
Por Sol Prieto
Miércoles 13 de febrero. Nueve de la mañana. Puerto Madero. Cerca de 200 hombres y mujeres, directivos y docentes de colegios católicos de todo el país entran a la sede porteña de la UCA. En el hall central, tres empleados del Consejo Superior de Educación Católica de la Conferencia Episcopal Argentina (Consudec) buscan en listas impresas los nombres de los inscriptos en los distintos tutoriales del encuentro anual de rectores que esa organización hace desde 1963. Durante los cuatro días de encuentro, se reproducen los cuatro dispositivos que operan sobre la crisis actual de la Iglesia católica: su disputa contra la modernidad y sus valores, la individuación de la forma en la que las personas (y los católicos) viven la religión, su reacción de rechazo ante estos dos fenómenos y la continuidad indefinida de esta estrategia.
LA PELEA CONTRA LA MODERNIDAD
Uno de los tutoriales está lleno por lo que no puede sumarse nadie, le informan a una profesora que, decepcionada, decide probar con el de Nuevas tecnologías. El colmado es el de Iniciación sexual en la adolescencia, dictado por la pediatra Zelmira Bottini de Rey, una mujer de unos 60 años, pelo corto y rubio, lentes chiquitos con armazón transparente y una sonrisa amable y permanente. En su libro “Educación sexual. Familia y escuela”, publicado por la Editorial de la UCA, Bottini de Rey se presenta: “Casada. Madre de cinco hijos. Trece nietos. Médica pediatra (UBA). Directora del Instituto para el Matrimonio y la Familia (UCA). Presidenta de la Red latinoamericana de Institutos de Familia de universidades de inspiración católica (REDIFAM). Docente del Máster en Ética Biomédica (Instituto de Bioética, Facultad de Ciencias Médicas, UCA)”.
El curso se da en un aula del subsuelo, para casi treinta educadores. La metodología del tutorial es trabajar en grupo a partir de preguntas. “¿Qué ofrece la cultura a los jóvenes hoy?”, es una de ellas. “¡Consumismo, hedonismo, buscar placer!”, responde Marta, una maestra de una escuela pública de capital que decidió ir al curso “para actualizarse”. “Comunicación virtual”, “facilismo”, “inmediatez sin proyección”, “todo es descartable”, “confusión y falta de afectos” y “reclamo de límites” son respuestas que le siguen.
“¿Por qué los jóvenes tienen relaciones sexuales?”. “¿Cuáles son las ventajas y desventajas de la iniciación sexual?”. Continúan las preguntas. El consenso resolvió que los jóvenes se inician sexualmente porque la televisión dice que está bien hacerlo, porque tienen miedo a ser discriminados por sus amigos y, en el caso de las mujeres, como prueba de amor a sus novios que las presionan. Mercedes, una catequista de unos 30 años, agrega: “También están expuestos al mensaje de que si te hace bien, lo tenés que hacer. La idea de que hay que hacer lo que te hace bien”.
Cuando termina la puesta en común, Bottini de Rey concluye que la mejor respuesta que debe dar un docente a las inquietudes sexuales de sus alumnos es que deben postergarlas lo más posible, critica la idea de “perspectiva de género” por “deconstruir algo natural” como lo femenino y lo masculino, y a la Ley de Salud Sexual y Reproductiva porque garantiza el acceso a métodos anticonceptivos a personas a partir de los 14 años. “¿Alguien acá repartió los cuadernillos?”, pregunta en un tono divertido refiriéndose a los cuadernillos que el Ministerio de Educación nacional elaboró en conjunto con el de Salud y, como parte del cumplimiento de esa ley, distribuyó en todos los colegios. La audiencia le responde con una sonora carcajada.
Mercedes, una catequista de unos 30 años, agrega: “También están expuestos al mensaje de que si te hace bien, lo tenés que hacer. La idea de que hay que hacer lo que te hace bien”.
En su carta de renuncia, Benedicto XVI dice que se va del Ministerio papal porque “en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio es necesario el vigor tanto del cuerpo como del espíritu”. Cualquier interpretación sobre la abdicación del Papa que se centre en motivos biológicos (“no está bien de salud”, “es viejo”, “oculta una enfermedad”) omite la aclaración más importante, que por general no deja de ser política: la incapacidad de gobernar una Iglesia en crisis en un mundo secularizado.
