/Rastros

ser dos y uno al mismo tiempo

poetas internados poesía libre

Fotografía Darío Cavacini, integrante del colectivo fotográfico VeinticuatroTres

Crítico literario del diario El Mundo, afamado bloguero creador de Viaje a Siracusa y Entreclásicos, autor de dos novelas, poeta inmerso en su propia dualidad y hasta 2012 profesor de filosofía en la comunidad de Madrid, Rafael Narbona es el hombre de los mil rostros y los finales siempre imprevisibles. Cada uno de sus relatos ucrónicos, en los que se entremezclan ficción con realidad, sueño y materia, nos introducen en temáticas tan disímiles como necesarias para el ejercicio del librepensamiento. Sus escritos abarcan desde las vicisitudes que sufrió la Europa contemporánea y sus conflictos bélicos, hasta los secretos más enigmáticos del malditismo, pasando por los matices de su historia familiar y sus coqueteos con la muerte. Dueño de una versatilidad intelectual propia de los escritores españoles más lúcidos del siglo XXI, además ha logrado retratar al desnudo su desigual convivencia con el trastorno bipolar que lo aqueja hace más de veinte años.

 

“La bipolaridad es un pasillo con dos puertas. Si abres una, te encontrarás a los hermanos Marx, encabalgando disparates o jugando con un trombón. Si abres la otra, te toparás con Christopher Walken apuntando a su cabeza con un revólver.” La renombrada enfermedad de los artistas le ha generado estados de alegría que como un espiral fueron creciendo hasta convertirse en una euforia incontenible, que terminó deformando su propia concepción de la realidad hasta extremos inimaginables. También se ha visto inmiscuido en estados de tristeza y abatimiento tan devastadores que lo llevaron a percibir la muerte como la única liberación posible. Intentó suicidarse en varias ocasiones. Esa dificultad para manejar sus emociones y medir los riesgos, lo hizo renunciar a varios trabajos, romper con su pareja, realizar inversiones disparatadas, adquirir grandes deudas y quedar preso del insomnio por varias semanas.

 

Sin embargo ha encontrado en su quehacer literario la manera de reflejar y entender esas convulsiones que transformaron su vida en un ejercicio de funambulismo en el que cada paso conlleva el peligro de caer en un abismo cada vez más profundo e indescifrable: “Escribir es una extraña forma de vivir, pero es la única vida a la que puedo aspirar, más allá sólo hay oscuridad. Hay un porcentaje muy alto de escritores bipolares que se han suicidado, a ellos la literatura no les salvó. En mi caso, ha sido un ancla con la vida que me ha ayudado a superar el suicidio de mi hermano y el repentino fallecimiento de mi padre”. Relatar en términos poéticos los vaivenes emocionales que ha tenido que soportar, intentado mostrar que a veces la belleza se inmiscuye en el dolor, es la tarea que ocupa gran parte de sus días y todas sus noches. A través de la insistente búsqueda de sus deseos más genuinos pudo trascender los límites de la razón y el lenguaje para sortear los avatares de la muerte y dejar atrás los altibajos que durante años lo arrinconaron en los confines de sí mismo.

 

En 2013 publicó su primer libro, Miedo de ser dos, en el que relata su marcada tendencia a habitar los extremos de su ánimo. Su debut literario desnuda una sinceridad que conmociona y atrapa porque hurga profundamente en sus propias miserias y abre heridas que se obstinan en gritar sus verdades más dolorosas. Escrito en clave de crónicas, que superan lo autobiográfico para abordar temáticas como la terapia, el suicidio, la identidad y la locura, sus palabras sirven como guía tranquilizadora para quienes están atrapados en las penumbras del sinsentido y no encuentran un espejo donde reflejarse sin distorsiones. “Mi propósito esencial era hacer visible la enfermedad, pero no como un manual de autoayuda sino como un experimento que incluía experiencias personales y acontecimientos ficticios, como una supuesta carta de Marilyn Monroe y mi paseo por Madrid con Audrey Hepburn”, asegura.

