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oda a la errancia

poetas internados, poesía libre

Fotografía: Darío Cavacini, integrante del colectivo fotográfico Veinticuatro/Tres

Tomada la decisión de que su vida estaría más emparentada con el ideal de los vagabundos que con el de los soldados disciplinados, la historia de esta visceral poeta no tiene un inicio claro, ni un desarrollo lineal y mucho menos un final predecible. Quizás sea la multiplicidad de factores que convergen en un mismo punto lo que mejor defina su forma de habitar el mundo al margen del mundo. Una infancia violenta y solitaria —huérfana de abrazos, como la define ella misma—, decenas de amores truncos y la imposibilidad de modificar su desazón cotidiana, la acorralaron hasta los confines de sí misma donde tuvo que confrontarse con la antesala de su extravío: “Siempre escapé de todos los sitios donde estuve, de mi familia, de mi casa, del colegio, de algunas parejas. Estuve tanto tiempo evadiendo a todos, que un día decidí alejarme hasta de mí y ya nunca más regresé”.

 

Con una mirada frágil, intermitente, que parece desvanecerse luego de cada parpadeo para rearmarse junto al relato que construye de ella misma, Edith G. elije no mostrar su rostro, ni su nombre verdadero ni nada que la acerque a aquella que alguna vez fue o le dijeron que era. Con casi cuarenta años y más de veinte huyendo de todo, ha hecho de la errancia su mejor compañía. Durante demasiado tiempo se ha sentido tan perturbada en esta sociedad moderna y voraz que ha empezado a desconocerla por completo y ésta, como castigo por su desprecio, la arrojó más allá de sus límites. Sin casa fija ni trabajo estable desde que decidió dejar atrás su Oviedo natal para irse a Madrid detrás de un inoportuno amor, la mejor manera que encontró para aplazar sus inquebrantables deseos de muerte ha sido fusionarse con su propia inspiración: ser la poesía que escribe.

 

Realizada sobre papeles sucios, fotografías viejas o pedazos de cartón, la mayoría de su obra, que ya lleva más de una década de vida, se fue desvaneciendo con el paso del tiempo sin esperar que nadie venga a rescatarla del olvido. Su elección, al igual que la de otros artistas, es escribir y luego romper o quemar: “No me interesa que la gente me conozca, ni mucho menos que lea mis poemas; escribo solamente para mí. Privarlos de mi poesía es una de las grandes decisiones que tomé en esta vida, siento más placer cuando destruyo lo que escribo que cuando lo escribo”. Ese universo poético que se expande por un momento para esfumarse al instante siguiente está inspirado en los sudores de la noche, sus conversaciones con los astros y algunos viejos desamores que todavía no ha podido olvidar. La insensatez de las sociedades actuales es otro de los ejes centrales sobre los cuales giran sus escritos: “Cuando veo cómo vive la gente, veo sus rostros de infelicidad, sus problemas diarios, reafirmo que he hecho una gran elección al huir de todo y de todos”.

 

Su desprecio frente a la vida moderna la ha cruzado con personajes que marcaron toda una época en la poesía española y que podrían haber sido parte de las aguafuertes madrileñas de Roberto Arlt. Entre ellos Leopoldo Panero, con quien asegura se fue de copas una noche en el mítico bar Santa Bárbara del centro de Madrid. Ambos compartían el fin último de su actitud creadora, la enunciación del vacío y la glorificación de la soledad y la nada: “Tuve algunos encuentros con él antes de que lo internen en Mondragón. Era un ser muy indefenso que tenía la misma extrañeza que yo respecto a Dios, el amor y la familia; ninguna de ellas debería existir”. Lo que para la mayoría de las personas son los pilares de la sociedad sobre los que se asientan la moral y las buenas costumbres, para ella no son más que cimientos resquebrajados, a punto de derrumbarse, construidos sobre los cadáveres de aquellos que supieron encontrar otro tipo de libertades, ajenas a los mandatos que el catolicismo impuso desde su nacimiento.

 

Esa imposibilidad de adaptarse a determinadas reglas comunes la acorraló hasta el aislamiento absoluto y la dejó presa de una soledad sin amparos que la llevó a urgencias en varias ocasiones. Aunque estuvo mucho menos tiempo internada que el novísimo Panero, de aquellos días conserva recuerdos que le aparecen acompañados de una polifonía atormentante de voces internas que susurran sus peores miedos. Sentir la falta de libertad por estar atada y sobremedicada, la desesperación por no poder siquiera moverse o ir al baño por sus propios medios le dejaron una huella de la que prefiere no acordarse para evitar que su invierno se adelante y abra heridas que se resisten en sanar. Su tránsito por el hospicio fue tan demoledor que terminó por confirmar su ausencia de esperanza vital, confinándola al más desolador ostracismo social.

 

Sin embargo, en la guardia de su última internación conoció a otra paciente fascinada por la astrología que le trasmitió algo de su conocimiento y le permitió incorporar esa cosmovisión a la suya, enriqueciendo su manera de entender el todo indescifrable que la habita. Esa revelación la llevó a dirigir su mirada hacia los astros para buscar allí algunas respuestas a los múltiples interrogantes que la mantuvieron en vilo durante dos décadas y cuál es su influencia sobre las actitudes de las personas: “La vi solo un día y pasó horas contándome cómo se relacionan los astros con nuestra vida. Hay muchas verdades en el cielo, sólo hay que saber descifrarlas para entender su significado. Intento guiarme por lo que me dicen las estrellas y comunicarme con ellas, sé que ellas se comunican conmigo. A veces son ellas las que escriben y no yo”.

 

Después de pasar años vagando sin rumbo ni horizonte, su futuro sigue siendo tan incierto como su pasado y tan despojado de afectos como este presente marginal. Confía en que serán los astros quienes guíen su destino y su poesía. En sus desamparadas y erráticas pupilas se puede ver la desconfianza hacia los seres humanos que la mantiene esclava de sus pensamientos y dispuesta a dar otro gran salto frente al vacío cotidiano. La certeza de que el mundo tal cual lo conocemos no es un lugar habitable la obligó a encerrarse en sí misma y seguir sus instintos más primitivos de supervivencia. Sin fuerzas para modificar la hipocresía de una sociedad cada vez más enajenada, ha decidido alejarse definitivamente de todo lo que la rodea, intentando que el eco de sus palabras o el fulgor de las estrellas le revelen alguna verdad, su verdad. A pesar del sufrimiento existencial que le provoca su soledad, sostiene la ilusión de que a través de ella encontrará aquello que hace años está buscando, aunque todavía no sepa de qué se trate.

 

 

SIN TÍTULO I

En este estar descalza de palabras,

aturdida de motivos muertos.

En esta absurda realidad de espejos,

que corrompen los espacios, mis dudas.

En este estar no estando,

que transito en silencio y me sacuden como espasmos.

 

SIN TÍTULO II

Los miro pasar y me apenan,

 tan sujetos de ellos mismos,

tan pobres de abrazos,

tan poco valientes,

tan llenos de miserias,

los miro pasar y no me arrepiento.

Más artículos del trabajo documental #PoetasInternadosPoesíaLibre, que retrata a 15 poetas españoles y argentinos con paso por hospitales psiquiátricos de ambos países.

rastros@lanan.com.ar

 
Nº de Edición: 1711

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