/Rastros

el desafío de caminar sobre el horizonte

la realidad zapatista

Fotografía: Martín Massa

* Desde el campamento civil por la paz de La Realidad, Chiapas, para NAN.

 

La Realidad amanece, la niebla se disipa y resurgen los verdes de la selva. Los hombres ya comenzaron la jornada, machete en mano, la lima para afilarlo en la cintura y la botella de pozol en el morral. Antes, tomaron su café y comieron sus tortillas, preparadas por las mujeres con la sola luz de la lumbre que calienta el comal donde se hincha y se dora “ese milagro redondo de máis”. El humo sale de los jacales de madera que hacen de cocina, separados de aquellos donde se duerme, más lejos las casuchas con pozo que hacen de baño. Familias zapatistas y no zapatistas habitan, no sin tensiones, este paraje de la montaña chiapaneca.

 

Los días en esta comunidad se miden en actividades, el tiempo lo marca la luz del sol; se descansa cuando se puede y se trabaja casi siempre. Una mujer que carga en el rebozo una nena como de un año refriega la ropa contra una piedra y después la enjuaga en el río. Más arriba, una joven moja dos cerdos y un caballo toma agua. Otras mujeres se suman con sus hijos a lavar ropa. Un grupo de niños se acerca a pedir que les bajemos unos mangos verdes “para comer con sal”, dicen. Por la carretera, una señora carga un fardo de leña sobre su espalda que sostiene con una especie de vincha colocada en su frente. Los chicos ahora se bañan desnudos en ese río que atraviesa la comunidad, ese río donde todo ocurre. Cada tanto circulan camionetas como de ganado llevando personas paradas o incluso subidas al techo o colgadas de la parte de atrás. Vuelven del trabajo en la milpa o el cafetal, de Guadalupe Tepeyac o Las Margaritas, los pueblos más cercanos. El río también los espera para bañarse. Camionetas y camiones del Ejército pasan con algunos soldados, nadie se altera, es algo con lo que conviven desde la ofensiva militar post insurrección zapatista del ’94. El sol se oculta tras la montaña, las linternas aparecen. La noche en la selva es diferente, es el territorio de los bichos.

 

Es una noche despejada. Una luciérnaga se cruza por delante de la luna llena y, en la copa de los mangos, los frutos continúan su danza inmóvil del verde al naranja, del ácido al dulce. Las guanábanas exhiben, vanidosas, sus falsas espinas.

 

El paisaje abrazado por esta curiosa luz nocturna no descansa. Son los hombres y las mujeres los que duermen hasta que dentro de unas horas busquen a tientas las botas, el molino para el maíz, el machete en su funda, la prensa para las tortillas y, ganándole al sol, empiecen su jornada en el monte, la milpa, la casa, el río, en diálogo abierto con la tierra que habitan y que les pertenece.

 

NUNCA MÁS UN MÉXICO SIN NOSOTROS

 

Al sureste mexicano, en el límite con Guatemala, Chiapas es el estado más pobre del país y, dentro de Chiapas, los grupos indígenas tzotziles, tzeltales, tojolabales, choles —entre otros— son los más pobres entre los pobres, los relegados a las “bolsas de olvido”, al decir del finado Subcomandante Marcos.

 

Las reformas que impuso la Revolución Mexicana casi no llegaron a Chiapas, el reparto agrario se dio a cuenta gotas. Las fincas, grandes latifundios propiedad de “la familia chiapaneca”, siguieron funcionando hasta bien entrado el siglo XX como imperios absolutos de los terratenientes. “Las mujeres indígenas parieron esclavos, hijos a los que no poder alimentar, hombres que sufrirían el látigo de los patrones blancos”, describe la periodista Guiomar Rovira. Los castigos y torturas constantes, el pago con alimentos que debían comprarse en las tiendas de los mismos finqueros, el trabajo sin retribución de niños o ancianos y la violación de mujeres y niñas por parte de los capataces o patrones eran moneda corriente. Algunos, cansados de la explotación y el maltrato, de no poseer un pedazo de tierra suficiente como para sembrar el maíz con que alimentar la familia, tomaron la decisión. Huyeron hacia la selva fronteriza, principalmente durante los años ’40, ’60 y ’70, donde fueron conformando con sangre y esfuerzo esos ejidos y tierras comunales que no habían sido posibles con la revolución. Grupos tojolabales y tzeltales mudaron su pobreza a un pequeño valle selvático y, a fuerza de machete, fundaron La Realidad.

