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La bella y la bestia

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Tiene un método de investigación musical inhumano: tocar, tocar, tocar, tocar, tocar. Así es capaz de integrar siete bandas a la vez y darse el lujo de producir discos tan diversos como exitosos. ¿Cómo inició ese camino y hacia dónde se dirige una de las artistas más versátiles del under porteño? Fotografía: Victoria Leihuyk y Matías Altbach

Por Facundo Gari

Cuerpo de mujer, la guitarra de Lucy Patané es la pista de baile de sus dedos. Es un juego erótico que demanda y devuelve lealtad. “No veo notas, veo pasos”, dice. “Por eso es difícil que me equivoque. Si mi mano recuerda el dibujo, sale como una coreo. Y eso, obviamente, se me traslada a todo el cuerpo. Cuando toco es como si estuviera bailando. No quiero que suene a ‘tú sabes, es una cita con mi guitarra’, pero me pasa eso: bailo con las manos.”

Sube la apuesta, o la lleva al colectivo, como al decir “produjimos” en lugar de “produje” aun si los librillos y los Bandcamp ponen su singular: cualquiera que puede bailar puede tocar.

Propone un casamiento, el momento del vals, una ronda de más o menos duchos, de tarjetas de DNI y libretas de enrolamiento, de pies acostumbrados mucho o nada a la presión de los zapatos y los tacos. ¿Quién no puede bailar un vals? Queso hacia a un lado, queso hacia el otro, girando sobre uno mismo y a la vez sobre un resorte invisible.

Tarararará, un-dos-tres, un-dos-tres. Y si te ponés a bailar un vals y te pongo al lado objetos que te golpeen, vas a empezar a generar un ritmo. Si podés bailar, podés tocar.

O cualquiera puede tocar. O, más bien, te invito a tocar.

A Lucy le encanta bailar. A Lucy le encanta tocar.

Lucía Patané nació el 12 de junio de 1985, tres días antes de que Raúl Alfonsín firmara el decreto del Plan Austral. La luz con la que debutaron sus ojos fue la de la Clínica Materno Infantil Quilmes, fundada en 1959 por el doctor Benjamín Redondo, el obstetra más prestigioso del partido y un “difusor de la cultura”, como lo conmemoran.

Segunda hija del matrimonio entre Ricardo Patané y Marcela Espadero, y hermana de Ana, que ya tenía dos años, fue de la clínica al chalet sobre Yapeyú, en Bernal. Barrio de calles angostas, de autos a una fila, y veredas anchas, con cubículos de pasto y canastos de basura; casas bajas, de apenas garajes, de bastante grafiti sobre paredes mustias; ligustros y plátanos que todavía tiran manchas de sombra y esconden la procedencia de los ruidos a la hora de la siesta.

Diez meses después, Lucy daría su primera muestra de determinación, según Marcela. “Estaba preparando la cena y ella apareció en la cocina. Bajó de la cuna y caminó cuando todavía no caminaba. Ya habíamos tenido a Ana y, aún así, no me imaginaba que Lucy pudiera hacerlo.” Pero bajó, caminó y alcanzó a su madre. A Lucy le encanta bailar.

Marcela y Ricardo habían tenido una banda de rock progresivo de nombre Volar, de la que sobreviven fotos y casetes. Cuando la maternidad metió el dedo en la instantánea, Marcela dejó la flauta traversa y Volar se hizo humo. Ricardo siguió con la batería en El Horno, power rock estilo Divididos que ensayaba en casa Patané; equipos, instrumentos y músicos al alcance de las niñas. No obstante, el primer recuerdo melódico de Lucy son sus manitos y las más grandes de su abuelo materno sobre las teclas de su piano vertical, un E. Schwarz berlinés de madera clara, ahora en venta.

