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preso en mi ciudad

olavarría a la vera del indio

—Asombra ver esta cantidad de gente. Cambió drásticamente el paisaje de Olavarría. Muchísima gente se acerca para disfrutar el show del Indio Solari.

 

Norma mira atónita el televisor. “¡Está en vivo, Alberto! ¡El canal 5 está haciendo una transmisión en vivo! Mira qué bien, se ganaron un porotito con esto.” Norma y Alberto, ambos de 70 y largos, están casados hace 45 años. Se conocieron en un baile, mientras ella estudiaba en Azul. Tuvieron dos hijos pero ambos volaron a Buenos Aires cuando terminaron el colegio. Sin nietos ni sobrinos cerca, los días en Olavarría son eternos, la casa sobra. En la cocina el tiempo pasa más rápido. Norma cocina tallarines caseros con huevos de su propio gallinero, y si la intentás ayudar a lavar algo o poner la mesa te dice que te sientes, con una atención y un amor a los que hay que obedecer, no queda otra.

 

La tele está de sonido ambiente todo el día. Mientras hace una pastafrola, Norma suele escuchar impasible que es mejor no agarrar por la Avenida Corrientes porque está cortada por una manifestación, que mataron a un policía en Belgrano, que el subte C hace un recorrido limitado por problemas técnicos y que la línea 60 no funciona porque mataron a un chofer en un asalto. El canal local de la ciudad, el único que puede contar cosas que la interpelen por cercanía, suele repetir las transmisiones. Pero esta vez, aunque los principales canales de TV del país no hayan enviado móviles, la noticia pasa por casa y el Canal 5 de Olavarría decidió sacar a sus dos cronistas a la calle para entrevistar a los visitantes.

 

“Yo vengo de Moreno. No tenía trabajo. El lunes decidí venirme igual y el miércoles conseguí trabajo. Cuando toca el Indio hay un aura especial.”

 

“Soy Carlos, de Ciudad Evita. Vine hace 20 años y me quedé con las ganas. Hoy no podía faltar.”

 

El día anterior TN le había dado otra sorpresa a Norma. “Dijeron el clima de Buenos Aires y el de Olavarría. ¡Mira qué importante somos!”.

 

 

La conductora de la transmisión especial habla con el intendente y lo tutea (Norma dice que la conoce desde chiquita, que es buena chica y que estudió comunicación). Ezequiel Galli promete que todo va a estar bien (“Ojalá que todo salga bien”, replica Norma). Dice estar sorprendido por la cantidad de gente que llegó pero vuelve a afirmar que la ciudad está preparada.

 

Los mensajes llegan a la conductora sin ningún tipo de filtro. Sin burocracias, lee: “¿Y qué les decimos a los vecinos de San Vicente que no tienen vida hace una semana?”. La periodista ensaya una respuesta políticamente correcta pero los entiende. Ese barrio es uno de los más cercanos al predio La Colmena y hace días que hay chicos acampando en las veredas; a toda hora, desde muchos parlantes a la vez, suena saturada la voz de Carlos Solari.

 

 

El cielo de Olavarría es de pocas sombras. La ciudad del cemento tiene calles anchas color gris perla, veredas limpias, líneas rectas y casas bajas. Desde la esquina se pueden ver las 10 cuadras que siguen, el horizonte gris perdiéndose. Pocos autos, poco pasto, pocas personas. Más perros sueltos que gente caminando.

 

11 de marzo de 2017. Las principales avenidas y bulevares se convirtieron en peatonales de un día para el otro; están repletas de puestos de choripanes y, entre latitas Brahma abolladas y ex “viajeros” de Fernet, hay mantas con remeras y gorros de Los Redondos y del Indio. Un tipo pasa agitando los brazos, canta eufórico “¡VAMO’ LO REDOO!” con algún extraño y sigue caminando. En la misma cuadra y al mismo tiempo suenan “Ropa sucia”, “Mariposa Pontiac”, “Beemedoblevé” y “Vencedores vencidos”. Pasa de todo pero no pasa nada. Faltan cinco horas para que empiece el recital. La suma de todos los factores es de una estabilidad gelatinosa.

 

A pocas cuadras de la Avenida Pringles, en donde frenan la mayoría de los micros y autos de quienes vienen a presenciar quizá el último show de Indio Solari, no corre un alma. Unos nubarrones grises y negros invitan a dormir la siesta. Un vecino con boina descansa sus brazos sobre la reja baja de su casa y mira a un grupo de jóvenes desconocidos pasar. Los chicos hablan fuerte, se ríen, toman cerveza. El hombre les sostiene la mirada. Los mira hasta que casi se vuelven un mínimo punto en el cemento.

 

Los que juegan de local en la calle son fáciles de distinguir: van con los ojos bien abiertos, el paso lento y la sonrisa pintada. Así, Imelda y Omar: prendidos del brazo por la Avenida Del Valle, buscando a una pareja de turistas que auxiliaron hace algunos minutos para darles agua caliente para el mate.

 

—Los queríamos saludar, ¡pero mirá lo que es esto, no los encontramos más! ¡En mi vida vi tanta gente así!

 

Pero claro, los locales no están todos a la vista. Algunos reticentes al gentío salieron a la mañana a dar una vuelta por esa ciudad ahora desconocida y a partir del mediodía se indignan frente al televisor y la radio. Laura, que atiende una farmacia, dice que hay gente que tiene miedo. ¿Miedo a qué, a que pase algo? No. Al desorden. “Acá todo es muy ordenado, tan tranquilo que no pasa nada”.

