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nadie quiere ir a detroit

heidelberg project

Fotografía: Santiago Berisso

Es probable que al argentino promedio no haya que explicarle qué es entrar en bancarrota, de qué se trata tocar fondo. Si no le tocó experimentarlo en carne propia, al menos podrá hacerse una imagen de qué va el concepto. Sin embargo, por alguna razón, toparse con un escenario de crisis y abandono concentrados en una empequeñecida ciudad de lo que tradicionalmente hemos conocido como el mundo desarrollado puede que nos resulte impactante a la vista. Desconcertante, cuanto menos. Es probable que a esa sensación se la llame sencillamente turismo.

 

Azorado porque el trazo del recorrido la incluyera en lo programado, un danés suelta “nadie quiere ir a Detroit” en la cocina de un hostel de Washington DC. Si en determinadas situaciones un escueto asentimiento, acompañado de una sonrisa, sirve para evitar una confrontación verbal, éste es uno de esos momentos para aplicar la fórmula. No con poca frecuencia, atractivo suele confundirse con valioso.

 

Llegado un punto, el verde del lado este de la ciudad más grande del estado de Michigan empieza a ceder ante un festival de colores. Tyree Guyton es el fundador del Heidelberg Project, propuesta artística que abarca al menos cuatro cuadras –entre paralelas y perpendiculares aledañas–, con la calle Heidelberg como epicentro, a pocos metros del inmenso cementerio Mt. Elliot. Por medio de chatarra, materiales oxidados, juguetes, teléfonos, pinturas y demás elementos del quehacer cotidiano, este artista plástico oriundo de Detroit se las arregla para hacer una suerte de metástasis cromática, de parcela a parcela y en forma constante. Como si estuviera en medio de una partida de TEG, “invade” las casas abandonadas o semi incendiadas de la zona con todo lo que logra recolectar.

 

Detroit no es atractiva. Al menos no según los parámetros habituales o predominantes que maneja la estética. En su zona céntrica, el color ocre está siempre a la vuelta de la esquina, casi impregnado el correr de cada jornada.

 

El año 2013 quedó marcado por el default y el pedido de auxilio fiscal al que tuvo que recurrir la ciudad. Con eso, la imposibilidad del pago de hipotecas, inconvenientes en el acceso al agua potable y demás servicios, y el exilio de una enorme cantidad de ciudadanos de sus hogares. En 2010, planificadores urbanos contratados por el Estado le comunicaron al alcalde Dave Bing que, cincuenta años atrás, el número de habitantes de Detroit se duplicaba. En una ciudad de 360 kilómetros cuadrados de superficie –espacio en el que podrían entrar las ciudades de San Francisco, Boston y Manhattan– había 100 sin ocupar hace apenas siete años. Así se puede visualizar mejor: “A veces encontramos una sola casa en toda una manzana”, explican los especialistas, como se puede ver en un fragmento del documental Detropia, realizado por Heidi Ewing y Rachel Grady.

 

Años después del colapso, girar el cráneo en 360 grados un mediodía en pleno downtown y no ver siquiera a un ser humano da la pauta –además del escalofrío– de que aún sería apresurado hablar de meros vestigios. Los signos de desidia y desolación son aún nítidos: copiosas personas en situación de calle se arrastran por las diagonales céntricas, y el sinfín de locales y casas tapiadas azarosamente le dan un aspecto que trasciende lo que podría lograr una pésima gestión. La postal roza la posguerra. Quien supo estar en la cresta de la ola durante un buen tiempo, hoy está en la orilla tragando arena; la noción de contraste con su propia historia es lo que impacta. Así y todo, la evidente tristeza de lo que se observa nunca se transforma en hostilidad.

 

El año pasado el proyecto Heidelberg cumplió treinta años desde su creación. Si para el gobierno local en el comienzo resultaba un estorbo del espacio público, hoy la sola pretensión de desmantelar la intervención sería una jugada demasiado arriesgada. De cualquier modo, el temor a la demolición o incendio de alguna de las casas pertenecientes al proyecto nunca se desvanece del todo. Lejos de la paranoia, el artista tiene argumentos para mantenerse precavido: en marzo de 2014, un “sospechoso” incendio se encargó de tirar abajo la “Doll House”, cuya fachada estaba tapada de peluches y muñecos que colgaban de todas las alturas de la vivienda. Ya no sólo es un paisaje habitual y de agrado para los vecinos –que pasan por ahí y saludan a Guyton y voluntarios como si estuviesen en el living de sus casas– sino que la obra iniciada por este artista afroamericano doctorado en Bellas Artes se erige como un emblema de la tozudez de una comunidad que se muestra escéptica con quienes detentan el poder y esperanzada con el ímpetu de sus pares, como única salida para dejar de creer que todo tiempo pasado fue mejor.

 

Presta al diálogo, la mujer nunca deja la tiza con la que actualiza el pizarrón de anuncios y próximos eventos de la librería. Ella es una de las encargadas de Source Booksllers –especializada en no-ficción– y explica que una de las razones que derivó en la decadencia de Detroit fue la falta de “exigencia de transparencia” por parte de la comunidad hacia las autoridades. No se plantaron como ni cuando debieron hacerlo, reconoce con cierta pesadumbre. Sostiene que, en gran parte, el crecimiento que se ve se da dentro del ámbito privado y ni siquiera significa una fuente de trabajo para los que viven en Detroit, ya que son empresas que provienen de afuera de la ciudad.

