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“Es muy complicado hablar de música”

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Cantante, pianista, colaboradora de Como Diamantes Telepáticos, en 2011 publicó el libro “El corazón de la canción”, que indaga en la ontología de esa unidad musical. Este año sacó su primer disco, “Vengo de Marte”, que reúne composiciones de 2008 a esta parte. “Con el libro quería ver qué era lo que hacía especiales a las canciones. Hoy creo que no hay que preguntárselo tanto, no hay definición ni regla posible”, afirma. Fotografía: gentileza de prensa

Por Loreta Neira Ocampo
loretaneiraocampo@gmail.com

El interés por el género canción es mundial. Oímos canciones constantemente, las cantamos en todos lados, se nos repiten en la mente; si nos gustan mucho, provocan una especie de tropiezo en el cielo, nos hacen querer construir una casa de veraneo entre esos compases, y la verdad es que pocas veces nos detenemos a sacar una conclusión acerca de por qué nos generan lo que nos generan. Lola Linares es la autora de El corazón de la canción (2011), libro con el cual se propuso indagar en el porqué se reconoce a una canción como tal, cómo es la química entre la palabra y la música, qué es o cómo se puede definir una canción. ¿Conclusiones? Ninguna, dice Lola, mientras ríe. “No sé, yo estaba haciendo mucha investigación musical y a la par estaba haciendo canciones. En un momento me propusieron escribir algo para la editorial Pánico el Pánico y pensé en conectar las preguntas que yo me hacía a nivel general acerca de la música. Tomé canciones de amigas y la investigación fue por ahí, por las canciones. Fue más que nada plasmar preguntas. Es un libro más existencial que de teoría musical. Básicamente quería ver qué es una canción, qué es lo que hace especiales a las canciones. Hoy creo que no hay que preguntárselo tanto, no hay definición ni regla posible. Es muy complicado hablar de música.”

Es complicado hablar de música, efectivamente. Tratar de poner en palabras las sensaciones que envuelven al cuerpo y lo elevan, trasladándolo hacia otras galaxias, cada vez que escuchamos esa canción resulta un poco difícil. ¿Por qué la dificultad? Por el origen de las canciones, tal vez. Una canción es un mundo con sus propias reglas, un universo surgido de un Big Bang propio, único e inevitable para el creador. La canción, así cuando resuena al exterior por medio de parlantes de gran potencia o cuando vibra en auriculares pequeños y gastados, resuena y estalla dentro de alguien al momento de hacerla, y es posible que en ese momento el creador no sea plenamente consciente de aquéllo que está llevando a cabo, así como puede ser que quien escuche sienta una correspondencia —consciente o inconsciente— tan fuerte con esas vibraciones que termine por fundirse en ellas, con ellas. Nunca es fácil hablar de lo que nos atrapa, menos de lo que nos confunde.

Lola Linares siempre hizo música. Hoy, además de ser autora de un libro, es madre de Vengo de Marte, su disco debut, que engloba canciones de su pasado y su presente. También es autora de la decoración de su nuevo hogar en Palermo. En su departamento hay diversos instrumentos de cuerda colgados en las paredes, para descolgar y ponerse a tocar. Hay una percha metálica pintada de rojo con forma de compás puesta sobre el muro al lado de la puerta de entrada. Hay un estudio con una pequeña pero potente placa que tuvo la misión de grabar los diez temas que incluye el disco de esta chica que también colabora en los teclados con la banda “punk rock en cámara lenta” Como Diamantes Telepáticos. Hay mucha frescura en el aire, mucha musicalidad en el ambiente.

Sentada en el estudio en una calurosa tarde de lunes de noviembre en la Ciudad de Buenos Aires, Lola comienza por el principio: “Empecé a estudiar piano a los 5 años. Mis padres eran aficionados a la música y me la inculcaron desde muy chiquita. Tengo cassettes con cosas que iba haciendo en el piano, porque mi profesora me orientó bastante hacia la composición, así que siempre estuve haciendo melodías, jugando”. El estudio constante del piano duró 15 años, para luego enfocarse en la carrera Composición con Medios Electroacústicos, de la cual está licenciada y que le permitió dar sus primeros pasos en la creación del tipo experimental y para varios instrumentos. Copada con un trabajo práctico que hizo para la facultad, Lola lo trabajó un poco más y lo envió a un concurso de música electroacústica de Roma, el EMU Fest: “Las materias las hacía muy a consciencia, sobre todo las de composición. Entonces, lo que hice no lo vi sólo como un trabajo práctico, pensaba que podía ser algo más. Le di más forma y lo mandé. Resulta que seleccionaron la obra, me las ingenié para viajar y estuve ahí, escuchando mi obra en vivo en el conservatorio de Santa Cecilia. Fue muy emocionante”.

