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“Una historia más piola que cualquiera”

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Fernando Lozano es el autor de “Un día de vida”, novela literaria online que es promocionada en las calles de la Ciudad de Buenos Aires con afiches de autor.    Fotografías: Laura Bernatené

Por Laura Cabrera

Fernando Lozano es escritor, pero como no le gusta usar etiquetas se considera “un tipo que escribe”. O un “creativo”, que quizá sea también un calificativo justo para su primera novela online, Un día de vida. Con relatos de la vida cotidiana y dividido en 23 capítulos (uno por cada hora en la jornada de un joven anónimo), el texto intenta acercarse a lo que el autor llama “universalismo en la literatura”: historias simples de contenidos profundos.

Lozano considera que es parte de “una generación de mierda”, la que se ubica en el hueco entre lo analógico y lo digital. Un día de vida es un proyecto autogestivo que viene a hacerle justicia al hiato, a unir las dos eras: la digital, mediante los capítulos publicados en la página web, y la analógica, a través de la publicidad en las calles con afiches realizados por artistas plásticos (muchos de ellos seleccionados en recitales hardcore o en pleno fulbito con amigos) que entienden la necesidad de dar una batalla publicitaria en los mismos espacios que ahora ocupa la industria cultural.

Inspirado en el documental Oscar, de Sergio Morkin —sobre un tachero que en plena crisis de 2001 cargaba recortes, botellas de engrudo y una escalera que utilizaba para “bastardear” afiches de campañas publicitarias—, Lozano ganó con su novela un concurso de Samsung y actualmente se encuentra presentando el capítulo 14 de esta historia que propone una forma distinta de pensar la literatura.

—¿Por qué eligió combinar soporte analógico y digital para presentar Un día de vida?
—Es analógico porque todavía funciona. En la calle te ponen un cartelito y lo ves. Y es tecnológico porque el que lo ve en la calle también puede entrar a la página y ver de qué se trata. Si hacía una novela en papel, ¿cuántos la iban a comprar? Quizás un montón, pero igual el arte analógico está muy caro y eso hace que el acceso sea cada vez menor. Por otra parte, el arte underground no tiene tanta publicidad. Muy pocos escritores de literatura tienen difusión. La tienen Majul, Pigna, Bucay. Ahí pensé: “Hay algo que está andando mal”.

—Entonces el acceso gratuito a su literatura apunta a romper con la posibilidad de no ser leído…
—No ser leído no es a lo que aspira un tipo que escribe. Todos queremos que nos lean. Nos hacemos los loquitos, los Baudelaire, los Poe, los que estamos tirados debajo de un sótano, pero queremos que nos reconozcan. Hay un poco de narcisismo. Yo escribo para mí, me chupa un huevo si alguien entra al sitio, pero también necesito la opinión de un tercero. Por eso el texto está en Internet, para que los jueces sean más de cuatro o cinco. No podés ser egocéntrico, soberbio, hacerte el superado y pensar que el resto es todo una mierda. No me creo un genio pero creo que escribo una novela súper interesante, rara para lo que hoy escriben los jóvenes.

—El proyecto incluye afiches de cada capítulo. ¿Cuál es el criterio de selección de los artistas plásticos que realizan esas imágenes?
—Es bastante fácil. Todo pasa por jugar los lunes con amigos. A Leonel Escobar lo conocí jugando a la pelota. Es un amigo de un amigo, es muy copado y lo que hace es grosso. Para el capítulo dos, metí a otro pibe que también juega a la pelota con nosotros. El tercero fue un amigo de Leonel. Para el cuarto, elegí al que me hace la página, Roger, que también juega con nosotros. El quinto es un tatuador. Lo conocí en unos recitales hardcore. El sexto, Melón, tocaba en una banda hardcore. Lo iba a ver y nos hicimos conocidos. En fin, vas seleccionando según las recomendaciones de cada uno. El noveno, Diego Martínez, que ahora se tatuó “Un día de vida”, se me presentó solo. Vi un par de laburos en Facebook y le dije “¿che, querés participar?”. Participó y, además, me hizo conocer al décimo, Napoleón Vuelaenpartes. Y así. No soy quién para decir “sos bueno, sos malo”. Esto es como leer un libro: puedo decir “me gustó”. Gladiador te puede gustar y según los críticos de cine es una mierda. ¿Quién carajo dice si soy escritor? Esto va por otro lado, no por donde marcan los cánones. En el underground hay muchos más escritores que arriba. Yo voy con una historia mucho más piola que cualquiera. Nadie escribió como yo, nadie tiene las referencias que yo tengo para escribir.

