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los delirios del defacto

Iorio, Biondini y banalidad

Ilustración: Villy

Hace algunos días nos desayunamos con una foto bastante llamativa y que en cuestión de minutos se convertiría en una suerte de trending topic del rock vernáculo. Ricardo Iorio  —mítico bajista de Hermética y actual líder de la escena metalera local— sonreía abrazado a Biondini, ex precandidado a diputado por la provincia de Buenos Aires en las últimas PASO y  confeso admirador de Adolf Hitler y el nazismo. Como era de esperar, en cuestión de minutos, la polémica imagen desató un polvorín de opiniones. Todo el mundo, necesariamente, tuvo algo para decir sobre ella. Desde los desgarrados que juraron no volver a escuchar su música ni a calzar su santo nombre en una remera negra; pasando por los frívolos de siempre que nunca escucharon dos acordes de quinta, pero juran y perjuran que el odio “irracional” de Ricardo viene de la época en que clamaba desencajado “y los hippies que se mueran”; hasta los más integrados demócratas que, lejos de ofenderse, acompañaron la decisión del artista sosteniendo: “buen, ya es grande para elegir solo que rumbo político tomar”.

 

Es indiscutible que, semejante panorama de emociones encontradas, amerita unas palabras, más no sea para agregar un poco más de confusión en el asunto. Un buen primer paso sería alejarse de la victimización de algunos que se sintieron traicionados con la foto en cuestión, la cual vino a oficiar como frutilla al postre de unas cuantas declaraciones bastantes inapropiadas sobre los desaparecidos en la última dictadura cívico-militar, algunos políticos y ciertos músicos. Aunque con mayor repercusión y propaganda,  no hay mucha mayor novedad para sorprenderse que la vertida en su disco Piedra libre (2001). Dicho LP contiene una de las canciones más controvertidas de su carrera en la que el elogio y la sonrisa cómplice no está puesta en un simpatizante nazi —que en a las elecciones primarias (vaya oxímoron) obtuvo un 0,32 por ciento de los votos— sino que el canto está destinado a Mohamed Alí Seineldín, exmilitar que efectivamente golpeó la democracia en repetidas ocasiones.

 

Lejos de subestimar a su compañero de retrato —de manera bastante contundente la historia reciente nos demostró en las últimas presidenciales, cuan caro nos sale este tipo de posturas, cuando a aspiraciones al poder se trata— y con un dejo de justa desazón, hay que reconocer que no es la primera vez que Iorio  manifiesta esta conducta, aunque esta sea más pornográfica que la anterior. Una actitud lamentable que solo redunda a favor del citado político y que deja la peor parte al cantante y, dicho sea de paso, a los seguidores de su música: quienes, a pesar de los años transcurridos desde sus inicios, y de los logros obtenidos en el ámbito cultural, siempre fuimos mirados y acusados como “violentos” por aquellos a quienes nuestras ideas y la música que le daba sustento, les hacía “ruido”.  Los fríos de ayer, hoy y mañana también, a quienes les resultó más fácil etiquetar y no preocuparse por lo que realmente estaban denunciando nuestras canciones, muchas de ellas, quizás las más importantes escritas por el mismo tipo de la foto.

 

Se encontró y justificó el mote de “violencia”, cuando más bien (aunque el término se asemeje, no es el mismo) es vehemencia. Fogosidad que caracterizó a toda nuestra música: a sus acordes, a su formas de tocar los instrumentos, a las letras de las bandas y, obvio, a la lírica de Iorio. Una lírica vehemente que desde sus inicios, pero sobre todo a partir de finales de los años 80 con Hermética, con proyecciones cada vez más importantes en toda la carrera de Almafuerte, estuvo entroncada con el discurso de raigambre nacionalista. Teniendo en cuenta lo complejo que resulta pensar esta vertiente de pensamiento en un país con las características del nuestro —esto es con la variedad de etnias que viven, la cantidad de nacionalidades que lo habitan, los diferentes movimientos migratorios que desde finales de siglo XIX, lo conforman—, donde la sola idea de Nación es un problema filosófico, político, social y económico en sí. No resulta del todo raro que también nuestras ideas patriotas no tengan un solo norte. Sino más bien muchos, diversos e incluso antagónicos.

 

Y dentro de ese abanico de ideas es innegable que Ricardo fue pulsando unas cuantas en sus creaciones: desde el nacionalismo más convencional, ese que reivindica su orgullo como “Orgullo argentino”; o aquel que le canta a sus héroes como el caso de “El visitante”; o el recién citado “Cumpliendo mi destino”. También pasando por un nacionalismo más integrado a movimientos que exceden un poco la idea de nación: alistándose con causas latinoamericanistas en “La revancha de América” o de identificación con los pueblos originarios tal el caso de “Sentimiento indiano”, entre tantos otros. Hasta podríamos mencionar un regionalismo de tipo “micro”, ese que defiende las banderas de la patria más minúscula que es el barrio, donde se encuentran himnos como “Soy de la esquina”,  “Desde el Oeste” o “En las calles de Liniers”.

 

Todas esas ideas imbuidas de un sincero amor a “lo local” que, nadie niega, regalaron una serie de himnos a una juventud (la nuestra) sumida en la noche del neoliberalismo. Por eso duele este gesto —porque después de todo no es más que eso, un gesto— grosero de fotografiarse con un ser que, por principios, se encuentra parado en las antípodas de todos nuestros “himnos”. Por eso, esta “nueva” veta nacionalista causa tanto escozor. Esta mueca que —siguiendo un caprichoso linaje reencarnacionista, que quizás el viejo Iorio hubiese aceptado en su momento— lo asemeja más al último Lugones clamando la desdichada “hora de la espada”, que al ácido Discépolo de “Cambalache” o “Tormenta”. Por lo liviano. Por lo frívolo. Por lo banal. Porque representa todo lo que el metal no representa. Porque es incompatible con lo escrito y popularizado (con aristas, con particularidades) durante los últimos 30 años.

 

Un gesto imbécil que corona una serie de desaciertos verbales, y puede corporizarse en una imagen para el resguardo del tiempo, ese al que le adjudicamos tantas propiedades.  Un ademán del que, como dijimos anteriormente, solo sale ganando Biondini, quién de buenas a primeras recibe un espaldarazo, de un ya no desconocido artista local. Y si bien no se va a llenar de votos con esto, repito, me privaría de desestimar.

 

En un mundo como el actual, donde recrudecen posiciones xenófobas, donde reverdecen el nazismo, el Ku Klux Klan y tantas otras sectas bárbaras, donde la intolerancia y la discriminación están a la orden del día. En un país dividido por órdenes de arriba, crispado y sin voluntad de diálogo alguno, donde el gatillo volvió a ser fácil, los defactos a delirar y quienes se pongan en contra pueden desaparecer como el pibe (Santiago) Maldonado; un guiño tan infeliz como la citada foto, no es un hecho menor.

 

Por eso evoco a su propia voz, nacionalista también, que supimos tener. Porque, alejados de la idea idílica y posesiva de que el artista se debe  a su público, y considerando —como ligeramente sostienen algunos— que este puede pensar y hacer de su pensamiento lo que se le cante, es justo también ser justos con la obra. Con esa que el mismo artista supo generar. Esa que cantaba “en repudio al genocidio ejecutado”, esa que rezaba que había que hacerlo “por los más chicos, por los que vienen, por los que hoy mismo engendrados fueren”.

 

(*) Gito Minore es poeta, organizador de la Feria del Libro del Heavy Metal y editor de Clara Beter ediciones. 

 
Nº de Edición: 1780