro.

 

Esta noche, las “léides” que pisaron estoicas la alfombra, sin musitar siquiera bajo la lluvia clarense, están ansiosas por cumplir con la labor que les espera a continuación: imitarán a sus cantantes favoritas sobre el escenario. Habrá Celines Diones, Mariahs Careys e Isabeles Pantojas. Todas se llevarán algunas divisas prendidas de sus escotes. Algunas están operadas. Las que no, si quisieran, podrían cambiarse el sexo en la isla, un procedimiento que es legal allí desde 1988. (Sin embargo, bastó una sola operación para que, según “rumores”, se prohibiera de hecho. Recién se retomó en 2008, tras una resolución del presidente Raúl Castro.)

 

Roberto Consuegra López es enfermero y trabaja en prevención del VIH.

Roberto trabaja en el equipo técnico provincial de prevención de las enfermedades de transmisión sexual y “colabora” con el grupo de trabajo del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), dirigido por Mariela Castro Espín, hija de Raúl. Pulula en la penumbra de El Mejunje. Se abraza con muchachos y muchachas. Una argollita plateada cuelga del lóbulo de su oreja derecha. Lleva un pilotín beige ceñido a su cuerpo. Confirma que “se trabaja profundo” con aquellas personas que se acercan al Cenesex en busca de un intervención quirúrgica y agrega que “otro derecho adquirido” de la población LGTB cubana es el cambio de identidad, al que desde el gobierno “se alienta mucho”. Así, dice, “se pueden elaborar estadísticas más certeras, sobre todo de lo que sufren” quienes saben que no se sienten quienes su libreta dice que son. ¿Lo que sufren? “Desde enfermedades hasta ataques”, murmura.

 

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Cuando vuelve a su Santa Clara natal, un fin de semana al mes, Ángel se va “pa’l Mejunje”. Ahí siempre encuentra a los amigos y amigas, pero esta noche está solo. Tiene 18 años y está terminando el servicio militar obligatorio. No toma cerveza. Mojito (y de nuevo el ejercicio de la jota aspirada), sí. El ron le gana a la cerveza en la isla, y el pueblo siempre se las rebusca cuando los nacionales no alcanzan ni para la “cajica” de Planchao, ron en envase de cartón. “Mezclamos alcohol etílico con azúcar y adentro”, revela el secreto. “Agrégame al Facebook”, pide Ángel, celular inteligente en mano.

 

Internet llegó hace tan sólo un par de años a Cuba. Cuesta caro, no cualquiera cuenta con una conexión en su casa. Los lugares de acceso wifi son los parques y las plazas. Gracias a las tarjetas que se compran en la empresa estatal de telecomunicaciones, esos lugares se convierten en testigos de las más variadas conversaciones, un poco privadas, un poco públicas. El wifi fue revolucionario, la primera balsa cibernética.

 

El show de drag queens visto desde un rincón.

A Ángel le gusta charlar. Cuenta que empezó a trabajar a los 16, como peón de albañilería en los arreglos de un all inclusive “para el turismo” cerca de Santa Clara. Cuenta que un buen día lo vieron bailar mientras trabajaba y que entonces le ofrecieron convertirse en animador del hotel (un grupo de hombres y mujeres jóvenes que “animan” a los huéspedes, les ofrecen actividades desde que se levantan hasta que se acuestan, inclusive shows musicales a la noche), pero que cuando termine el servicio va a estudiar arquitectura, un título que le permitiría acceder a puestos de mayor jerarquía en el universo de la construcción. A Ángel le gusta mucho bailar (asegura que después de las drag queens “se la pasa rico” en el bar de Silverio) y mucho más las mujeres, aunque reconoce que su generación “es más abierta” a “otros gustos” sexuales. Su hermana mayor, lesbiana, avanzó más que la generación de sus padres: vive con su pareja, pero “aún le es difícil” porque “hay gente que todavía les tiene bronca”.

 

 

Como la mayoría de las premisas que permitieron el triunfo de la Revolución y su sostenimiento durante tantos años, la educación también es el vehículo en el que viajan los trabajos de concientización para lograr la aceptación y el respeto a la comunidad LGTB. “Aún tenemos mucha dificultad para que la gente nos pueda ver como iguales, aún hay actitudes de rechazo, sobre todo hacia la población trans, por eso trabajamos mucho a nivel educativo —explica Roberto—. Entramos a la escuela con estrategias de prevención del VIH y otras enfermedades de transmisión sexual y aprovechamos para dar pequeñas batallas contra la discriminación.”

 

La noche sigue en El Mejunje, que ya no sirve como trinchera sino como podio de celebración y marquesina. Las consignas que descansan en sus paredes se encienden y brillan como si estuvieran cubiertas de la más brillante purpurina: “Vivir bien es mi venganza” es la que encandila.

 

rastros@lanan.com.ar
 
Nº de Edición: 1720

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