La crisis es cada vez más visible y cobra expresiones cada vez más dramáticas debido al contraste entre una institución jerárquica, burocrática y milenaria en un mundo en el que los cambios sociales y personales son rápidos y violentos. Pero el problema de la Iglesia católica responde a una tensión que está en el núcleo de la modernidad y que abarca a otras iglesias. Si los rasgos que definen a la modernidad desde hace cinco siglos son la racionalización de todos los espacios de la vida, la afirmación de la autonomía, la realización del individuo y del sujeto y la creación de ámbitos o esferas diferenciadas y especializadas en la sociedad, el rol de lo sagrado en el mundo ante el avance de la modernidad queda resumido a su expresión mínima: la de la vida privada de las personas.
Y en ese punto está la tensión en la que radica la crisis de la Iglesia católica: las iglesias son empresas que tienen como objetivo específico brindarle a las sociedades los medios necesarios para la salvación de sus almas y son responsables ante Dios por las almas de todos. El desarrollo de la racionalidad (que requiere de la renuncia a lo sagrado), la libertad individual (que borra el mandato divino de las trayectorias individuales) y la diferenciación de esferas (que extirpa los fundamentos sagrados de las leyes del Estado y el mercado) ha llevado a las iglesias a reaccionar contra la racionalidad, la libertad individual y la separación entre sus reglas y las del Estado.
Esta reacción se hizo muy visible durante el papado de Benedicto, quien se inscribe en una tradición teológica centrada en la crítica al “relativismo cultural” que plantea la necesidad de volver a la noción de “verdad”, entendida como la doctrina cristiana y los valores que propone.
¿CRISTIANOS O CARNE DE BOLICHE?
Jueves 14 de febrero. Trece horas. Auditorio del Centro de Exposiciones de la Ciudad de Buenos Aires. El arzobispo de La Plata y presidente de la Comisión de Educación Católica de la CEA, Héctor Aguer, inaugura el encuentro anual de rectores ante unas mil personas. Su imagen se proyecta en seis pantallas grandes distribuidas por el galpón como en un recital de rock. “En el reino del pensamiento débil toda presunta verdad es provisoria y subjetiva: es ‘mi verdad’, ‘tu verdad’. Es éste un síntoma de decadencia cultural y de intoxicación espiritual”, dice, alertando sobre la exposición cultural de los jóvenes a lo que Benedicto XVI llama “la dictadura del relativismo”. La permeabilidad de los estudiantes secundarios a esa intoxicación espiritual tiene, para el arzobispo, una explicación: “Los católicos argentinos no van a misa”, dice. Y agrega que el objetivo de los colegios católicos no es formar buena gente, sino que para formar nueva gente hay que formar buenos cristianos. “¿Formamos cristianos o carne de boliche?”, se pregunta.
No es sólo el ideario de la modernidad el que impacta sobre la Iglesia católica sino también la forma en que las personas viven su vínculo con lo sagrado en la modernidad. Porque el esfuerzo de la ciencia y la filosofía por desterrar los mitos y las mentiras que encubren a las relaciones de dominación deja a las personas con una única certeza: la de las relaciones de dominación. Relaciones que son dolorosas y violentas, que la razón puede identificar pero no desterrar; que puede explicar, pero no darles un sentido.
Por eso, la secularización del mundo no se vincula directamente con un declive en las creencias y las prácticas religiosas, sino que se cruza con la autonomía individual moderna originando una multiplicidad de búsquedas individuales de lo sagrado que forman parte de la cotidianeidad de los católicos argentinos: de acuerdo con la Encuesta de Actitudes y Creencias Religiosas, el 52.5 por ciento de los argentinos que se consideran católicos mantienen prácticas preponderantemente privadas de su religión —no asisten a la misa, ni visitan templos, ni peregrinan, ni se congregan—; el 44.3 por ciento cree que el aborto tiene que estar permitido siempre que la mujer lo desee, considera que las mujeres deberían poder acceder al sacerdocio y que las relaciones prematrimoniales son positivas (Verónica Giménez Béliveau, Gabriela Irrazabal). Otros rasgos —como la incorporación de creencias y prácticas del zodiaco y el new age, o el declive de prácticas sacramentales como el matrimonio— completan el cuadro de la individuación y la autonomía de los católicos a la hora de vivir su religión.