 

En 1992, el presidente Carlos Salinas de Gortari impulsó una reforma legislativa que atacó directamente la propiedad comunal de gran parte del territorio mexicano y que sería uno de los puntapiés para el levantamiento del 1 de enero de 1994. La modificación del artículo 27 de la Constitución quebraba el carácter inalienable, indivisible, inajenable e intransferible por vía de la compraventa de los ejidos, la conquista central de los campesinos en la Revolución Mexicana. “Era decretar la muerte total del reparto agrario, era como decretar que a partir de ese momento todas las nuevas generaciones de campesinos, es decir los hijos y nietos de todos los campesinos mexicanos, estaban condenados o al exilio muy poco deseado hacia las ciudades o a la extinción de sus pueblos e incluso de su propia civilización”, sintetiza el director de la revista Contrahistorias, Carlos Antonio Aguirre Rojas.

 

Cuando las familias campesino-indígenas reclaman la propiedad de la tierra están exigiendo el pilar fundamental para su existencia. La tierra es el lugar para instalar sus viviendas, para desarrollar la vida en comunidad, criar los animales, conseguir la leña, extraer los frutos, sembrar, cosechar; es donde yacen sus muertos.

 

En la tierra se organizan las milpas, sembradíos de maíz, el alimento ancestral de los pueblos mayas. Pueden quedar a 30 minutos o a más de tres horas de caminata desde los poblados. Las jornadas suelen comenzar de madrugada para evitar el calor abrumador del mediodía.

 

De abril a agosto los hombres trabajan para sembrar, cuidar, cosechar y secar el maíz; el resto de los meses preparan el terreno para estas tareas. Durante el año, las mujeres, que también colaboran en la milpa, preparan las tortillas y el pozol, bebida refrescante y energizante hecha a base del mismo grano. Tortillas, pozol, tamales, tacos, sustento para el ganado, relatos y leyendas: todo proviene del maíz.

 

La tierra para los campesinos indígenas es la vida. Sin tierra no hay maíz, sin maíz no hay futuro. La lucha por la tierra es la lucha por la vida, por la autogestión y la autodeterminación. Como producto de esa lucha y la organización social, colectiva, comunitaria, los zapatistas fueron dándole forma a la dignidad, moldeando con esfuerzo y paciencia ese imaginario común de insubordinación y desobediencia.

 

“Nosotros nos organizamos porque nuestros abuelos y bisabuelos nos contaron lo que era el trabajo en la finca, los chicotazos, los abusos, el hambre… nosotros no queremos volver a eso”, relata V.

UNA GUERRA DE UN SOLO BANDO

La historia del neozapatismo es plural, por momentos fragmentaria y se cuenta en distintas lenguas. Tan compleja y misteriosa como la geografía chiapaneca y sus habitantes. Se imprime en las victorias, en las derrotas, en los comunicados que desde hace más de 20 años emite el Comité Clandestino Revolucionario Indígena, en el nombre de los muertos, en los bailes y las fiestas, en los niños que nacen escuchando hablar de “un mundo donde quepan muchos mundos”. La única testigo perfecta de esta historia es la montaña, refugio en tiempos de ofensiva militar, confidente durante la década en que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) se fue conformando en secreto, cómplice y espacio que se abre para quienes estén dispuestos a escuchar, conocer y esperar.

 

En la montaña se pone en juego el concepto de horizonte: esa línea que divide el cielo y la tierra, tan clara en un paisaje de llanura o en el mar, por estos lugares aparece confusa. Se recorta, despareja, entre las sierras verdes y las nubes. Y una vez más, los zapatistas logran vencer las leyes de tiempo y espacio y caminan no hacia el horizonte, sino con los pies sobre esta línea, con la dignidad como faro y la organización como motor, sabiendo que caminan un paso y se aleja un paso, mientras entonan su canto: “Ya se mira el horizonte,/ combatiente zapatista,/ el camino marcará/ a los que vienen atrás”.

 

La primera reacción del Estado mexicano tras el levantamiento del EZLN fue un proceso de contrainsurgencia con ocupación militar y el financiamiento de grupos paramilitares. Con el nuevo milenio y el quiebre en la sucesión de gobiernos priístas, el poder político y económico inicia una nueva etapa denominada Guerra Integral de Desgaste, herramienta más sofisticada que se mantiene hasta la actualidad. “Hacer que alguien o algo pierda fuerza, vigor o poder”, define el diccionario al verbo desgastar. Se habla de guerra, pero para que ésta exista debe haber dos o más grupos armados en enfrentamiento. Y a pesar de las provocaciones, luego de los doce días de combate en 1994, los zapatistas suspendieron la lucha por la vía de las armas y mantienen su palabra.

