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“Marañas”, de Santiago Mazzuchini

MARAÑAS_ENTRADAS
Entre el relato testimonial y el fantástico de tono borgeano, los cuentos agrupados en este volumen son un conjunto desparejo que aún sirve de muestra del aquí y ahora. Imagen: gentileza de La Parte Maldita

Por Nicolás Alonso

Realizar una compilación sólida y homogénea siempre representa una tarea ardua. Más aún cuando de lo que se trata es de literatura. Este es un problema incluso para quien pretende realizar antologías de un mismo autor. El riesgo de presentar una mera suma de partes y no un todo coherente suele estar al asecho. Marañas (Ediciones La Parte Maldita), “antología narrativa contemporánea”, como se autodefine en el lomo del libro, no escapa a esa condición de abigarramiento y yuxtaposición que sobrevuela todas las compilaciones.

El título es, entonces, una forma de reconocer esa complejidad, pero no necesariamente de asumirla. Santiago Mazzuchini, compilador de la antología, lo expresa de esta forma en el prólogo “Tramar la experiencia”: “Ficcionar es hacer presente lo que no está ahí, es crear un mundo. Un mundo que no deja de tener como fondo el caos, lo confuso, porque sobre ese abismo se funda”. Lo que no queda claro, entonces, es el rol de la ficción. O es una parte constitutiva de la realidad caótica o bien “un texto no hace otra cosa que darle forma a la maraña de sonidos, silencios, imágenes que andan dando vueltas”.

En cuanto a su contenido, el lector podrá encontrar una serie de catorce relatos cortos de escritores de la narrativa contemporánea. Desde el inaugural, se abre una serie de textos en los que las reminiscencias y las historias narradas por sus protagonistas, y en primera persona, se llevan gran parte de la atención. En esta línea encontramos la carta de quien ahora es un hombre a su testarudo vecino de la infancia (“Fortaleza alemana”), la historia de una viuda y la extraña resolución que le da a su herencia (“No es católico de mi parte”) y la historia de un hombre de barrio (“El polaco”) en la que se pone de relieve ese aire cotidiano que tiñe los primeros relatos. Pero más allá de cierta similitud estética, también se ven emparentados por sus secos finales.

En cuanto a la literatura más bien fantástica, encontraremos en Marañas un relato de pronunciado tono borgeano, “Vida y Obra del Poeta Griego Aquileas Elodis (1916-1976)”, en el que su autor, Hernán Martignone, pareciera recrear las estrategias tan magistralmente utilizadas por el autor de El aleph en sus ficciones. Notas de fechas, citas de fuentes, escrituras en griego y la abrumadora enumeración de obras literarias del protagonista. En un ángulo diametralmente opuesto, Bárbara Duhau encara un relato de situación. Un hombre y una mujer en un auto. Cada oración es una flecha. Cortas y punzantes. Espasmódicas, pero no por ello bruscas. El tempo y la cadencia del relato devienen protagonistas absolutos (“Ella llora. Las manos sobre la caras. Él sigue mirando aquel hombre, que ahora mira para todos lados. Sigue con eso entre las manos. Eso que sostiene en el aire”).

A partir de allí el libro comienza a ganar en solidez, relato tras relato. Es como si de apoco los textos comenzaran a entablar un mínimo diálogo, como si los significantes que cada cuento va dejando se acumularan en el lector solapándose al relato siguiente. Así aparece “E.P.M”, de Emanuel Alegre, para irrumpir la cadencia de los cuentos previos con una narración plagada de texturas.

“Sólo los paranoicos sobreviven” y “La ofrenda” parecieran conformar un par casi coordinado. Finalmente, “El esqueleto” y “18’30’” cierran la serie con un aire fantástico.

En definitiva, Marañas es un libro que va de menor a mayor, en el que conviven relatos que remiten a una atmósfera familiar con otros en los que el género fantástico pareciera colarse por entre las líneas. Por momentos desparejo, probablemente por ser un libro de ensamble, Marañas ilumina algo de lo que la narrativa tiene para mostrar hoy, aquí y ahora.