REACCIÓN Y REPETICIÓN
Después de llamar a incluir la misa en la currícula de los colegios católicos, Aguer va por más. Dice que hay que enseñar Filosofía desde antes de quinto año, critica que Agustín y Tomás de Aquino estén fuera de su programa y atribuye esta falta al “escrúpulo laicista” del sistema educativo. Anuncia “la necesidad de volver a la declamación y la lectura en voz alta”. Para terminar, insiste en el aporte que puede brindar el estudio del latín al conocimiento de las lenguas romances. Los rectores, que en su mayoría no son religiosos y por lo tanto no saben latín, aplauden fuerte mientras el secretario legal del Consudec anuncia por micrófono que “afuera hay cuatro micros que van para la Catedral. No creo que alcancen”.
“Hasta que no se llenen, no puedo salir”, explica el dueño de los micros, un hombre calvo y con sobrepeso, transpirado y cansado, a los pasajeros del único micro en el que hay gente, ocupado por la mitad. La misa de apertura, en la Catedral, está a cargo del cardenal Jorge Bergoglio, que entra seguido por otros diez sacerdotes. Luego de que uno de ellos lea el Evangelio, el cardenal se acerca al púlpito. Comienza la homilía hablando bajito: “Nos hace bien pensar que hay límites”, dice. “Hay cosas que no van”, enfatiza, levantando ligeramente la voz. “Esto no es maniqueísmo: es tener-las cosas-claras.” Los feligreses se sobresaltan en la primera “a” de “¡claras!”. El hombre tiene toda la atención: “En la zona divisoria entre lo que va y lo que no, van fermentando las idolatrías. Esas actitudes mezquinas de decir ‘bueno, Dios sí, pero seamos más moderados en esto’. Seamos como el mundo pide que seamos’”. Al igual que Aguer, se refiere al “fracaso” de los colegios católicos, el cual se debe, dice, a la negociación de “valores con contravalores”. “Las actitudes negociadoras son el germen de toda corrupción”, concluye la homilía.
El arzobispo insiste en el aporte que puede brindar el estudio del latín al conocimiento de las lenguas romances. Los rectores, que en su mayoría no son religiosos y por lo tanto no saben latín, aplauden fuerte.
Frente al cuadro de un mundo secularizado con ampliación de derechos individuales y un universo de creyentes autónomos, la interpretación mayoritaria de la jerarquía eclesiástica es que las reformas planteadas en el Concilio Vaticano II llevaron a la Iglesia a acercarse demasiado a los problemas de los hombres y horizontalizar su doctrina. Al identificar el error en las reformas, la respuesta encarnada por Benedicto XVI (y antes por Juan Pablo II) fue defensiva: la promoción del latín como lenguaje de la liturgia, el canto gregoriano, la misa antigua y la exaltación de la ley natural sólo pueden enmarcarse en una estrategia reactiva, porque implican volver al pasado.
Si la Iglesia católica se caracterizó históricamente por su capacidad de contener —al igual que el peronismo— a vertientes teológicas e ideológicas distintas e incluso antagónicas, este momento de su historia parece anunciar el fin de esa estrategia de poder: a lo largo de cinco Juntas, Benedicto XVI nombró a 90 de los 118 cardenales que elegirán al próximo Papa el 15 de marzo. El resto, fueron elegidos por Juan Pablo II (Bergoglio es uno de ellos). Pero si bien aquél tuvo una impronta más pastoral que lo dotó de un carisma superior al de Benedicto (fue consagrado popularmente como “el Papa viajero”), quien estuvo a cargo de la Congregación para la Doctrina de la Fe (el think tank teológico del Vaticano) fue el propio Ratzinger. La estructura jerárquica y la “purga” de cuadros díscolos sólo podrán llevar a la cúpula de Iglesia a reiterar su diagnóstico y su estrategia reactiva, y así reproducir su crisis.
* Fuente: NaN #11 (marzo-abril 2013)