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Frágil e invencible

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La radio devenida en una enorme usina cultural lleva 26 años al aire. “Acá siempre está pasando algo, hay un caldo que no espera a que la cosa se prenda fuego para estallar”, explican. Fotografía: Lulú Jankilevich.

Por Ailín Bullentini

Un coro de susurrantes deshabita la tormenta.
Los cuerpos hacen de antena.
Juegan a obedecer sólo a lo que inventan.
No traman, tejen. Algo preparan.
Componen y descomponen.
Usan todo de otra manera.

Una fachada hecha mural. Un bar amigable: varias mesas sencillas, un par de sillones, remeras de La Garganta Poderosa colgando y las paredes recubiertas de arte. Una cocina con aroma a casero. Una habitación con varios micrófonos y ahí, cerquita, el cartel de “en el aire”. Cabezas rapadas a la mitad, pelos al viento, rastas que van y vienen, preparan milanesas de zapallo y algún que otro café, trabajan en grupo en el “territorio” y hacen magia a través del aire de la 88.7 de la frecuencia modulada de la Ciudad de Buenos Aires. La Tribu y su guarida: una organización que supo, a lo largo de un cuarto de siglo, desbordar el esquema de un medio de comunicación para enredarse entre la comunidad y pasó a convertirse de relatora a hacedora de la historia de varias generaciones. La Tribu es su guarida y más. La Tribu es guarida.

La radiografía actual de La Tribu regala un esqueleto compuesto por una treintena de personas de diferente signo político, costumbres e ideologías que participan, de manera asamblearia, en cuatro grandes grupos: la radio, el bar/territorio, la relación con la comunidad y la capacitación, y la coordinación. Así es hoy. Antes, funcionó de otra manera. Más antes, de otra y eso es lo que la vuelve invencible, según sus integrantes. El poder de adaptación. “Cuando un proyecto tiene la autonomía como objetivo, todo el tiempo está aprendiendo y desaprendiendo formas de ser”, apuntó Rafael López Binaghi, a cargo del área de capacitación. Diego Skliar, conductor de uno de los programas más escuchados de la radio, “La mar en coche”, rescató la suma de las partes: “Esto es un laboratorio de formas de vida, de todas las formas de vida diferentes a las que suelen imperar en la ciudad, en el mercado. Queremos vivir como lo hacemos en La Tribu”.

Orgullosa, la estructura se reconoce frágil porque “hay una potencialidad en la fragilidad que nos permite seguir siempre. Se es frágil cuando se derrumba alguna forma de la fe a la que se estaba aferrado. Lo que el capitalismo ofrece es llenar rápido ese vacío, pero el estado frágil es muy rico, ahí está la potencia de todas las posibilidades, una multiplicidad de mundos”.

Skliar también está orgulloso.

Ser historia

El pasado 19 de junio, esta construcción frágil e invencible cumplió 25 años. El comienzo fue en el convulsionado 1989, a cargo de un grupo de estudiantes universitarios aunados en la agrupación militante Santiago Pampillón que “tenían mucho para decir y empezaron a sentir que las paredes de la universidad encerraban debates que deberían ser más amplios”. Aunque Skliar, llegaría al colectivo varios años después, se sabe de memoria su historia. La radio comenzó a funcionar en un departamento de la calle Gascón y de manera súper clandestina, con el objetivo de trabajar más allá de la militancia partidaria, más bien metida en el barrio. La grilla estuvo siempre abierta a los vecinos y las vecinas.

La plancha de los ‘90

Con las patillas, el sushi y el champagne, el neoliberalismo desembarcó en el país y nos dejó en bolas a todos. En paralelo, La Tribu abandonó el departamento de Gascón, adonde sólo se ingresaba con una contraseña, y se mudó a la habitación del fondo de la casa chorizo donde entonces funcionaba el Club de las Artes. Con el correr del tiempo, La Tribu fue ganando espacio en la casa abierta de Lambaré 973 a medida que ese lugar dejaba de ser club. El vínculo cercano con el arte, no obstante, se mantuvo: las paredes de la casa abierta albergan y albergaron distintas expresiones plásticas, fotográficas, esculpidas. El territorio abrazó recitales de “banditas que recién arrancaban” y algunos otros con historia.

“La plancha de los ‘90 fue dura. Y había que plantear un proyecto cultural en ese contexto, eh. La historia de La Tribu es la narración de las dificultades de entonces”, postula López Binaghi, quien apuesta a que la necesidad de generar lazos que imperaba en aquellos años fue una de las razones por las que el proyecto desbordó lo radiofónico y “amplió su base de operaciones en pos de una pluralidad que permitió sobrevivir a la década”. “Entonces, se fortaleció el área de la capacitación, comenzamos a socializar conocimientos a través de talleres, tanto al interior del grupo del proyecto como también hacia afuera. Hay que entender la radio como el corazón técnico necesario pero no como la visión general del proyecto, que tiene más que ver con la transformación de las condiciones de vida que se consideran injustas”, agregó Skliar.