 

Esta “guerra de desgaste” implica la presencia del ejército en diferentes comunidades, sin que estén claros cuáles son sus fines. En otras ocasiones son grupos paramilitares o grupos civiles de choque, muchas veces camuflados bajo la figura de asociaciones civiles, los encargados de ejercer presión o promover la delincuencia organizada y el narcotráfico en complicidad con militares y autoridades. También la incorporación de grupos campesinos-indígenas no zapatistas a programas de gobierno asistenciales y de cooptación política, y su promoción en territorios zapatistas para provocar quiebres hacia el interior de las bases de apoyo. La cesión de tierras a estos grupos no zapatistas y el ingreso de hectáreas en el mercado inmobiliario para generar desarrollos empresariales mineros o turísticos son otras de las formas del desgaste que se traduce en exilios o desplazamientos forzosos.

 

A esta “guerra” el zapatismo le contrapone la creación de los municipios autónomos, la construcción de clínicas y escuelas, la formación de promotores de salud y educación. La respuesta es cada vez más organización.

 

HACIA LA ESPERANZA

 

Es jueves en La Realidad y hay mucho movimiento. Camionetas, camiones, taxis, gente caminando. Todos llegan a este Caracol, el número 1, sede administrativa y de reunión de la Junta de Buen Gobierno Selva Fronteriza “Hacia la esperanza”, que abarca los municipios autónomos de General Emiliano Zapata, San Pedro Michoacán, Libertad de los Pueblos Mayas y Tierra y Libertad.

 

Este primer fin de semana de mayo se presentan en el Caracol La Realidad los candidatos a integrar la junta que asumirá en agosto. Las Juntas de Buen Gobierno, llamadas así para diferenciarlas del “mal gobierno”, son la máxima autoridad a nivel zonal. Están compuestas por 24 personas cada una (12 hombres y 12 mujeres) que son elegidos democráticamente para mandatos de tres años y con un recambio de la mitad de la junta cada un año y medio. Sus principios son la rotatividad, revocación de mandato y rendición de cuentas, y con ellos garantizan que el “mandar obedeciendo” no sea sólo una frase. No hay campañas electorales ni postulaciones personales: cada integrante es propuesto por las personas de su comunidad que conocen su conducta y su compromiso. Tampoco es necesario tener conocimientos previos, estar alfabetizado o hablar correctamente el español: se aprende en el hacer y en colectivo.

 

Ninguna de las autoridades percibe un salario por su tarea y muchas veces deben hacerse cargo de cubrir parte de sus viáticos. Pasan períodos de dos o tres semanas en el Caracol que les corresponde, durante las cuales sus comunidades de origen se hacen cargo de sus tareas cotidianas.

 

Muchos de los 1500 participantes de este encuentro vienen de pueblos distantes a 5 ó 6 horas, alternando distintos medios de transporte o hasta dos días a pie. Nombran sus lugares de procedencia y señalan la inmensidad de la sierra chiapaneca: de allá arriba, por allá abajo, detrás de aquella montaña.

 

Son jornadas largas de lecturas y discusión que empiezan a las 6 de la mañana, pero eso no impedirá que el baile con banda en vivo se prolongue hasta la medianoche los cuatro días que dura el encuentro.

 

En el templete, los músicos de “La Tribu” vuelven a tomar sus instrumentos después de que un problema técnico los dejase sin luz: la planta de energía eléctrica también es autónoma y está dentro del Caracol. Pero los compañeros ya lo solucionaron y se retoman las rolas: norteñas, cumbias, duranguenses. Primero los niños y algunos adolescentes se congregan en la cancha de básquet devenida en pista de baile, después se va animando el resto.

 

Para mantener a todos despiertos, un grupo de mujeres prepara café en grandes tinas debajo de una ceiba en flor. “El auténtico café zapatista”, dicen, orgullosas. Algunos prefieren tomar refresco. El alcohol no está permitido en estos encuentros, ni en las comunidades zapatistas. “En muchas fincas se le pagaba al trabajador con alcohol. Eso trajo violencia, sobre todo hacia las mujeres, y prohibirlo fue uno de los primeros reclamos cuando empezó la organización”, cuenta R. Una ranchera anima la última noche.

