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algo que nos estimula a creer

30 años de sportivo teatral

Tuvo que rearmar. Destruir y construir. Eran mediados de los años ‘90, quizás 1996, cuando el estudio Sportivo Teatral decidió mudar su lugar de acción. Pasaron de Almagro a Palermo Soho cuando era simplemente Palermo, un barrio tranquilo de Buenos Aires. En Thames al 1426 había un portón que del otro lado tenía una pequeña construcción de techos bajos que albergaba un par de oficinas. Atrás, un patio en desuso. Un pedazo de tierra seca con mugre acumulada que conducía a un galpón —también con piso de tierra— donde se guardaban ambulancias. “Tuvimos que modificar todo”, dice Ricardo Bartís, director del Sportivo desde hace 30 años, lo que es lo mismo que decir desde siempre.

 

El Sportivo Teatral, que este año cumple tres décadas de vida formal, es más que un estudio de teatro que ha producido algunas de las mejores obras del Off porteño y que cautivó a la crítica en festivales internacionales. Es un modo de entender el teatro, el rol del actor, del director, del texto y del público; es una forma de procesar toda esa maquinaria y ponerla a andar. Es ser rebelde, independiente, precario. El Sportivo es, también y de algún modo, el lugar que encontró Bartís para desarrollar sus acrobacias y criticar el mundo que lo rodea y del que parece cagarse de risa.

 

Eran los tempranos ‘80 en la Argentina, la democracia habría caminos a las expresiones artísticas y un grupo de jóvenes actores buscaban espacios para sus obras. Ese gueto teatral tenía un punto en común, el mismo que hoy constituye la columna conceptual del Sportivo: la actuación. “Había una actitud orgullosa respecto a la actuación”, dice Bartís. “No permitir que nos faltaran el respeto. Una idea muy fuerte de actuar”.

 

Con esa bandera fue que una tarde se presentaron en Parque Lezama. Unos cien individuos en medio de clases gratuitas de danza. En un contexto “muy naif”, ese grupo recibió la propuesta de brindar una clase abierta de teatro, y en un mes armó una obra entera. Cayeron un domingo a media mañana y empezaron a preparase con sus ropas y maquillajes, a la vista de todos. Cuando llegó el momento de la presentación, las tribunas del parque estaban colmadas, de gente y ansiedad. Querían ver qué había detrás de todo eso. Lo que había era una demostración más de lo que ya estaban haciendo: otro acto de transgresión, una obra sobre las elecciones.

 

Con esa crítica el proto-Sportivo comenzó a desplegar su propio relato. “Mientras la política se dedicaba a hacer guita, nosotros constituíamos tejido social a través de improvisaciones y espectáculos”, cuenta Bartís respecto de los primeros años, con una frase que también podría funcionar para definir el presente.

 

Después de algunos años de desarrollo como grupo teatral, en 1986 llegó la formalización del Sportivo Teatral como estudio. “Lo del nombre ‘Sportivo’ nace porque teníamos que viajar a Europa y todos se ponían ‘Centro de Nuevas Tendencias’ o ‘Grupo de Experimentación’”, reseña Bartís. “Y nosotros, un poco patoteramente, usamos la idea deportiva porque parecía reivindicar un linaje por afuera del modelo conservador del teatro de la ciudad.”

 

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La primera obra fue Telarañas, que se presentaba en teatros escondidos en Palermo Viejo. Al mismo tiempo que Muestras de trabajos, pequeños actos que rendían homenaje a la literatura. Bartís comenzaba a desparramar sus formas de entender el teatro, y las piezas que ponía en escena impactaban como un suceso irreal. Estaban los que lo denostaban, los que aún lo siguen haciendo. Y estaban, también, los que veían en él un vanguardista de ideas claras que venía a renovar un teatro de raíz conservadora. Bartís ofrecía un nuevo relato.

 

“Se intentaba recuperar cierto aire más poético de la actuación, que venía muy sometida al corsé compositivo, de interpretación, de naturalismo”, dice él cuando se refiere al teatro más tradicional. “Era muy fuerte la discusión que se podía establecer con el modelo dominante: el del método, el del sensorial, el de la memoria emotiva. Una gran influencia de las técnicas americanas.”

 

Para referirse al grupo del que formaba parte dice: “Con la democracia había una fuerza incontenible de una generación que no poseía herencia que cargar y abandonaba espacios tradicionales en busca de nuevos. Aspirábamos a una situación más amplia, en la que el pensamiento crítico inaugurara la idea del lenguaje”.

 

Las obras proliferaron. Se sucedieron unas tras otras (La última cinta magnética, Postales argentinas, Hamlet o la guerra de los teatros, Muñeca, El pecado que no se puede nombrar La pesca, son sólo algunas), y luego llegaron las aventuras por los festivales internacionales de teatro. La primera salida al mundo fue en el Festival Internacional de Madrid, en 1988. El Sportivo se presentó ante los siete grupos más importantes del mundo.  “Eran experiencias de una envergadura alarmante en relación a nuestra presencia ahí. Todo era producto, primero, de un mal entendido que nos ha acompañado en el desarrollo de un lenguaje”, bromea Bartís, pero ni siquiera sonríe. “Hay una equivocación ahí y hay que sortearla con simpatía, tomar champagne y gozar del acontecimiento.”

 

La experiencia internacional también fue explotada adentro. “Con derecho podíamos defendernos de los ataques permanentes del Estado en relación a ser tenidos en cuenta. Nuestra actividad no sólo no era beneficiada, sino que se le ponían trabas: demandas, permisos, etcétera”, vomita.