Por esa y otras razones, la casa Patané era estimulante. Ricardo trabajaba en la fábrica de aluminio familiar, lo haría en una casa de revelados y, desde 2005, es profesor de bajo y batería en su estudio de grabación, El Limbo. Además de fotógrafo y músico (acaba de editar Música paisajista con el pseudónimo Richard Limbo), es un cinéfilo y un gran lector. Marcela es una “emprendedora”. Puso diversos locales, entre ellos un lavadero y una casa de ropa hindú. Teje a telar y escribe, aunque aún le da pudor decirse escritora cuando acaba de publicar un libro de relatos con ilustraciones de Paula Maffia. Toda clase de música suena en la casa Patané: cuando Lucy gastaba pitucones, mamá ponía a Paquito D’Rivera; papá, a Mahavishnu Orchestra.

La segunda imagen que Lucy evoca de ella como efectora de ritmos es la de Ricardo enseñándole batería. Ella tendría cinco. Se acercó a los tambores y tocó un “ritmo jazzístico”. Si llegaba al bombo, no llegaba al hi-hat.

Tocaba un poco de cada instrumento a mano, de a temporadas, del mismo modo que los niños se encariñan con un juguete de mes en mes. Sobre todo, la bata. A veces, con papá y hermana, trío en el que Lucy daría sus primeros pasos —de baile— con la viola, por lo visto y oído en los ensayos de El Horno, y lo leído en cancioneros de los Guns N’ Roses.

A los once, Ana integró su primer grupo, con compañeritos de la escuela 82 de Bernal, a la que las dos asistían y cuya entrada amarilla está frente a la casa Patané, donde practicaban. La banda se llamaba Sangre Azul y hacía temas propios y versiones de Pink Floyd, Queen y Charly García. Una tarde, Lucy se arrimó al living y oyó una conversación en la que los pequeños músicos lamentaban la ida del bajista: tenían fecha y el insolente se iba de vacaciones con los papis. Corrió donde Marcela y Ricardo. La tele comentaba la reforma de la Constitución.

—Quiero tocar— les dijo. Tenía nueve años.
—No, Lucy, si no tocás el bajo. Las cuerdas son muy gruesas, te vas a lastimar los deditos. Además no sabés los temas.
—Sí, sé tocar el bajo y sé los temas, ¡si los veo siempre cuando ensayan!
Mmm… Bueno, vamos a probar.

A la vista de sus padres, se tanteó en la banda. En efecto, sabía tocar el bajo. En efecto, sabía los temas. “Eso me pasa con ciertos instrumentos, con otros no”, dice ahora. “Sé que nunca voy a tocar los de viento, por ejemplo. No los comprendo, no lo puedo ver. Pero con instrumentos de cuerda o percusión, veo uno y me digo ‘lo puedo tocar’.” A Lucy le encanta tocar.

Y no sólo tocó en la fecha venidera. Durante un par de años, con Ana en voz y Lucy en bajo, Sangre Azul actuó en sitios como el Hard Rock Café de Recoleta y El Samovar de Rasputín, en La Boca, una noche en la que Javier Martínez estaba en el público y, maravillado, se arrimó a felicitar a los purretes. Sangre Azul pasó también por TV, en programas de Juan Alberto Badía y Mario Pergolini, y en Top Kids, el magazine insignia de la juventud de mediados de los noventa.

Lucy vive un momento especial. Una de las razones es que está en plena primera mudanza. De Bernal a Palermo, es posible que viajen los trofeos de su habitación. Trofeos de judo, vóley y handball.

El deporte ocupó un espacio importante hasta que se decidió por la música. Se acercaba a primer grado cuando en la Sociedad de Fomento Bernal Este, a pocas cuadras de casa, se anotó en clases de judo. No fue por insistencia de sus padres ni por copiar a Ana, con todo el poder de mímesis que puede ejercer un hermano mayor sobre la seguidilla. Sólo le gustó. “El judo no es violento, es más de tomas y retenciones. Era muy chiquita, pero me acuerdo que repetíamos oraciones antes de arrancar, onda ‘¡vencer los obstáculos!’. Y eso es lo que me atrajo, la cosa del desafío.”