 

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Fotografía: Santiago Berisso

 

Detroit is the new black”, “Nothing stops Detroit” o “Detroit lives”: remeras estampadas, escaparates y demás carteles alojan al espíritu de orgullo y pertenencia de los ciudadanos. Por supuesto que no siempre se expresa en leyendas; a veces, esa jactancia se ve en un andar por la vereda, un auto cuyo hip-hop hace temblar a cuanto elemento se le cruce o en una intimidante pizza con lluvia de carne encima.

 

A medida que uno se aleja más de la ribera sobre la cual se levantan los edificios más altos –y desde la cual se puede ver la ciudad canadiense de Windsor, del otro lado del río Detroit– el empuje de la cultura local parece más accesible. Librerías, cafés, restaurantes pequeños, pero sobre todo jóvenes, se desperdigan a lo largo de la avenida Woodward y sus alrededores, donde también se encuentra la Universidad Wayne State, el Instituto de Artes de Detroit y el insoslayable Museo de Historia Afroamericana Charles Wright.

 

El apretón de Guyton es fuerte y su mano áspera. Sabemos que la contundencia de una mano apretando a la otra transfiere respeto. En la mayoría de los casos no es otra cosa que un símbolo, pero en su caso es más bien una imposición materializada. Su primera mirada es esquiva, la de alguien que está con muchas cosas en la cabeza y no parece tener tiempo para las preguntas de otro curioso. De repente, pregunta: ¿Te gusta la música? ¿Mozart? ¿Beethoven?”. Se responde a sí mismo:Yo acá escucho todo eso. Está todo en la cabeza. Por alguna razón suena sin una gota de vanidad. Se acerca a un globo terráqueo que hay sobre una silla y explica que el mundo es una obra de arte creada por Dios, en continuo movimiento, como cada una de las cosas que tiene prolijamente desordenadas a su alrededor. Asegura que la instalación cambia todos los días. La idea de movimiento es lo que realmente le quita el sueño, y es ahí cuando –rodeado de decenas de acechantes relojes pintarrajeados en distintas superficies, que te invitan a no desperdiciar su materia prima, o a lo que sea que signifique aprovecharlo– se desvive por explicar cómo éste entrecruza la existencia de toda persona. Para este entonces, ya le brillan los ojos.

 

Si describiésemos a Detroit como la cuna del fordismo y una de las escenas más pujantes en el imaginario fabril, no sería desacertado pero sí una reducción injusta. El semillero de músicos que supo ser a mediados de siglo XX –de la mano del productor discográfico Berry Gordy y su sonido Motown, sello con el que trabajaron Marvin Gaye, Stevie Wonder, Jackson 5 y The Temptations, entre otros– continuó luego, y sigue hasta hoy en plena actividad. El abanico es amplio: Iggy Pop, Alice Cooper, Jack White, Sufjan Stevens. No hay uno que no juegue en primera.

 

Tanto el museo Motown –que mantiene intactos su oficina y estudio central desde 1972, cuando se mudó a Los Ángeles– como la casa de Third Man Records, sello fundado por el ex White Stripes, se encuentran en la mitad de la nada, perdidos entre los yuyos que salen de las casas deshabitadas. Semejantes hervideros musicales surgieron ahí. Cada uno a su tiempo, pero surgieron ahí. En el caso de Motown, cuesta imaginarlo; con TMR, cuesta creerlo.

 

Lo comunitario del proyecto Heidelberg no pasa exclusivamente por su intervención en la vía pública, por el lugar en el que está situado. Su creador cuenta que todos los días recibe a personas que se acercan con materiales para donar y hacerlo crecer. Por esa razón no se apropia de la obra, sino que más bien la supervisa, la cura. El empleado de un local de alquiler de bicicletas explica que hay otros proyectos similares en la ciudad, pero que el Heidelberg es el más reconocido.

 

Detroit está plagada de graffitis y murales que se reproducen en esas paredes que ya no resguardan a nadie, para contrarrestar al elocuente resquebrajado de casi todo lo que el ojo ve. Lo clandestino entra en una pausa. Algunos de ellos son de un trabajo tan fino que hipnotizan, a tal punto que uno baraja la idea de sentarse unos minutos solamente para verlos con mayor detenimiento; de acercarse y alejarse una y otra vez, para encontrar distintos detalles.

 

De alguna manera, Guyton va un paso más allá y transforma una realidad dada en una pieza artística. No utiliza antiguos hogares de familia o calles para exponer algo. Ellos son ese algo. Lo que hace el Heidelberg Project es, por sobre todo, velar por la memoria y la estoica identidad de una comunidad que hasta se vio obligada a bregar por la permanencia de su transporte público. Lo que hace es salvar a Detroit con discos, muñecos, televisores, zapatillas, inodoros y teléfonos fijos coloridos de su propio gris.

 

rastros@lanan.com.ar
 
Nº de Edición: 1714

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