
Por Gonzalo Bustos
El hip hop cambió su perspectiva de vida. Lo dice con un tono de voz seguro: las palabras caen duras y secas. Antes de que los sonidos engendrados en Bronx River se cruzaran en su camino, las cosas se deslizaban: el skate era todo. Pero la tabla, parecía, no ofrecía más que presente; todo lo que subía terminaría bajando. La música, por su lado, podía ser la piedra fundacional del futuro de este pibe de quince.
Un par de años antes, Limp Bizkit había llegado vía MTV, cautivando su atención. Los ritmos, la rapeada y la moda (ropas anchas, gorros grandes) lo seducían. De toda la música que consumía con voracidad adolescente, se quedó con el hip hop. Se metió en la movida. “Hay una cosa con el hip hop —dice—. Todos los que estamos, los que militamos dentro del movimiento, hacemos algo. Es raro que si escuchás hip hop, no hagas nada: grafiti, break, lo que sea. El hip hop es muy activo. Y cuando me vi metido dije: qué me gustaría hacer. Canciones.”
Hasta ahí todo era luces de colores. Destellos que iluminaban los ojos claros del chico. Pero cuando llegó Tiro de Gracia, el trío de MCs chilenos, y los rapeos pasaron del inglés al castellano se abrió otro mundo. “Ahí me cayó la ficha y entendí de qué iba la cosa”, dice. El hip hop se cargó de contenido: consciencia social, critica y combate. Se sintió identificado, cambió su perspectiva de vida.
Federico Giannoni, el pibe de quince, dio paso a Emanero, el rapero.
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Antes de las letras estuvo la música: la batería, la guitarra, el piano que le enseñó a tocar la abuela. Esos conocimientos aprendidos con el apoyo de la familia fueron registrados en su computadora, con programas amateurs. Todo comenzó en casa.
Construía sus propios ritmos en el hogar, estampaba las primeras estrofas en la carpeta de la escuela. El ensamble de esas letras y sonidos devino en Mi primer maqueta, demo que editó en 2004. El embrión de Bienvenidos a mi mundo, disco debut de 2006. Acá hay melodías sintéticas —a veces limando con el beat box— y letras de presentación. La voz de Emanero se escucha rígida. De a segmentos, parece robotizado, con un flow estático y nervioso. A pesar de su juventud —dieciocho años al momento del lanzamiento— las líricas marcan una correcta digestión del género. La temática del primer LP es dejar en claro su seguridad cuando es el Maestro de Ceremonia (“Bienvenidos a mi mundo”). Tiene ese costado warrior indispensable (“Cuando un emcee se enoja”), la critica (“Caras y caretas”) y la reflexión social (“Alma perdida”).
“Al momento de hacer una canción busco que el estribillo defina bien el concepto. Busco generar identidad en las personas”, dice Federico, y la voz se evapora. “¿Sabés lo que busco? Que les pase lo mismo que me pasó a mí cuando escuché a artistas como Tiro de Gracia. Eso de decir ‘cómo me identifica esto que está diciendo’. Pero que no sea por el artista, que no sea por el estilo de ropa. Sino que la canción y la letra te inspiren”.
En Arjé —el segundo disco, que data de 2010— Emanero arranca directo y duro, dejando en claro de qué va la cosa: “Hoy soy el Arjé, principio básico para este estilo, ¡yo!/ Siento ante un teclado y mis manos escupen ritmos,/ puedo hacerlo y sonar como yo quiera (…)/ Termino con este disco y empieza la nueva era/ soy la fuerza de atracción, consigo lo que no tengo/ se chocan dos como yo y se forma un agujero negro”.
Arjé es la confirmación de todo lo insinuado en el debut. El rapeo de Emanero es fluido, libre y cargado de interpretación. La producción es más minuciosa, las melodías ganan en fuerza y los arreglos dejan ver el crecimiento en esta faceta. La música, acá, suena más humanizada: hay vientos oxigenados, parches golpeados por madera, solos de guitarra que te agujeran los tímpanos.
A esos sonidos llegó experimentando. “A mi base la tengo muy definida, adentro. Sé que cualquier cosa que pruebe, aunque sea un sonido nuevo, va a tener esa impronta de rap. Porque es lo que hago —dice—. Eso me permite no tener miedo a la hora de probar. Sé que algo se va a conservar siempre.”
Montado a ritmos infecciosos, Federico queda bien lejos. Aparece un Emanero en plenitud raper; se pone autocrítico y te tira las pisadas de cinco años de escenarios encima en “Bienvenidos al show”; en “Más tenemos más queremos” palea la avaricia congénita; vomita la rabia contenida en “Amenme, odienme”; y te deja en claro quién manda. La maduración no sólo queda a la vista con violencia, porque para él poner en palabras sus sentimientos es sinónimo de crecer: “Miedos” es una pieza melodiosa con épica escapista; mientras que el amor que corre por la sangre de “Nada es lo mismo” lo desnuda como nunca antes.