INSTRUCCIONES PARA HACER PAN EN LA SELVA

 

De a una, en grupos, con sus niños y niñas de la mano o prendidos a sus espaldas en rebozos, van llegando unas treinta mujeres al campamento, su punto de encuentro en esta tarde calurosa. Arman una ronda, proponen, debaten y acuerdan algo que no llegamos a escuchar y que una de ellas anota en un cuaderno. En un momento la ronda se dispersa y deviene en una fila frente al depósito de leña. Cada una de sus integrantes carga de a 20 tronquitos en sus vinchas, brazos y, algunas, en carretilla. Las vemos irse siguiendo el curso del río, por el camino de tierra.

 

Mañana por la mañana estas mujeres amasarán por primera vez pan casero en La Realidad. Van a hacer 10 kilos para estrenar el horno de barro que lograron financiar con el trabajo realizado en la tienda y comedor comunitario Comandanta Ramona. Este emprendimiento fue fundado por ellas mismas hace dos años, en el Día de la Madre. Es uno de los tantos colectivos que funciona en territorios zapatistas dedicándose al cultivo de maíz o frijoles, producción de miel o tortillas, textiles, potreros, cría de pollos o ganado. Todas estas experiencias tienen carácter comunitario y mantienen precios justos, pues no hay quien se enriquezca con el encarecimiento de los productos. Los y las integrantes de cada proyecto deciden a qué dedicarse y cómo organizarse; al igual que las autoridades, no cobran por su desempeño personal y los excedentes se destinan a mejorar la salud, educación, infraestructura u otros productivos. Los colectivos son una de las expresiones de la autogestión y la reafirmación del “nada del mal gobierno”.

 

***

 

La tarde es tranquila en el campamento, el calor y la humedad aplastan. En la carretera por donde va y viene el pueblo, un cartel rojo afirma: “Compañero Galeano. Justicia y no venganza” y es testimonio del clima de tensión que se vive en La Realidad. En este mismo lugar, el 2 de mayo de 2014, fue asesinado el maestro José Luis Solís López, inmortalizado con su pseudónimo Galeano. El crimen fue perpetrado por integrantes de la Central Independiente de Obreros y Campesinos Histórica (CIOAC-H), Partido Verde Ecologista de México (PVEM) y Partido Acción Nacional (PAN), y sigue impune. Los medios de comunicación “de paga” y el gobierno, parte de la maquinaria de la “Guerra de Desgaste”, legitimaron la hipótesis del enfrentamiento entre grupos indígenas. “Esos cabrones rompieron toda la escuela, los libros, todo. Nosotros estábamos en el Caracol. Cuando nos enteramos se organizaron dos grupos para ir hasta la escuela, uno por arriba y otro por abajo. Nos emboscaron a los dos grupos y empezaron los tiros. Era casi de noche y se veía muy poco, sacamos a casi todos los compañeros heridos, pero no a Galeano que tenía un tiro en una pierna. Nos encerramos en el Caracol. Tres días después se organizó un grupo de mujeres muy valientes que fueron a reclamar el cuerpo”, cuenta E. sobre esos días. El asesinato de Galeano marcó un quiebre: fue el episodio que tomó el zapatismo para borrar el “holograma”, para hacer callar al vocero, al personaje: el Subcomandante Insurgente Marcos. Es el momento de multiplicar las voces, el tiempo de las nuevas generaciones.

 

R. tenía 8 años cuando la insurrección del ’94. No se acuerda bien, tiene sólo algunas imágenes, aunque para él está en el zapatismo desde siempre. Sentado en la hamaca se balancea orgulloso, nos habla de los principios, del “mandar-obedeciendo”, de todas las ideas que lo fueron moldeando. Mientras tanto y luego de consultas en más de 500 comunidades, el mundo espera los anuncios del Congreso Nacional Indígena en la asamblea constituyente que comienza hoy y continuará mañana y pasado en San Cristóbal de las Casas, que proclamará, por primera vez, una candidata indígena para la presidencia de México. R. se indigna cuando le preguntamos si el zapatismo va a elecciones: “El zapatismo forma parte del Congreso Nacional Indígena, pero nosotros no vamos a elecciones, no creemos en ese sistema. Vamos a apoyar a la candidata que salga del CNI, pero esa candidata no va a ser zapatista; los zapatistas no vamos a votar, nunca hemos votado y no lo vamos a hacer ahora. Como dijimos siempre, nosotros no queremos el poder, este poder corrupto, represor, asesino, excluyente. Nosotros queremos el poder del pueblo, el poder de los de abajo organizados”.

 

rastros@gmail.com

Nº de Edición: 1739

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