—¿Cuáles son esas referencias?
—Las de mi generación, que es súper híbrida, entre lo analógico y lo tecnológico. Los de 32 años estamos en el horno porque no entendemos nada. Empezamos con el primer celular pero nos quedamos con la computadora y el CD-ROM. Somos una generación que no está bien representada. Los escritores de mi generación no existen, son truchos, no tienen incentivos. Nacimos en el ‘80, no llegamos a vivir lo que pasó con los primeros desaparecidos pero tampoco vimos la democracia. Somos los hijos del menemismo: mi infancia es la hiperinflación, mi adolescencia fue 2001. Ahora hay otra generación de pibes que escriben y que curten la onda del fasito, que para nosotros todavía es tabú porque la droga más grossa era el pucho. Mi generación es una mierda.

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Los afiches de “Un día de vida” cubren la ciudad para anunciar la publicación online de cada nuevo capítulo.

—Todo eso también influye en la escritura…
—Mi generación no entiende bien cómo encarar la literatura. Tuve la suerte grande de que mis viejos siempre invirtieron en mi educación. En el ‘91, en plena hiperinflación, estaba en Nueva York de vacaciones. Mi viejo había encontrado cinco mil dólares y nos fuimos un mes a Estados Unidos. El país estaba saliendo de la época de Reagan. Había bocha de gente viviendo en la calle, todo salía barato, era un “viva la joda” y mi viejo con cinco mil dólares era Jesús. Desde ese primer viaje al exterior hasta el que hice el año pasado pude entender un montón de cosas. Pero mi generación no pudo viajar y se perdió de ver mucho, porque viajar te abre la mente. Vi la globalización donde nació.

—¿Tiene eso algo que ver con que en esta novela no haya nombres propios para personajes ni para ciudades?
—Tuve la suerte de ir en el ‘91 a Estados Unidos, en el ‘92 a Chile, de más pendejo a Uruguay, en el ‘95 a Estados Unidos, en el ‘99 a Alemania y después a Europa. Vi que en todo el mundo la cosa es igual. Todo es repetición de repeticiones. Siempre hay un guardia de seguridad de mierda, en todas las ciudades está. Son las etiquetas, los tipos. Hace falta en el mundo lo que se llama “universalismo” en la literatura. Falta que las historias sean simples pero a la vez profundas. Estamos grabando con ese grabador y quizá en Japón hay un japonés con otro igual. Las barreras se están quebrando de a poco porque las multinacionales son las que manejan a Estados Unidos, no Estados Unidos a las multinacionales. Hoy Coca-Cola es más fuerte, Chevron lo es. Lo único que te diferencia es que vivís en otro lugar y tenés otros modismos, otra cultura. Después somos todos iguales, estamos invadidos por lo mismo. Entonces tenés que hacer que la historia supere los detalles: ¿qué te importa si pasa en Buenos Aires o Madrid? Y lo que importa es la historia, no el tipo que la hace avanzar, por eso no hay nombres propios. Es un estilo copiado del costumbrismo del siglo XIX.

—¿Vivió lo que cuenta?
—No en pasado. Todo lo que cuento es en presente, todo va para adelante. Son 23 horas en las que no pasa nada, porque en tu vida real sentís que no pasa nada pero pasa todo. Te puedo rescatar una anécdota por hora de hoy. Eso es saber diferenciar, seleccionar bien las cosas. Todo el día te pasan cosas y no te das cuenta.

—La entrega de cada capítulo mantiene al lector a la espera no sólo de lo escrito sino de las fotos de los afiches en la calle.
—Sí, la gente se saca fotos, re loco. Cuando veo eso, lloro. Es muy fuerte. Hasta hace dos años no era nada y ahora me hacen entrevistas. Lloro porque siempre me costó mucho todo. El otro día me dijeron que soy muy creativo y eso fue muy grosso porque es lo que quería demostrar. Otra cosa que me emociona es que soy argentino. Hacer esto acá es un quilombo porque pegás un cartel y te tapan las agrupaciones políticas. Los argentinos somos de tirarnos muy abajo los proyectos. Acá, con todos los impedimentos que tenés, que te tomás el tren y no llegás, que llegás a tu casa y te aumentó la luz, la comida o los afiches, que sos un “negro de mierda”… a pesar de todo eso lo logré. La autogestión es dejar mucho por una sola cosa y es complicado, te tenés que acostumbrar mental y físicamente.