Los profesores organizaban campamentos en Chascomús. Lucy acudía a todo trapo, con navaja Victorinox y lupa en los bolsillos. Ella dice que eran retiros “para aprender a desenvolverse en la naturaleza”, con ejercicios nocturnos al haz de las linternas que incluían gritos imprevisibles de cuerpo a tierra. Eco del goce de esas aventuras, ahora que no le sobra tiempo, sus ojos claros se detienen en vidrieras de casas de pesca.

Vóley y handball coincidieron con lo que, con pinzas, llamaremos una crisis. Sangre Azul demandaba, y ella, llegando a sus trece, sentía ganas de salir a bailar. Porque a Lucy le encanta bailar, pero tocar… “Tocábamos un montón y era mucha presión”, arranca. “No era presión de alguien en particular: mis viejos no intentaron nunca imponerme un camino. Era presión porque la cosa funcionaba, salían notas y fechas.” Siguió jugando y se federó en el Club Quilmes Oeste. El colegio empezó a aburrirla, a ella que había sido escolta durante la primaria, y se cambió a El Privado de Bernal (notorio armónico) y, más tarde y hasta concluir el Polimodal, al Colegio Nacional de Quilmes, donde logró que en lugar de “Sólo le pido a Dios” sonara Attaque 77 en los actos. Por ahí, dice, se hizo muy fanática de El Otro Yo.

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Fotografía: Ricardo Patané

A las bandas que Marcela y Ricardo hacían sonar, Ana adolescente sumaba a Animal, Sepultura, Hermética, Almafuerte y Megadeth. Lucy absorbía y, en pleno bolicheo, estaba al taco con el boom de las bandas de cumbia: Montana, Chacales, Aluvión y Malacate, con recreos de Spice Girls y Backstreet Boys. “Nunca fui de rechazar lo que me tocaba generacionalmente por tener acceso a la cultura de mis viejos”, aclara. Dice que le gustan Los Beatles, por ejemplo, pero que no tiene el tic esto es re Paul de los fundamentalistas.

Su hermana ya integraba Sugar Tampaxxx, que era parte de Besótico Records, sello de EOY que también refugiaba a Victoria Mil y She Devils (Patricia Pietrafesa es referente de Lucy). Los recitales le permitieron conocer no sólo el vivo de los hermanos Aldana y compañía, sino su trastienda. Fue, remarca, su etapa alterna. Lo atestigua el tatuaje superior de los dos del brazo izquierdo: una galaxia de neón made in Bond Street sobre tríceps lechosos.

Cristian Aldana era muy amigo de Ana y fue clave para que Lucy decidiera retomar la música. En la antesala de una presentación de Abrecaminos, tras narrarle el trajín de Sangre Azul, él le dijo “tenés que seguir tocando” y la puso en contacto con bandas que requerían bajista. No hubo feeling con ninguna; eran de pibes más grandes con expectativas distantes. Pero no fue ése el empujón que le dio el cantante de EOY. Le dio otro, del que quizás él no tenga registro. Porque lo que tocó la fibra de Lucy, de esa Lucy a la vera de los quince, es menos palpable, y lo era menos en ese presente de pizza con champagne. Una filosofía, una política, un paradigma, una visión. Lo que la motivó fue “ver al chabón vender discos de Besótico al terminar un recital; su tenacidad y perseverancia; el claro ejemplo de que con autogestión podés generar un sello, grabar discos y llegar a Obras”. Con el mensaje de la autogestión encararía su porvenir: Panda Tweak, La Cosa Mostra, El Tronador, el dúo con Marina Fages, Las Taradas. “Tuve muchas dudas: cómo iba a vivir o qué estilo haría. Pero sabía que iba a ser autogestivo.”

Cualquiera puede tocar. O, más bien, te invito a tocar.