 

Dos años después, nacería su segundo libro, El sueño de Ares, compuesto por quince historias en primera persona, cargadas de una violencia desoladamente real, en las cuales tanto víctimas como victimarios muestran que el odio es más fuerte que la fraternidad y que ésta es tan frágil como el cristal. Situados en escenarios bélicos como la Defensa de Stalingrado, la Guerra Civil española o la caída del muro de Berlín, cada uno de estos relatos muestra toda la destrucción con la que el Dios de la guerra sueña y de la que los hombres aún no hemos conseguido despertar ni escapar. En ellos, Alan Poe, Jack el destripador o García Lorca entran en diálogo con hooligans, mafiosos y pistoleros para cuestionar los límites de la razón psiquiátrica, el sentimiento de pertenencia con el mundo capitalista y la doble moral católica.

 

Su trabajo como crítico literario le permite analizar las obras que marcaron la educación intelectual y sentimental de varias generaciones de españoles, al mismo tiempo que lo obliga a reflexionar sobre la dualidad emocional de su propia vida. Tal como reclamaba Antonín Artaud en sus Cartas a los poderes, el deber del escritor no es encerrarse cobardemente en un texto, un libro o una revista sino al contrario, salir fuera de ellos para sacudir al espíritu público y modificar lo instituido de cada sociedad, multiplicando los horizontes posibles. “No leo siguiendo un método, no estoy adscrito a ninguna escuela. Necesito que el texto refleje el mérito, una prosa con vocación artística y que la historia sea creíble. Si el libro te produce indiferencia o distanciamiento y no te cuestiona lo que es dado como natural, es evidente que ha fracasado en su propósito”, pondera.

 

Agrega que los escritores son exhibicionistas por naturaleza que alumbran sus bellos y tormentosos desórdenes interiores para convertirlos en espejos de sus obras. Alejandra Pizarnik, Anne Sexton, Michel de Montaigne y Leopoldo Panero son algunos de los poetas con los que siente gran cercanía por la descripción sincera de los infiernos que han atravesado y que él también atraviesa a diario. Al igual que ellos, cree que el precio que deben pagar por creer en las palabras propias es una existencia fantasmagórica, atrapada en la sombra de una sombra, que le posibilita cierto equilibrio interno necesario para realizar su obra. “Evito las relaciones personales, pues el contacto con los otros me produce mucha angustia. Nunca descuelgo el teléfono y salir de mi entorno me causa una terrible ansiedad. A veces parezco huraño, incluso con mis amigos más cercanos, pues casi siempre busco la soledad. Eso me ha permitido dedicarme solo a escribir”.

 

Ese universo literario lo ayudó a afirmarse como un pensador crítico de las sociedades contemporáneas y a buscar soluciones pacifistas a conflictos que encienden una violencia desmedida, perjudicando siempre a los más desprotegidos. Este humanista de izquierdas, radicalizado en el último tiempo ante el espectáculo de la creciente pobreza infantil, el desempleo masivo y los desahucios que azotan a España, considera que ser rebelde significa ser honesto, valiente y consecuente, lo que implica velar por los valores humanos a través de la desobediencia, el activismo de calle y la solidaridad cotidiana. Con la certeza de que sin metas utópicas el hombre se convierte en una boya a la deriva, ha puesto a disposición la vasta cantidad de recursos intelectuales que tiene para intentar modificar una realidad social cada vez más agobiante y desoladora; buscando de paso revertir el curso de su propia historia de vida. Una historia que escribe envuelto en una extraña penumbra sacudida por tempestades de claridad.

 

 

La última carta de Marilyn Monroe
(por Rafael Narbona)

 