Apartándose un poco del estilo compositivo más intelectual y pensado, Linares decidió enfocarse en sus canciones, las que desde 2008 brotan desde sus adentros para mostrarse sin el miedo y la inseguridad que las acechaban en un principio: “Escribí alguna que otra canción suelta antes de 2008, pero eran algo así como un secreto. No quería que nadie se enterara que había escrito una letra. Grabé como debajo de la sábana, tapándome”, cuenta Lola, entre muchas risas. “De a poco me animé a mostrárselas a uno, mostrárselas a otro, y cuando veía las reacciones me daba cuenta de que todos se quedaban así como sensibles, que algo movían las canciones, y ahí también noté que es algo que tengo adentro y que tiene que salir, que necesito hacer canciones.” La pregunta es ahora si hoy necesita que alguien le de un “sí” para mostrar abiertamente sus canciones, que alguien de alguna manera le afirme sus creaciones: “Ellas me afirman a mí”, dice.

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Fotografía: Antonella Casanova

—¿Y de dónde creés que vienen?
—Es algo muy intuitivo. Mis canciones brotan de un mundo, hablan de uno interior que por momentos puede ser algo surrealista, por momentos más humano, más terrenal. Muchas de las canciones hablan de amor. Todas tocan una cosa sensible, de experiencias que una atraviesa. Muchas canciones vienen a mí desde la resonancia de alguna palabra, no como algo muy concreto sino como algo desde lo que se puede empezar. Se me da una inspiración que no es demasiado buscada. Lo que viene después sí es un trabajo más artesanal: voy viendo cómo puede ser la melodía, cómo la métrica para esa melodía… Siempre depende. Hay algunas canciones que salen así nomás y otras con mucho esfuerzo. La música en general se me da más fácil, es lo que primero hago. Es muy difícil que me ponga a escribir una letra y que después haga la música.

—¿El título del disco tiene que ver con mostrar sin miedos este mundo interior del que hablás?
—El título del disco tiene que ver con un realismo mágico, porque habla de emociones reales pero con la intención de que cualquier imagen sea posible. Vengo de Marte es un mundo sin parámetros ni fronteras definidas. La canción del mismo nombre tiene una mezcla entre una cosa re etérea y re humana, y esa mezcla es muy fuerte e identifica al disco con palabras de otro, porque es el único tema que no tiene letra mía sino de Santiago Pintabona. Es a veces más fácil definirse con palabras de otro que con las propias. Después, hablando con Ariel Lavigna, quien me ayudó en todo el proceso, y pensando cómo podíamos definir el disco, quedamos en que “naturalismo galáctico” era una buena forma de hacerlo. Nos pareció divertido y coherente con lo que se escucha.

—¿Cómo fue la experiencia de composición y grabación de este primer disco?
—Fue largo. Tuvimos un año de preproducción en el que elegimos las canciones que iban a entrar. Las arreglamos y después fue un año de grabación y masterización. Eso estuvo a cargo de Ariel. Finalmente en el disco hay algunas canciones de 2008, un par de 2009 y algunas más recientes. Las canciones fueron seleccionadas porque podían convivir, porque pertenecen a un mundo que es el que engloba Vengo de Marte. Por más que sea sólo piano y voz, nos preocupamos mucho por que cada canción tuviera un matiz distintivo. Hay una búsqueda de color para cada uno de los temas. Fue un trabajo enorme para mí y Ariel me ayudó mucho. Quedé re contenta con el resultado.

—¿Y cómo te relacionas con las canciones de Vengo de Marte considerando que algunas son de hace varios años?
—Re bien. Hay canciones que vengo cantando hace mucho tiempo pero son canciones que pueden ir variando su significado a lo largo de los años. No pasa lo mismo con todas las canciones: hay de las que uno hace en un momento y son de ése; de las que tienen una fuerza como las semillas, que van creciendo y cambiando. Durante la preproducción pensamos mucho qué canciones irían bien en el disco y cuáles no, porque si hubiese puesto todas, algunas hubieran quedado re desubicadas. No me hubiese sentido cómoda con eso. Hoy conecto con la esencia de cada una de las canciones del disco. No siento que esté trayendo algo fuera de lugar o del pasado que no tiene nada que ver con el presente. Las canciones del disco están en mí, las llevo, no importa mucho en qué año las haya hecho.

—¿Cómo surgió la conexión con Como Diamantes Telepáticos?
—Me encanta lo que hacen. Los vi por Internet y fue amor a primera vista. Los escuché y tuve una especie de recuerdo del futuro: vi que íbamos a hacer cosas juntos. En ese momento fue muy fuerte, ellos ni sabían que nos íbamos a conocer (risas). Después de que los conocí, intercambiamos disco por libro, porque en ese momento yo no tenía disco, tenía libro; y luego de un tiempo me invitaron a tocar en un disco de ellos. Conectamos mucho, quedamos re copados y surgió tocar juntos. Seguro ahora se vengan más cosas en conjunto.

—En cuanto al planteo El corazón de la canción, ¿qué es lo que tiene que tener un tema para que te llame la atención?
—A una la atraviesan cosas de una canción en determinados momentos. Lo que creo es que cuando conecto con una canción es porque siento que hay algo ahí que es genuino, que el autor puso algo sincero que se puede dar en la letra, en la forma de cantar, en la combinación de dos acordes, en un instante. Hay algo casi místico, elementos que no sabemos qué son pero que dan eso que es mágico, eso que te estremece.