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Los hijos de los días

GELMAN_REVINAN
Ilustración: Majox

Por Ricardo Halac *

Un acontecimiento muy cálido ocurría en la redacción del diario La Opinión los sábados por la tarde. Hablo de los primeros años de la década del ‘70, claro. Y me refiero al suplemento cultural que salía los domingos y que dirigía el poeta Juan Gelman.

Ése era un lugar ideal para trabajar porque a la vez nos nutría, nos obligaba a estar al día con las noticias culturales del mundo. Gracias a Gelman, la actividad artística latinoamericana tenía en las páginas del diario un lugar destacado. No sólo lo que llegaba del Viejo Mundo. Que yo recuerde, en este aspecto, La Opinión sólo tuvo un antecesor: el suplemento cultural que dirigía Edgardo Da Mommio en el diario El Mundo, donde trabajé de 1963 a 1966, cuando Onganía lo cerró con una medida arbitraria.

En La Opinión, Gelman tenía su cubículo, donde trabajaba y también escribía poemas que después nos leía; y estábamos los redactores en nuestros escritorios, la mitad a su derecha, la mitad a su izquierda. En un grupo estábamos Carlos Ulanovsky, Paco Urondo, Osvaldo Soriano y yo; del otro lado estaban, entre otros, Horacio Verbitsky y Tomás Eloy Martínez. Trabajábamos de lunes a sábados en un clima jovial, de gran camaradería, conectados con nuestros compañeros del piso de abajo, donde estaba la redacción general.

Como muchos estábamos separados o divorciados, los sábados llegaban nuestros hijos para pasar el fin de semana con nosotros. A los más pequeños los acercaban las madres; por supuesto, los más grandes venían por sus propios medios. Cuando los hijos subían se armaba como una fiesta. Recuerdo al hijo de Gelman, que llegaba con una espléndida novia. Gelman era un hombre taciturno, pero cuando lo visitaban sus hijos, de pronto su mirada se aclaraba, su cara se llenaba de vida. También venía el hijo de Paco Urondo, un adolescente muy hermoso, muy amable y en cierta medida tímido. Venían también los míos, Eva y Martín, los de mi primer matrimonio. Venían a buscarme para quedarse conmigo hasta el lunes a la mañana. Al salir, íbamos a comer, al cine o al teatro, y después adonde yo vivía.

Un sábado, Eva y Martín, que eran chiquitos, hicieron una travesura. A la hora que nos preparábamos para salir, juntaron los cestos de papeles de todo el piso en una gran fila serpenteada. Y yo le dije a Gelman: “¡Mirá el lío que están haciendo mis queridos hijos!”. Él se rió y me respondió: “Al contrario, hicieron un acto estético con estos cestos. Pusieron un poco de poesía en esta oficina gris”.

A la distancia, este recuerdo se agranda en mi imaginación. Nunca podré olvidar a esos periodistas excepcionales, que a la vez eran poetas, novelistas o, como en mi caso, escritores de teatro. Suelo pensar en cómo el tiempo cambió las cosas. Llegó la dictadura militar y el hijo de Gelman desapareció. Paco Urondo también. Y hace menos tiempo recibimos la triste noticia de que Gelman había muerto en el exilio, en la ciudad de México, donde había fijado su residencia. Por eso tengo que señalar que este recuerdo del bullicio que traían esos hijos que llegaban a alegrar a unos padres atribulados por muchas cuestiones es un recuerdo con luces y sombras, muy feliz por un lado y muy triste por el otro.

* Periodista y dramaturgo.

Fuente: NAN #18 (2014). Conseguila en nuestra Tienda Virtual.