 

 

Tentempié 1: Semana Santa de 1996. A doce kilómetros de la ciudad de Olavarría trece presos de la Unidad Penal Nº 2 de Sierra Chica intentan fugarse. Fracasan, toman a diez guardiacárceles, tres pastores evangelistas y una jueza como rehenes, y matan e incineran en los hornos del penal a ocho reclusos de la banda contraria. Cuentan que hicieron jueguitos con las cabezas de los muertos; que después los cortaron y se los comieron en empanadas. Festín del morbo para los medios.

 

Tentempié 2: en 1997, un día antes de que tocaran Los Redonditos de Ricota, el intendente Helios Eseverri decidió prohibir el recital de la banda cuando ya había alrededor de diez mil fans en la ciudad. Prendieron fuego gomas frente a la municipalidad, corearon “el Indio no se va” y la banda dio la que sería su única conferencia de prensa.

 

Tentempié 3, más cerca y feliz: en agosto de 2014 a Olavarría se le fue la yerba para el otro lado cuando se enteró que Ignacio “Pacho” Hurban, el profe de música, era en realidad el nieto de Estela de Carlotto, la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo.

 

Mapa_Olavarría_NAN2017

 

Camino a La Colmena todo es cabezas moviéndose y cielo. A Paula le regalaron entradas para el recital y va por curiosidad. ¿Cuándo más va a ver a su ciudad así? Le dicen que su puerta de acceso es la uno, al fondo. Ver tanta gente junta la espanta pero decide no pensar en eso. Pide permiso, empuja un poco, sigue el camino que algún otro traza hacia el mismo lado al que ella quiere ir. “Este acceso está cerrado, tenés que volver y entrar por la puerta 3.” En la vereda ve a unos tipos apoyados contra la pared de una casa, les quiere preguntar algo y la miran de reojo. Están meando. Paula se vuelve a meter en la marea de gente decidida a volverse a su casa. Ya está agotada, y todavía no pudo llegar al predio. No le importa. Paula tiene casi 40, pero cuando su papá la ve llegar la abraza aliviado.

 

Después del “menos mal que volviste, dicen que es un kilombo”, antes de ir a dormir, Paula abre su Facebook. Lee que en el recital murió gente. Dicen que once, que siete. Recién a las tres de la mañana sabe que todos sus amigos están bien.

 

 

Eran músicos tocando con miedo. En el momento en el que Solari interrumpió por primera vez el recital, empecé a pensar en él en otros términos. En un segundo bajó del pedestal del misterio. Lo imaginé nervioso los días previos a tocar, pero no por ansiedad, por pánico. Vi a un tipo de 68 años sin lentes de sol frente a 400 mil realidades que temporalmente estaban bajo su estrella.

 

Nunca pensé los recitales del Indio Solari en términos de capacidad limitada. ¿Inconsciente? Puede ser. Quizá la falta de parámetro es lo que confunde. El Indio Solari no es los Rolling Stones, ni la Renga, ni un Boca-River. Que las “misas indias” sean marketineras y que al Indio Solari le salga menos plata llevar a toda la gente un día del año a una ciudad chica en vez de a un gran estadio muchas fechas, poco le importa al ricotero. En las misas, esa realidad alternativa que dura unos días, Los Redondos se vuelven a juntar invocados por cientos de miles de personas que los hacen sonar en las calles de la ciudad tomada.

 

La cuestión es que la salida era un tapón y de eso hablamos todos. Cuando te sentís sardina sabes que tu futuro depende del otro. Sea por azar o por códigos, el ambiente es pacífico hasta en las situaciones más adversas, como cuando estamos los unos empalmados contra los otros, cansados, con alcohol y otras sustancias en sangre, y sin aire. Los cuerpos podían apretarse un poco más para dejar pasar cuando alguien gritaba “persona desmayada”. Me di cuenta de que no tenía sentido putear a los de atrás y empujar en sentido contrario. Atrás mío había alrededor de 300  mil personas y el problema no eran unas miles: el problema éramos todos tratando de salir por una sola calle tapiada con maderas.

 

 

Olavarría amanece resacosa, algo pésimo para un día sin nubes. La de ayer también era una ciudad tomada, pero ésta es decadente: las calles están llenas de basura y de personas que no saben adónde ir. Algunas sin plata, otras sin documentos, otras detonadas, otras sin su gente. Alejandra busca a su pareja. Ya fue al Hospital Municipal Héctor Cura, a la terminal, a La Colmena. Nada, no lo encuentra. Lo perdió cuando entró al recital y ella tiene su celular y su documento. Está preocupada porque hace frío y él estaba de bermudas y remera.

 

Ahora los locales también son fáciles de distinguir: no tienen barro en las zapatillas, están bien abrigados y miran con desconfianza. En la tele dijeron que no eran sólo dos, que había más muertos. De pronto todo está mal y hay una sensación de tragedia espantosa.

 

 

Alberto no quería saber nada con la invasión de turistas/peregrinos a Olavarría. “Esto termina muy bien o muy mal”, le había dicho con gravedad a Norma el día anterior. Todo el domingo Alberto gozó con un poco de tristeza que había tenido razón.

 

Ahora hacen zapping y en la tele sólo se habla del show y de la tragedia favorita de los medios, la que no sucedió y la que pudo haber sido. Los periodistas de Buenos Aires están transmitiendo en vivo a 15 cuadras de su casa desde la puerta del Hotel Santa Rosa, donde se había hospedado la banda, y de pronto Mario Massaccesi habla con Teresa, la señora que vive en la calle Vicente López, y se queja de que unos chicos le acamparon en la vereda y que todo fue un descontrol. Norma decide que hay que irse a dormir y apaga de prepo el televisor. Espera que al otro día sólo vuelvan a decir el clima de Buenos Aires en la tele.

 

rastros@lanan.com.ar
 
Nº de Edición: 1715

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