Tocar, tocar, tocar, tocar, tocar, tocar, tocar. ¿Un modo no muy sutil de publicitar el hipotético nuevo programa público para quienes padecen trastorno obsesivo-compulsivo? No. El eco es de Lucy y lo usa para graficar los casi siete años con Panda Tweak.

Hacía un par que Bersuit Vergarabat anunciaba el estallido cuando Lucy volvió a subirse a un escenario, esta vez para tocar un ska punk que sería, progresivamente, hardcore. En definitiva, espíritu punk: hacelo vos mismo como primera prueba… ¿por elevación? Pos revelación. Y como toda prueba exige sacrificios, Lucy desistió de probarse en Boca, y largó vóley y handball. No daba llegar a los partidos con la resaca y el maquillaje de los conciertos. “Me gustaba el juego en equipo, que es lo que sucede en una banda: cada uno ocupa una posición para que funcione”, remata. Su última bocanada de deporte sería el boxeo. Sólo por el ejercicio. Sólo por el baile.

Distinguir dónde es adelante es siempre arduo, pero se hace más si el suelo tiembla como hacia diciembre de 2001 y pasando 2004. Estaba la enseñanza de EOY, pero Lucy hablaba con amigas que seguirían sociología y comunicación, y las inquietudes universitarias se le hicieron un mosquito de dudas en noche sin Raid. Marcela les puso coto: “Si te vas a dedicar a la música, te lo tenés que tomar como una carrera universitaria”. Tras un breve paso por la EMPA, se inscribió para ingeniera de grabación en Tecson (tuvo como docente a Marcelo Depetro y adeuda un final que no piensa dar). Pero mamá no se refería sólo a su hija sino a ella y Ricardo mismos.

—Ma, me da cosa que me paguen el viaje hasta acá —dijo la hija.
—Tu aula magna es este boliche. Te bancamos estas cosas porque es tu carrera, como te bancaríamos lo planos si hubieras querido ser arquitecta.

“Ahí me lo empecé a tomar en serio”, redondea Lucy. “En este país, con lo difícil que es dedicarse a la música, tenés que tener constancia y hacer todo lo que puedas de la mejor manera posible. No hay otra fórmula.”

Una fuerza más la convenció. Desde Sangre Azul, cada vez que tenía que tocar rogaba que algo pasase para que el show fuese suspendido. Le daba pánico el público. Algo de tomar o fumar, pero aún así. En este punto, usa palabras como tortura. “Pese a eso, no lo dejaba. En el período de Panda Tweak, cuando tomé conciencia de esa obstinación, entendí que tenía que superarlo. Empecé a relajar, a apoderarme de mi imagen.”

—Sí, soy mina. Machaco. Me gusta moverme —decían sus ojos.

“Y surgió una conexión inevitable entre mi cuerpo y el instrumento”, avanza. “Ahora, el momento en el que más segura me siento es sobre el escenario. Llevo la guitarra como a una pieza de baile. Después veo los videos y me digo ‘por qué me dejan hacer eso’. No importa. Vencer esa timidez no fue fácil.”

Lucy es una entrevistada piola. Una voz generosa, siempre que anoticie nobleza en quien pregunta y en cómo ejerce esa pregunta, que entre que se amasa en el aire la hace gesticular, a veces con acento en el seño, otras en el mentón. Hoy está sentada detrás del mostrador de Mercurio, en la porteña Galería Patio del Liceo, y viste una camisa cuadrillé celeste y blanca de mangas cortas y un short por los muslos que apenas le toca el búho del derecho, uno de los dos tatuajes que le diseñó Fages (el otro es un ancla, debajo de la galaxia). Suena Julio & Agosto.