 

El Sportivo se consolidaba como el grupo Off que giraba con éxito por el mundo y obtenía reconocimiento en los festivales especializados. Sin embargo, el teatro tradicional de Buenos Aires le seguía dando la espalda por no compartir —por no comprender— el modo de narrar de Bartís, que se iba constituyendo como el monseñor detrás del monstruo. Y a medida que esa bestia crecía, iba diseminando su germen por los espacios actorales de Buenos Aires.

 

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“De los compañeros formados en el estudio he escuchado que se encontraban en lugares cinematográficos, televisivos o teatrales y se reconocían. Hay cierta forma de colocarse ante los procesos, de pensar, cierta propuesta de una mirada crítica, cierto peso”, dice Bartís, marcando la diferencia. “La idea de que la actuación tiene responsabilidades profundas en el desarrollo del lenguaje. Que no se debe ir vacío a los ensayos. Todo eso se tornaba muy reconocible en los compañeros cuando se encontraban.”

 

Un rápido punteo sobre actores y directores que pasaron por el Sportivo mencionaría a María Onetto, Luís Machín, Analia Couseiro y Martín Otero.

 

 

“Hay en nosotros una aspiración de ser del grupito del fondo”, dice Ricardo Bartis, sentado a una mesa que es parte de la escenografía de la sala del Sportivo Teatral, el lugar. El lugar: una casa chorizo que tiene un jardín cerrado en la entrada, un pequeño estar que funciona de recepción y se abre a dos caminos: un pasillo que conduce a los cuartos de ensayo, un patio interno prolijo y verde que da a la sala principal. Lo que antes era un galpón hoy es un teatro para setenta personas que tiene baños, camarines, un espacio aéreo. Éste es un reducto del Off porteño que, a pesar de los años y los éxitos, sigue siendo el mismo.

 

“Nuestras formas de producción son muy precarias, iguales que hace treinta años. Nadie nos da plata, nadie nos financia nuestro trabajo”, dice Bartís sobre el modo de mantenimiento del Sportivo, que tiene en las clases el principal sustento. “Siempre creímos que las clases eran una forma decorosa de conseguir el dinero que nos permitiera mantener el espacio y, por lo tanto, poder ensayar y desarrollar nuestras propuestas sin necesidad de depender de alguien.”

 

—¿Por qué eligen seguir así después de tantos años?
—Porque si no, tendría que hacer otra cosa. Nosotros hacemos lo que se nos canta en los momentos en los que se nos canta. Podemos elegir la cantidad de ensayos en función de las ganas que nos produzca el material. Una serie de elementos que son atípicos y bárbaros, pero no podrían darse con un sistema de producción tradicional.  Al no estar en juego la situación del dinero, las ecuaciones son distintas.

 

—¿Y cómo se lleva eso a lo largo del tiempo?
—La precariedad es un sostén estético en nuestras experiencias. Todas las experiencias vinculadas a la cultura argentina derivan de situaciones precarias, porque ésa es nuestra realidad. Aunque, a veces, te agota.

 

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—No hay apoyo del Estado…
—Hay una mirada reaccionaría para con nuestra actividad. Es una actividad de chicos, no es rentada y no busca el dinero. Entonces es pueril. Gente que, como no tiene nada para hacer, hace teatro. Y el teatro se encarga de estupidizarse en relación a su actividad. Hay una especie de permiso que se otorgan los funcionarios por cierta debilidad que el teatro alternativo muestra respecto a sus propios principios.

 

—¿Cómo les impacta el tarifazo?
—Con las subas de las tarifas veremos cuántos teatros alternativos quedan. No es una situación del teatro nada más. Pero veremos cuántas salas pueden resistir. Pedimos, exigimos y demandamos que se abra un paraguas protector específico.  No tenemos la misma realidad que un teatro para 600 personas con restaurant o bar. Eso que nunca han entendido, es imposible hablarlo.

 

Bartís habla y, a lo lejos, se escuchan los ruidos del barrio. Colectivos de frenadas gastadas, bocinas de histeria semanal, la música que se mezcla en géneros dependiendo del bar que le da play, lo pasos retumbando como un golpe constante en la cabeza. Algunas cosas, las externas, han cambiado. El barrio no es el de antes.

 

En el Sportivo hay funciones viernes, sábados y domingos. Todo, sin publicidad en medios. Acá no se paga para vender una función hace años. “Confiamos en que la gente se va enterar y va a venir igual”, explica. Del mismo modo funcionan las clases abiertas. La promoción se da, como mucho, vía redes sociales. Hoy los cupos están llenos, para las clases y para ver las obras. “Hay que tener confianza en que el circuito se arme. Vamos cada vez más en esa dirección.”

 

Todo aquel que concurre al Spotivo hace un movimiento para estar ahí. Acá no hay facilidades como ventas online, tarjetas de crédito o débito. Apenas se pueden reservar lugares. Acá no importa la masividad, importa el valor y el esfuerzo del público. Se lo hace parte. Hay una melancolía por el tiempo pasado, una creencia romántica que mantiene esas costumbres.

 

“Me parece que se reconoce una sensación de que hay algo invencible en nosotros. Al situarnos en cierto costado, ni la crítica, ni esto, ni el público”, dice Bartís. “Nos preocupa el estar cercanos a los compromisos estéticos y a los intentos de crear una teatralidad que funcione y tenga cierto valor. Algo que nos estimule a creer.”

 

rastros@gmail.com
 

Nº de Edición: 1666

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