Las buenas historias empiezan por el final. Yo quiero que en mi epitafio escriban: Marilyn Monroe, rubia. Creo que nací deseando fracasar, pero no lo descubrí hasta que leí a Freud. No llego tarde a mis citas por vanidad o para fastidiar, sino para hacer esperar a la muerte un poco más. Juego al escondite con ella, pero sé que al final me cogerá por la cintura y me levantará como un trofeo. Dicen que salgo bien en las fotos, pero yo me veo como un animal herido o enfermoEs extraño. Tal vez será porque mis ojos sólo ven en blanco y negro. Se acostumbraron a mirar a Jean Harlow desde la primera fila de un cine de barrio y ya no son capaces de apreciar los colores. Algunos dicen que parezco una sonámbula, pero yo más bien creo que hago funambulismo. Dicen que mi carne quema la pantalla, pero yo me observo y tengo la sensación de tener una piel por la que sólo resbalan escalofríos. Al menos, eso es lo que siento cuando me acarician. Nunca he vivido mucho tiempo en la misma casa. Me gusta cambiar de domicilio. Creo que tengo mucho estilo cuando me despido. Es lo que mejor se me da. Decir adiós. A los otros y a mí misma. Desaparecer por una esquina. A veces miento y digo que odio decir adiós, pero no es cierto porque sé que todos se apenan cuando me marcho y eso me gusta. o es muy original decir que nunca he sido feliz, pero eso no impide que algunos días esté contenta. En eso me parezco a Sylvia Plath, claro que las dos somos un poco inestables y neuróticas. Ahora estamos muertas y dicen que éramos bipolares. No me desagrada la palabra. Bipolar. Suena a bañista luchando contra la corriente. Sé que es una asociación extraña, pero mi mente es distinta. Funciona de otra manera. De hecho, cuando pienso en mí, surge una combinación numérica: 94-53-89. Ese número es todo lo que soy. Bueno, sin tacones, mido 1’68. También soy eso: 1’68, pero al lado de mi amigo Truman Capote parezco mucho más alta. Claro que él mide 1’60. Si fuera buena con las matemáticas, podría hacer malabarismos y obtener algo revelador con esos números, pero sólo sé lo elemental y no logro descifrar el acertijo. Sé que detrás de esos números, está mi alma, esperando que alguien la rescate, pero hasta ahora nadie lo ha intentado con todo su corazón. Siempre tuve la sensación de ser algo frágil, a punto de romperse. Me gustan los perros y los caballos. Odio a los que los maltratan. Me gusta leer, pero nunca termino los libros. Si llego al final, tendré que decir adiós, pero no se tratará de un adiós cualquiera. Ya he dicho que soy capaz de decir adiós con mucho estilo, pero en las últimas páginas de un libro se agazapa la muerte. Si me acerco hasta allí, será mi perdición. No quedará nada. Será la toma definitiva, la que me hará desaparecer para siempre. Ni siquiera seré una niña muerta. Perderé mi tumba fría desde la que observo el cielo. Será como enfrentarse a la cámara después de un prolongado insomnio. El objetivo me quemará, mi carne arderá como papel de seda. Por eso, nunca leeré la palabra fin. Creo que sólo me quisieron los desconocidos. A los que amé, les concedí el extraño privilegio de matarme y casi lo consiguen. Es como si les hubiera consentido que se apoderaran del barómetro que todos llevamos dentro. Ya no puedo anticipar los cambios. Se acercan las tempestades y no puedo adivinar lo que se avecina. Es lo que me pasó la noche del 4 al 5 de agosto en Fifth Helena Drive. No recuerdo si descolgué el teléfono, pero me parece que una vez más dije adiós con estilo. Morir desnuda con el teléfono descolgado es muy inquietante. Me hicieron unas cuantas fotografías. En una aparezco de espaldas. No me desagrada. Las de la morgue no me gustan demasiado. La del pie y la que muestra mi rostro ladeado no están mal, pero la más conocida, donde aparezco de perfil, es horrible. Si hubiera tenido un rotulador rojo, la hubiera tachado dos veces. Dos aspas en vez de una. No hay nada más. Eso es todo. Aunque imagino que otros seguirán escribiendo sobre mí y eso me ayudará a sentirme menos sola. Estar muerta no es tan malo. A los doce años, me acerqué a un cementerio. Unos sepultureros cavaban una fosa. Esperé a que terminaran y les pregunté si podía bajar. Se rieron y me ayudaron a descender por una escalera. Me tumbé y observé el cielo. Sentí el frío de la tierra en mi espalda, pero el cielo me pareció más hermoso que nunca. No os entristezcáis al pensar en mí. El cielo nunca ha dejado de acompañarme y el sol me reconforta a veces, bañando mi frente, mis párpados, mis mejillas. La muerte no es un lugar oscuro, sino una tibia penumbra en la que te adormeces y experimentas el placer de deslizarte por un cauce de aguas tranquilas. Algún día todos navegaremos por ese río y descubriremos que el paraíso a veces se escapa de nuestras manos, pero casi siempre regresa para acunarnos y musitar unas palabras de ternura.

 

Más artículos del trabajo documental #PoetasInternadosPoesíaLibre, que retrata a 15 poetas españoles y argentinos con paso por hospitales psiquiátricos de ambos países.

 

rastros@lanan.com.ar
 
Nº de Edición: 1746

/A-
GEN
-DA