Depende de cuánto se haya visto de Lucy, puede uno llevarse una sorpresa. Están las fotos, los videos y los vivos que la muestran soviética. Están los que la muestran alegre, como alegre se observa cuando tocan Las Taradas. Esas veces, su vestuario es símil al de Angus Young. Ella bailotea con la viola: frunce el pecho sobre agudos, lo expande en los graves, aprieta la boca en arpegios rockeros, da saltitos o menea cuando la melodía la lleva. A Lucy le encanta bailar. De sus bandas, Las Taradas es con la que más sonríe en escena. Mano a mano, rota la telaraña de la distancia, Lucy es ésa: una chica macanuda, con sentido del humor (que disfruta hacer reír) y de la tragedia, como todos los que tienen anécdotas, los que tienen espesor.

Aparece entonces un episodio que le habría ocurrido a George Harrison. Es una de esas historias que se tiran a la vera de los recitales. Concierto benéfico al que acuden estrellas del rock. Suena una canción más, la interpretan a coro. El último en aparecer es Quizás George Harrison, que rasca su Quizás Les Paul (¡Quizás Lucy!). Termina el tema. Ovación. Algún otro grosso, Quizás Bob Dylan o Quizás Jeff Lynne, se acerca a Quizás George Harrison y se da cuenta de que su equipo había estado apagado. Se lo señala, apenado. Quizás George Harrison responde: “No hacía falta que tocara. La banda ya sonaba tremenda”. La historia surge porque el periodista presiente que tiene algo que ver con cierta lateralidad de la entrevistada. “Eso es muy interesante”, secunda Lucy. Bingo. “Siempre estoy cómoda en el lateral. Cuando mi posición se arrima al centro, son lugares todavía nuevos para mí. Raros y difíciles. Ahora estoy en un momento de centro-lateral. Pero me lo planteo: ‘Ya produje ciertos discos y lo seguiré haciendo; ya toqué con tal y tal… ¿qué pasa si hago algo sola?’. En 2015, es la gran pregunta a desarrollar. Quiero interactuar conmigo. Mi problema siempre fue que tengo un abanico de gustos. ¿Qué hago? ¿Un disco rockero, uno acústico, uno de sonidos?”.

Ya se dijo: Lucy vive un momento especial.

La noche del 30 de diciembre de 2004, Panda Tweak grababa lo que sería su primer LP, Aunque nadie nos crea, en el estudio de los dueños del sello de amplificadores Vintage, en Banfield. Lucy nunca había estado en Cromañón (es enoclofóbica) y no recuerda sus impresiones en el momento del incendio, pero sí que después cerraron espacios, por lo que el quinteto quilmeño, como tantos otros colectivos artísticos, se las tuvo que arreglar para rodar su obra. En una de dos ocasiones con una banda amiga, Buzzer, armaron un tour por ciudades lejanas. Lo llamaron —y Lucy se ocupa de zanjar que el nombre nada tuvo que ver con la masacre— La Gira de la Muerte: una pizzería en Glew, un galpón en Maschwitz y un barcito en Claypole, enumera. “Esas dos giras, tocando para tres borrachos, fueron una pérdida de guita. Pero lo que aprendí no lo hubiera aprendido de otro modo: es lo que te enseña tocar en cualquier condición, frente a cualquier auditorio.”

También viajaron a la Costa Atlántica. Las olas y el viento; el mar y Marina Fages, que gestionaba Recis, web de agenda y artículos sobre bandas locales. Se conocieron, pero no se dieron bola. La amistad germinaría en fechas con Demaders —agrupación hardcore en la que Fages cantaba—, charlas esporádicas y comentarios de Fotolog. Era una realidad en 2006, cuando Marina —que había estudiado cine— dirigió el videoclip de “El aeroplano”, de Panda Tweak, filmado en betacam y con escenografía a rayas pintadas.