“Trato de aprender sobre producción musical para que suene mejor. Leo un poco más, muy poco, pero leo, para empezar a tener un vocabulario más amplio —dice respecto a su crecimiento en el tiempo—. Pienso mucho una canción, de qué va a hablar, cómo va a hablarlo. Busco mucho la idea, que no sea repetitiva. Cuando la escribo me permito volver atrás: esto ya lo dije, lo dije pero de otra manera, esta línea ya la bajé. No me molesta tardar en hacer una canción, estar tres años para hacer un disco. Me parece que está bien”.
—Con el tiempo tus letras suenan más directas.
—Me gusta la simpleza, que se pueda entender. El mensaje directo y poco rebuscado. No por eso fácil. Si hay metáforas, que no sean difíciles de decodificar. Siempre fue el tipo de hip hop que escuché y me influenció.
—A la simpleza le sumaste dureza en el mensaje.
—Con el tiempo me puse menos complaciente. Me chupa más un huevo lo que vayan a pensar, tanto de la vieja escuela como de la nueva. Cuando te das cuenta de que tenés un público que te banca, gente que te va a ver, pensás “qué me interesa lo que vayan a decir”. Me tiene sin cuidado, pero posta. Porque antes era decirlo y me importaba. Pero con el tiempo te das cuenta de que no estabas tan equivocado, de que lo que hacés le gusta a la gente. Y de que no tenés que escuchar a la vieja escuela, tan cuadrada, diciendo que hay que hacerlo de tal modo. Te das cuenta de que son personas con miedo tratando de poner reglas que los favorezcan a ellos.
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Pensándolo como parábola, el hecho de que Emanero haya sido convocado para componer la canción de una campaña anti-bullying no sorprende. Es que este pibe que hoy tiene veintisiete sufre el rigor de sus colegas desde que su disco debut vendió más de dos mil copias. “Me tocó que por ser de un barrio, por tener un color de pelo y de ojos, dieran por sentadas un montón de cosas que nada que ver: que era rico, que mis viejos me pagaban la carrera”, dice. Federico se independizó cuando tenía diecisiete. Empezó a trabajar en una fábrica de ropa: la doblaba y contaba botones en el fondo de un galpón. Cada peso que ganaba, lo invertía en su música, hasta que renunció y se dedicó de lleno al hip hop. “Pero no te voy a mentir, es un recurso en mis canciones. A veces, cuando no tenés para dónde salir es fácil ponerse en victima y contestar, aunque nadie te haya dicho nada directamente. No deja de ser un recurso. No es que la haya pasado mal”.
Cuando supo de la propuesta, comenzó a investigar el bullyng. Así escribió “Si no hacés nada, sos parte”, una canción que arranca con un piano en tempo lento y desolla la temática. Emanero cree que haber puesto el tema en agenda ayudó a identificarlo. “Es muy difícil tratar algo que no conocés”, dice. Lo que estaba mezclado se separó. Se distinguió lo que es una pelea entre dos pibes con bronca y un grupo hostigando día tras día a un solo chico.
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“Soy inseguro socialmente. Soy inseguro para meterme en grupos de gente, soy inseguro con lo que va a pasar, soy de esperar cosas chicas y tranquilas. Algo que me ayudó mucho fue tocar poco tiempo. Enganchaba tres temas al hilo, lo que generaba que la gente me buscara en Internet. Como tocaba poquito, pasaba eso. Pero lo hacía por inseguridad: no quería hacer shows largos porque tenía miedo de aburrir a la gente.”
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Tres es el disco que Emanero editó a fines de 2014. Es, además y sobretodo, el siguiente paso firme en su carrera: la consolidación del artista. Once canciones registradas en Brasil que lo vuelven más radial que nunca. Con el impulso que le dio “Si no hacés nada, sos parte” (incluido en este LP), compuso piezas que abordan los mismos tópicos que en las obras anteriores: el paso de los años, el bullyng rapero que sufre, el amor, la critica social. “Cuando comparo los discos encuentro similitudes. Siempre tengo más o menos los mismos ejes por los que voy y es algo que me sale natural”, dice y luego aclara que cuando se pone autorreferencial no es una decisión premeditada. Le sale. Una necesidad, quizás.
La diferencia de este disco reside —una vez más— en el endurecimiento del mensaje y cierto giro en la mira. “Según pasan los años” habla de no querer crecer al tiempo que baja línea al sistema. En “Cambios” muestra sus progresos como cantante, manejando el tono de su voz según el clima que le propicia el ritmo, y confiesa haberse cansado de ver al mundo llorar. “No les creo” tira con fuerza contra todos. Su clásico mensaje contra los medios acá toma forma áspera en “Sr. y Sra. Fama”.
Con ese repertorio, Tres tuvo más de un millón y medio de views en YouTube, desde que se colgó en abril de 2013 y hasta que se editó físicamente, en diciembre de 2014. Tres combina las armas que hicieron de Emanero un rapero respetado, con toques de producción (y hablamos de una producción que excede lo musical: cómo hablar de ciertas cosas; dónde cantarlas y grabarlas, por ejemplo) que pueden llevarlo más allá de su mundo. Dependerá de él no frenar su escalada. Hacer que cuando el hip hop muera, lo lloren.