El entretejido que arrancó en aquellos años se extendió y sigue creciendo hoy, es la identidad de La Tribu. Por las características del colectivo e, incluso, por la condición de tener sus puertas abiertas siempre, el territorio fue testigo de los pasos previos a lo que hoy es la Unión de Músicos Independientes o la itinerante Feria del Libro Independiente y Autogestiva.

El 2000 es en la calle

Muchos programas radiales que nacieron entonces en el corazón técnico del “colectivo comunicacional y cultural”, como se autoproclaman cuando deben etiquetarse, continuaron durante los años duros de principios de siglo que también imprimieron su lógica a la “forma de ser” de La Tribu. “El período de crisis entre 2001 y 2004 la cuestión era la urgencia. No había demasiado tiempo para pensar grandes planes ni estéticas, era un tiempo de salir a la calle, de reflexión y acción demasiado pegadas en el tiempo, casi en simultáneo”, apuntó el conductor de “La mar en coche”. El proyecto profundizó, entonces, sus vínculos con la comunidad: participó de las asambleas barriales, impulsó la conformación de la Red de Corresponsales Populares –vecinos y vecinas tenían micrófono abierto para contar qué pasaba—, abrió su casa más que nunca –allí llegó a funcionar un club del trueque, símbolo de la resistencia—.

“Era momento de estar con el micrófono en la mano, pero también de cruzar la camioneta en la Plaza de Mayo y defender a las Madres. El móvil dejó de ser el trasporte de un cronista para convertirse en un tanque en un enfrentamiento”, recordó el rol fundamental que jugó la camioneta de la radio en la represión institucional de 2001, cuando la Montada arremetió contra las Madres de Plaza de Mayo la mañana del 20 de diciembre de aquel año. “La tribu ha sabido tener, como organización, la capacidad de ser eje de un montón de articulaciones a lo largo de la historia, porque elegimos no participar de costado sino en el mismo núcleo, como motor movilizador. Desde la radio, nuestro lema era “El 2000 es en la calle” y lo cumplíamos, estábamos en la calle”, completó López Binaghi. Semejante herencia marca el andar de la organización, día a día. “Acá siempre está pasando algo, hay un caldo que no espera a que la cosa se prenda fuego para estallar”, añadió.

Apagá La Tribu, hacé tu propia radio.

La frase compone uno de los slogans con el que el colectivo agitaba en los últimos noventa. “El mensaje de las radios comerciales a los escuchas era ‘quedate, séme fiel, escuchame todo el tiempo’. Nosotros no buscábamos eso, no queríamos que La Tribu crezca sola dejando a la sombra a un montón de otros proyectos. Escuchame, y de lo visto, generá tu propio espacio”, explicó Skliar. Aquellos años también eran de derribar mitos y agravios. “La Tribu compartió con proyectos similares el duro camino de dejar de ser las radios truchas para pasar a ser proyectos comunitarios, alternativos y populares. En esa vía, se sumaron al Foro Argentino de Radios Comunitarias (Farco), tendieron lazos con radios y medios de comunicación audiovisuales de similar horizonte y fundaron la sede nacional de la Asociación Mundial de Radios Comunitarias (Amarc). La red continuó hasta hoy, fortaleciéndose en el trabajo arduo alrededor de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. En ese análisis, los integrantes tribales consideran que el colectivo jugó un rol destacado en la conformación del tan mentado “tercer sector” para el que la Ley reserva un 33 por ciento del espacio radioeléctrico. “Somos prueba, junto al resto de los proyectos hermanos, del uso del derecho de todos a comunicar: la posibilidad que todos tenemos de hacer un medio de comunicación sin necesidad de ser profesionales, empresarios o funcionarios”, amplió López Binaghi.

La tercera voz

La de decir una cosa diferentes a la que circula sobre la superficie es una de las tantas dimensiones en las que se escinde la funcionalidad de La Tribu durante la última década. Lo busca y lo logra a partir de una decisión: estar siempre atentos al latido social ya que “escuchar qué tienen para decir esas otras muchas voces es lo que nos permite corrernos lo máximo posible del discurso hegemónico para encontrar qué otras narrativas hay de una época”, introdujo el locutor, dejando un pie digno de clima radiofónico a su colega: “Si vos le ponés la oreja a los grandes diarios, es una cosa; si escuchás a las organizaciones, a quien tenés al lado, es otro el país y la coyuntura. Si lográs sintetizar ese otro país, es fenomenal”.

Fuente: NAN #17 (2014). Conseguila en nuestra Tienda Virtual.

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