Mucho después, “tímidamente” Marina le revelaría una canción “muy hermosa” titulada “La montaña” y Lucy la instaría a mostrarla, a mostrar sus composiciones. Así nacería El Tronador, que debutaría en 2008 en un restaurante vegetariano, en formato reducido: ellas y Martín Chac de Lassaletta en contrabajo. Santiago Martínez (sintetizadores) y Mene Savasta Alsina (melódicas) completarían el quinteto. Sumarían fechas, un EP homónimo en 2009 y el LP Viento, fuerza, tronador en 2011, ambos editados bajo el sello Marder, que Fages administra.

Como Chac vive en Mar del Plata, El Tronador truena según sus venidas; espacio para que Marina haya decidido desarrollar su carrera solista. Su ópera prima se llama Madera metal, grabada y mezclada por Lucy, producida por ambas y lanzada en octubre de 2012. “Es uno de los discos que más me gustan conceptualmente, de los que me ponen más orgullosa”, comenta Lucy.

Poco después, Fagés le dijo que quería ir a Europa de gira.
—No me gusta viajar sola. ¿Querés venir conmigo? —le propuso.
—Vamos a Europa.
—Pero es medio choto ir en plan “Marina Fages y su guitarrista”. ¿Hacemos un disco juntas, como excusa?

Les llevó un mes. El poder oculto se lanzó en junio de 2013. Las canciones fueron grabadas en la Mansión Bolívar —casona de Fages en San Telmo— y en uso de su variedad de ambientes. Dice Lucy: “Fueron un instrumento más. En la mezcla no tuve que hacer mucho: queríamos un charango con reverb, lo grabábamos en un hall grande. En un track se escuchan las gatas de Marina e hicimos percusión con cajas de casete.” Dice Fages: “La casa es muy linda, así que fue tomar su energía también”. Asimismo, la Mansión Bolívar sirvió para Las Siestas Botánicas, ciclo de recitales para bancar una edición física.

Al final, hicieron dos giras. Recorrieron España, Francia, Bélgica, Holanda, Alemania, Inglaterra, Noruega y Escocia. Marina rescata un highlight: Voss, un pueblo noruego “bastante rural”; una cabaña sin luz en la cima de una montaña; lagos, árboles y cantar bajo la luna. “Hacemos muchas cosas juntas porque trabajamos muy bien en equipo. Conectamos en pensamientos sin siquiera hablar”, suma. La actualidad las retruca: Lucy es baterista de Chicas de Humo, formación que completa Lu Martínez en bajo, apoyatura de Fages en vivo para su segundo disco, Dibujo de rayo, siete canciones con sendos bateros (Lucy, Sergio Verdinelli, Fernando Samalea, Walter Broide, Doctora Muerte de El Mató, Camilo Carabajal de Tremor y Juan Manuel Ramírez de Guauchos). Un plan sin deadline: reversionar folklore.

Por el tiempo de la gestación de Madera metal, Fages alquilaba en la Galería Patio del Liceo un local en el que daba el taller de pintura “El sendero del espíritu libre”, cuando otro quedó vacío. Pensó en una disquería. ¿Qué mejor que ponerla con amigos? Convocó a Lucy y Villa Diamante, se prenderían Lolo Anzoátegui (del dúo performático Lolo & Lauti) y Lucas Caballero (Guauchos), y nacería Mercurio, con la consigna de darles espacio a discos nacionales e independientes. “Mercurio es un trabajo social porque no sacamos ni un centavo”, explica Lucy. “El laburo es para que este lugar siga existiendo y que los discos se puedan seguir vendiendo.” La disquería pasaría en 2014 a un local más grande; Anzoátegui saldría del equipo y entrarían la fotógrafa Flor Petra y Jirí Alvriv (Rascolnikoff). Se rotan y cubren para atender: Lucy va los miércoles. En el local, un espacio tan acogedor como abarrotado, en ocasiones las bandas ofrecen acústicos y brindis por sus flamantes ediciones. “Destaco esas situaciones en tiempos en que tenés todo a un clic. El clic achancha: a veces no escuchás nada aunque tengas cincuenta descargas en tu PC. Acá entra alguien y dice ‘¿me recomendás algo?’. Y está re bueno porque le mostrás grandes discos que quizás son de tus amigos.”

