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“la ciencia ficción se ocupa del presente”

pablo capanna

Conversaciones con Pablo Capanna es el primer libro de Marcelo Acevedo, periodista de NAN. El libro, editado por Ediciones Ayarmanot, condensa una serie de entrevistas realizadas a lo largo de un año con el gran teórico argentino de la ciencia ficción. Recorre su extensa labor y recoge su pensamiento sobre los temas que lo obsesionan: la ciencia ficción, la filosofía, la literatura, la noción de futuro y de progreso, y su incidencia en la construcción de la actualidad. A modo de anticipo, reproducimos a continuación algunos fragmentos de esas conversaciones.

 

—¿Cómo fue el proceso de armado y escritura de El sentido de la ciencia ficción, teniendo en cuenta que era tu primer libro?
—Todo el libro fue armado en base a mis propias lecturas, a las conclusiones que sacaba yo mismo. Como era un tema nuevo uno no tenía más remedio que ponerse a pensar y a escribir; te da mucha libertad eso. Cuando trabajé sobre Dick, me di cuenta de que había bibliotecas enteras ¿Qué iba a decir de nuevo? Cuando hay tanto escrito, antes de empezar hay que leerlo todo o casi. El mundo académico funciona así. Uno sigue siendo un alumno toda la vida, pero cuando acabó de citar toda la bibliografía no le queda mucho que decir. Para esa época yo ya estaba casado y había nacido mi primer hijo. Estaba trabajando en la escuela técnica de Ford y viviendo en José C. Paz. Andábamos muy mal de plata. Mis padres se habían quedado sin trabajo y tenía que hacerme cargo también de ellos. Fue entonces que se me dio la oportunidad, y me puse escribir el libro. Tenía un horario terrible, estaba todo el día metido en el aula dando ocho materias distintas, desde biología hasta instrucción cívica. Tiempo para escribir, no tenía; sólo de noche. Me quedaba dormido encima de la máquina de escribir, que encima era prestada. Cuando se la llevaron, un vecino me prestó otra, y recién para el segundo libro pude comprarme una. Escribir ese libro me costó horrores, pero valió la pena. Inesperadamente, un día la CGT, que estaba en pleno Plan de Lucha, dispuso tomar la fábrica de Pacheco. Pasamos una noche en la escuela, y luego cerraron la planta por quince días. No sabíamos qué pasaría con nosotros, pero había que aprovechar la ocasión, y con eso le di un envión decisivo al libro. El sentido de la ciencia ficción se reeditó muchos años después como El mundo de la ciencia ficción, y más tarde como Ciencia ficción. Utopía y mercado. Es básicamente el mismo libro ampliado y actualizado, porque entre una versión y otra pasaron treinta años y hubo que volver a enfocar muchas cosas.

 

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—Una frase de tu primer libro dice: “La ciencia ficción configuró el imaginario del siglo XX. La ciencia ficción ha acabado por conformar nuestra vida”. Es posible hacer una analogía con otra que le pertenece a J.G. Ballard: “El mundo se está convirtiendo en ciencia ficción. La realidad del siglo XX ha brotado en los márgenes de una literatura que es casi invisible”. ¿Te parece que estamos en los bordes de ese mundo de ciencia ficción que imaginaban los escritores del género?
—Para mí la idea no es que la ciencia ficción haya anticipado las cosas; más bien diría que propuso cosas que después otros se pusieron a hacer. Es como una profecía autocumplida. Escuché a William Gibson decir que su generación se había formado en un ambiente dominado por una estética de ciencia ficción. Los autos de la época en que él era joven tenían unos alerones que los asemejaban a cohetes de Flash Gordon. Pero, ¿para qué sirven los alerones en un auto, a menos que sea de carrera? Eran simplemente un homenaje a la ciencia ficción. Eso configuró una cultura, una estética. Hay ideas que se realizaron porque antes las había sembrado la ciencia ficción. Sobre todo la conquista del espacio, que según Ballard fue el gran sueño de la ciencia ficción. En realidad, pareciera haber quedado a mitad de camino, porque ya no hay urgencia para ir a Marte. Es más una cuestión de prestigio nacional, de saber qué país será el primero en poner una base allá. ¿Por qué se siguen mandando expediciones? Bueno, para decir “somos líderes en la exploración de Marte”. Pero es una cosa que está más cerca de lo deportivo o de las relaciones públicas. Por eso es que a veces uno tiene la sensación de estar viviendo lo que en aquella época se imaginaba, porque se estimuló más la fantasía que la solución de los problemas.

 

¿Podrías exponer algún ejemplo de esa estimulación fantástica antes que pragmática?
—Bueno, todas las tecnologías que se están desarrollando eventualmente para la clonación, para la reproducción in vitro o para que todo el mundo pueda tener hijos. Pero si el planeta está superpoblado esto va contra las necesidades reales, que sería la de darles de comer a todos y garantizarles la salud. Pero estamos pensando que el que no puede también tenga hijos, lo cual es un derecho, pero a nivel colectivo no es una necesidad. Cada vez damos más facilidades para ciertas cosas y después no resolvemos los problemas que creamos. Estuve en una reunión donde se discutía sobre la minería a cielo abierto, que es muy contaminante. Había opiniones a favor, pero la mayoría estaba en contra. Claro, la mayoría está en contra pero a todo el mundo le gusta andar en auto. Todos los presentes tenían auto, pero ¿estaban dispuestos a usar menos el auto para evitar la contaminación? Y ahí empezaron las excusas “y bueno, no sé, habría que buscar otra manera”… Sí, pero lamentablemente no la hay, hay que decidir. La tecnología te da los medios, los fines los tenemos que poner nosotros. Y a veces hay pequeñas soluciones que pueden lograrse con decisión política y consenso. No es que la tecnología nos pase por encima, lo que ocurre es que la velocidad que tiene el desarrollo tecnológico es mucho mayor que la de nuestra capacidad para decidir. Cuando nos ponemos a resolver problemas ya estamos metidos en ellos. Cuando llegás a entender algo y ya es obsoleto.

 

(…)

 

—Hubo una etapa en que los escritores de ciencia ficción de corte más humanista se arriesgaban a escribir historias con un contenido político y social fuerte.
—Sí, más que nada en los años ‘50 y ‘60. Después las cosas se pusieron más duras, pero aquella fue una etapa en la que los escritores se jugaban más. Había quien escribía contra la guerra de Vietnam, por ejemplo. Releyendo unos cuentos juveniles de Dick me encuentro con que se juega contra el racismo y el macartismo: realmente, no sé cómo le publicaban eso. Había una posición más comprometida que después se fue perdiendo.

 

—Sin embargo, yo creo que es un género literario en el cual siempre de alguna manera se está hablando de la sociedad y para hablar de la sociedad, se quiera o no, hay que tomar una postura política.
—Mirá, yo escuché en conferencia a Bradbury, a Gibson, a Brian Aldiss en distintos lugares y todos coincidían en lo mismo: la ciencia ficción no se ocupa del futuro, se ocupa del presente. Cuando los escritores hablan del futuro, en realidad están hablando del presente. Es una especie de mensaje a la humanidad que dice “miren a donde van a llegar si siguen por ese camino”. Es lo que los hermanos Strugatsky llamaron “la novela de advertencia”. No es anticipar el futuro, es advertir. O es anticipar un futuro que no querés que llegue a realizarse.

 

pulpa@lanan.com
 

Nº de Edición: 1678