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la segunda mitad

poetas internados, poesía libre

Fotografía Darío Cavacini, integrante del colectivo fotográfico VeinticuatroTres

Cinco días durmiendo entre agujas y cloacas, alimentándose de las sobras del perro de un mendigo, le bastaron a Javier Pérez Merino para hacer un cambio radical en su vida. Ese quiebre le permitió dejar atrás sus años autodestructivos en los que permaneció alejado de la especie humana, inmerso en los murmullos de su propia sombra, sin compañía ni esperanzas de ningún tipo. Fruto de aquellos días nació el poema “Mi recesión”, que recrea, con cierta atmósfera bukowskiana su realidad más urgente. Escribir le dio la posibilidad de comprender la complejidad de su pensamiento y los atajos por los que solía evadirse de sus decepciones cotidianas: “Fueron sólo unos pocos días los que estuve como indigente en Madrid y la pasé fatal. Tuve mucha hambre y frío, fue lo más bajo que he caído en mi vida pero aprendí mucho sobre mí. Ahí surgió ese poema que es un símbolo de ese momento, era una recesión no sólo laboral sino de mi vida entera”.

 

Durante los últimos 16 años sostuvo la premisa de que el mejor castigo que podía recibir era el que él mismo se infringía. Según su visión, a las personas se las debía sancionar y premiar en vida, mientras la carne todavía esté caliente y el dolor sea palpable: ¨No es que yo sea psicomasoquista, ni que me gustara, me dolía mucho de hecho, pero sentía que tenía que hacerlo, no sabía cuándo ni cómo iba a terminar. Nunca me he metido con nadie y ahí está el problema, me he metido conmigo mismo y en realidad ya no sé si he sido culpable de algo”. Aunque preferiría no recordar aquellos años por las imágenes que se le aparecen asociadas, no puede evitar reflexionar que a través de su quehacer literario pudo empezar a cuestionar sus ideas más arraigadas y nocivas para cambiarlas por unas con matices suavizados.

 

Aquella experiencia de marginalidad enredada en su poesía le hizo ver que finalmente había llegado la hora de matar a su presente y dejar de contemplar la lluvia desde la ventana de su propio encierro. Después de haber estado tanto tiempo ausente, peleando contra los demonios que él mismo se había creado, empezó a sentir que se desintegraba por completo hasta fusionarse con sus noches más oscuras. Esa sensación de vacío existencial, que supera nuestra capacidad de entendimiento y genera estados de abatimiento tan grandes como cercanos a la muerte, lo acorraló hasta los límites de lo impensado e hizo que se sintiera menos que nada. Pero cuando el espíritu se desvanece, comienza a aparecer la forma nueva y con ella nuevos vientos empiezan a soplar respuestas: “Estaba tan concentrado en mí, creyendo que merecía castigarme, que no podía pensar en nada ni en nadie más. Ya he dejado de pensar sólo en mí y me he dado cuenta de que podía ayudar a otros y que otros podían ayudarme. Terminó mi autocastigo y ahora me toca vivir y ser feliz”.

 

Su historia como su obra evidencian la fuerza centrípeta que emana del centro de su personalidad y que lo ha acompañado a lo largo de su existencia. La misma le permitió transformar el tono corrosivo y melancólico de la primera etapa de su poesía en uno más optimista donde existe el concepto de otro y la vida no se reduce a una batalla sinfín contra sí mismo. El símbolo fundamental de este cambio es una conmovedora carta que le escribió a la Asociación de Familiares de Enfermos Mentales (AFEM) de la ciudad de Getafe. En esa institución, a la que concurre hace años, realiza diferentes tratamientos psicoterapéuticos y participa en los talleres de radio, revista y literatura. En ella se pueden leer frases que evidencian su agradecimiento a quien le tendió una mano y lo dejó aferrase a ella: “Yo vivía en un mar de dudas y poco a poco me acercaste a la orilla y me guiaste, como siempre por buen cauce”,  “los recuerdos tan llenos de amor y de cuidados que has prestado” o  “Naciste desnudita y preferiste vestirnos poco a poco antes de hacerlo tú”.

 

Con la certeza de que mientras está en movimiento el mundo puede ser un lugar habitable e interesante, se ha entreverado con la pintura, los cómics, la composición musical y el cine: “Siempre he pensado que si te dedicas a muchas cosas, sea arte o lo que sea, acabas siendo mediocre. Si te dedicas a una sola cosa, puedes o no ser mediocre, pero hay una posibilidad. Yo busco no ser mediocre haciendo muchas cosas”. Cansado de ser la sombra material de su alma, en el último tiempo ha empezado a trabajar en dos nuevos libros en simultáneo, aprovechando el aire que este nuevo paradigma de su pensamiento le ha proporcionado. El primero, del que ya tiene la raíz echando brotes creativos, es un libro de cómics con tono de humor negro, cargado de ironía y cuyo personaje central es un médico de cabecera que va pasando por diferentes situaciones absurdas dentro de su consultorio. El otro es un proyecto colectivo que realiza junto a otros poetas oriundos de San Sebastián (su ciudad natal) y va a tener frases, aforismos y  pensamientos de cada uno entrelazados entre sí.

 

Solía decir Bukowski que para ser escritor, las palabras tenían que arder por dentro, salir espontáneamente del corazón, la mente y las tripas para transformarse en una necesidad vital sin la cual todo se reduciría a la locura, el suicidio o el asesinato. Ese fuego que quema por dentro y paraliza por fuera, le dio a Javier Pérez la posibilidad de hurgar más hondamente en sí mismo hasta encontrar sus propias zonas oscuras e intentar confrontarlas. La premisa de ir hasta el fondo de la cuestión aunque el precio por pagar sea demasiado alto le abrió las puertas de un mayor autoconocimiento, decodificado luego en términos poéticos. Esa capacidad de introspección es lo que le permitió romperse en mil pedazos y rearmarse fortalecido para volver a estar presente y salir a escena sin encandilarse con sus propias luces ni dejarse vencer por los fantasmas que lo acosaron durante la primera mitad de su vida. Para él, la poesía es algo más que una llama desbocada, es lo que quedó en pie entre las cenizas que devastaron lo que había.

 

 

Mi recesión
(por Javier Pérez Merino)

De las sobras del perro

de un mendigo me alimento

de pozos sépticos y cloacas bebo

de lo que me deja el más sediento.

En fosas comunes me restriego

de los picores de agujas que me clavas

y tengo escozores en mi cuerpo

de sal marina que arrojas a mis llagas.

Mi piel la calientas con mechero

que soplando avivas tú las llamas

rociado en gasolina todo entero

de mi carne anteriormente ya quemada.

De cal viva me tapo en un cajero

como si fuera una manta o una sábana

para no pasar el frio cojonero

cada hora, cada día y por semana.

De mascotas tengo algún insecto

abrazados al anochecer

el cariño que me ofrecen lo merezco

cuanto más aprietan, más agradezco.

No queda ni mi sombra en el cemento,

ni persona en el espejo reflejada,

ni siquiera los fantasmas de mi adentro

asustados por las pintas que llevaba.

Y si soy rico en algo es en pobreza

de espíritu, alma y corazón

las únicas monedas que tengo en mi cabeza

son recortes de trozos de cartón.

 

Más artículos del trabajo documental #PoetasInternadosPoesíaLibre, que retrata a 15 poetas españoles y argentinos con paso por hospitales psiquiátricos de ambos países.

 

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Nº de Edición: 1766