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Fotografía: Victoria Leihuyk y Matías Altbach

—Ahora vamos a investigar a Ridley Scott, a Truffaut y a Hitchcock —decía Ricardo en casa Patané. Durante la infancia y la adolescencia de las hijas, la familia alquilaba películas con frecuencia. Papá las disponía según épocas, países o directores. Luego se armaban “mini debates”.

Salto a 2011, cuando Lucy hizo por primera vez música para un audiovisual, la cortina de la serie documental Salida de emergencia, de Mathieu Orcel, que rescata historias de gays, lesbianas, travestis y transexuales de la Argentina. “Fue divertido y desafiante”, afirma ella. “Eran capítulos sobre gente que salía del closet en todo el país. Si el capítulo transcurría en Santiago del Estero, tenía que transformar la cortina en chacarera. Es un trabajo que me encanta y que también me lleva a preguntarme si puedo hacer algo sola.” Les pondría acordes a otras incursiones del francés y a unos cortos de Karin Idelson.

Conocer a Paula Maffia fue, para Lucy, clave: dice que la ayudó a hacer florecer su autenticidad. Pasó durante una fecha en Bed Baires, un “antro chiquito” en Microcentro. Paula, que tocaba en Acéfala, había ido a ver a dos grupos amigos: Tender y Demaders, que compartían escenario con Panda Tweak, “una banda horrible, pero muy a tono con la época”, ríe Maffia. “Salvo por Lucy, una bombona total que tocaba con las gambitas abiertas. Pensé: ‘Esta piba encarnó a Joan Jett’. La busqué, me acerqué y le dije ‘¿escuchás Runaways?’. A ella se le iluminaron un poquito los ojos.” Se siguieron por Fotolog.

Lucy y Maffia acuerdan en que la charla giró en torno de que Acéfala se había quedado ídem. Pero una dice que fue invitada a tocar y la otra que aceptó un ofrecimiento. Pasaron zapadas y Paula, que vivía con su chica en un departamento en Cabildo y Juramento, invitó a Lucy a probar unos temas con la mira en su carrera solista. Le mostró “Por qué”, un “tema re popero” que sería incluido en el debut discográfico de La Cosa Mostra, Grandes éxitos. Para que le pusiera lo suyo a la canción, Paula le dio a Lucy una Telecaster, y le abrió una ventana. “Descubrí un sonido”, reafirma Lucy. “Yo tocaba con Les Paul y distorsión. Ahí empecé a construir mi forma.” Maffia pensó que “nunca había escuchado que alguien interpretara tan bien sus canciones en la guitarra”. Un ensayo, dos. Pedro Bulgakov en bata, Santiago Mazzanti en bajo. De Paula Maffia Power Quartet a Paula Maffia & La Cosa Mostra a La Cosa Mostra. Un show, diez, cien. Y, en 2012, el álbum La Cosa Mostra interpreta y reversiona a La Cosa Mostra. Ahora la banda está en pausa.

Otro día estaban Lucy y Paula mirando un video de las Gospel Sisters. A la primera le evocó el film Las trillizas de Bellville. La segunda exclamó “cómo me gustaría una banda así”. Y Lucy dijo: “Si la hacés, ponele Las Taradas”. Cuando el teléfono sonó con una oferta para La Cosa Mostra el 14 de febrero de 2010 en el viejo Club Cultural Matienzo, como sabía que el cuarteto no podría, propuso a Las Taradas, antes de que existiesen. Colgó. “Tenemos una fecha, hay que armar el grupo”, le tiró a Maffia. La primera formación incluyó a Carla Branchini (fallecida en 2014) en clarinete y Lu Martínez en contrabajo. “Y fue ‘investiguemos qué pasa si tocamos swing, boleros y rancheras’”, narra Lucy. “Me puse a escuchar Los Panchos. Igual no soy muy de investigar, me gusta cazar algo y apropiármelo. Eso es Las Taradas: estilos definidos pasados por nosotras, que venimos del rock.”

Acaba de soltar que no es muy de investigar, pero hubiese sido más justo decir que su método de investigación es inhumano: la multiplicación. Tocar, tocar, tocar, tocar, tocar, tocar, tocar. Aparte de las clases que toma cuando algún instrumento la desvela (como las de banjo con Fernando Goin), llegó a formar parte de siete grupos a la vez. Maffia lo nota: “Toca con muchos porque no quiere dejar de formarse”. Dos ejemplos más de los últimos años: fue una de Las Ruedas del Sur, banda de Yulie Ruth, ex bajista de Pappo, dedicada a la música country; y anduvo por el neo swing hawaiano de Lapsus (Pablo Hadida le “sacó brillo”). Consideremos que produjo discos de propuestas tan dispares como Lu Martínez, Los Rusos Hijos de Puta y Gastón Massenzio, y empecemos a preguntarnos si tendrá una gemela que le haga la segunda. ¿Quedan dudas de que a Lucy le encanta tocar?

En cinco años (en menos de tres, desde Son y se hacen), Las Taradas se instalaron en la escena under y la excedieron. El pasado Día de la Mujer, el septeto junto a Miss Bolivia fue parte de un especial para la TV Pública, a poco de haber vuelto de su tercera gira por Brasil y con el horizonte en un Teatro Vorterix, en mayo. Un mes después, grabará su segundo opus, que tendrá, además de versiones, temas propios. “Es una propuesta mega popular, amplia y diversa”, observa Lucy. “Podemos caer en cualquier lugar y a la mayoría le vamos a caer bien.”

En el interín, La Cosa Mostra tocó en Ciudad Abierta y un espectador los contactó por mail. Quería conocer al grupo y quizás producirlo. Era Diego Frenkel, frontman de La Portuaria, que los invitaría a un festival en Costanera Sur sobre el pucho de su separación. Luego, produjo “El milagro ruso”, canción del cuarteto para Grandes amigos, obra teatral de Mayra Bonard, su esposa. Y, con La Portuaria ya sólo en los anales del rock y El día después bajo el brazo, convocó a Lucy como violera.

El primer show fue en Café Vinilo. Nerviosa, ella se puso “en el lateral muy en serio”. Frenkel se lo reprochó en camarines: “Quiero a Lucy Patané, no a una guitarrista cualquiera”. Y Lucy empezó a descubrir su espacio, a habitarlo. Y empezó a hacer coros con propiedad, coros que estarán en el sucesor de Célula. “Hablamos el mismo lenguaje con la guitarra”, afirma ella. “Somos más de la mano derecha que de la izquierda, así que las indicaciones que me da son muy acordes. Él supo pulir mi forma de tocar y di un paso más en hacerlo con stage. Antes era ‘toco y no me escucho’. Y con Frenkel fue ‘te tenés que escuchar’.” Además eleva la “visión artística” del músico, y al definirla se define: “Siempre va a lo menos convencional, siempre va a elegir el otro camino”.

Sobre caminos, ¿qué le depara a Lucy el cielo? ¿Diamantes? Sueña con escribir Aprenda a tocar bailando, acompañado de dibujos. “No veo notas, veo pasos, como un vals”, repite. Y es que a Lucy le encanta bailar, a Lucy le encanta tocar. Y cualquiera puede tocar. O te invito a tocar.

Acaso la próxima digamos que vos podés tocar, que vos podés bailar. Y que a Lucy le encanta escribir, y que vos también podés hacerlo. Y que a Lucy le encanta cantar. En vivo, porque sabemos que lo hace en la ducha.

Fuente: NAN #19 (2015). Conseguila en nuestra Tienda Virtual.

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