
Por Nahuel Gomez
En la Argentina de mediados de los ‘90, mientras muchos adultos degustaban las recetas del Consenso de Washington y se fascinaban con el espejismo del uno a uno, una multitud de niños (ñoños) rendía culto de mil maneras a Jurassic Park. El film se convirtió, desde su estreno, en otro de los tantos hitos de la cultura pop: no tardaron en llegar remeras y gorras estampadas con iconografía de la película, muñecos, revistas pseudo-paleontológicas y películas satélite, como la remake de Godzilla. Si a partir del ‘69, con la llegada del hombre a la luna, muchos nenes y nenas quisieron ser astronautas, desde el ‘93 —año de estreno de la película— varios soñaron con ser paleontólogos. Gran parte de ellos, no obstante, devinieron abogados, kioskeros, periodistas o filósofos —entre otras tantas ocupaciones— y se alejaron de la temática. Particular es el caso de los editores de la revista Velociraptors, quienes, en el primer número de esa publicación, utilizan su formación en humanidades para intentar reconstruir y deconstruir de manera crítica y más o menos científica el fenómeno cultural que se presentó con la película de Steven Spielberg.
Velociraptors es una publicación distribuida a pie por sus propios creadores en la Ciudad de Buenos Aires, el conurbano y La Plata. Es coleccionable, semestral y su segundo número saldrá en diciembre. El primer y hasta el momento único ejemplar a la venta está muy poco emparentado con el periodismo tradicional y masivo: se destaca por contener ensayos y notas muy bien escritas, interesantes y profundas que, pese a su extensión, no aburren. “En Jurassic Park el velociraptor es el antagonista que no te esperabas, el que le disputa el puesto a los humanos. No es que nosotros le estamos sacando el puesto a los humanos, porque tan reptiles no somos, pero sí queremos pelearles el lugar a las revistas científicas establecidas. Nos aburren mucho, hablan de lo mismo todo el tiempo, están llenas de publicidad y los enfoques no son muy novedosos”, dispara Clara Ruocco, quien junto a su hermano Juan completa el pequeño equipo de redacción que también integran Laura Monnanni y Silvia Quiñoa.
Si bien en la publicación predomina un tono humorístico favorecido por el guiño pop que rodea a la temática, el objetivo principal por el que nace Velociraptors es la divulgación de conocimiento: “La bandera es el método científico. A partir de un dato duro desarrollamos un tema que permite hablar también de otras cosas. El velociraptor es nuestro Caballo de Troya o, mejor dicho, cobayo de Troya, porque es chiquito y se mete en todos lados”, revela Juan Ruocco, director general del proyecto. “Es una excusa generacional. Logramos que nuestra generación, la que va del ‘85 al ‘89, a la que le gustan Jurassic Park y los dinosaurios, encuentre un ícono con el cual se identifique rápido y pueda hacer esa transferencia con las cosas que le pasaban de chico”, agrega.
Más allá de la obvia relación entre el nombre de la revista y el contenido del primer número, los raptors —así se hacen llamar los creadores del proyecto— son conscientes de que el tema “dinosaurios” es finito. Siempre tuvieron planeado variar para el segundo volumen y los subsiguientes. La mirada para la próxima edición se centrará en otro hecho de relevancia nerd: la importación de once delfines soviéticos que llegaron a la Argentina en los noventa. Clara comenta al respecto: “En esa década, la URSS estaba desapareciendo y nos envía estos animales que, se presume, estaban entrenados para tareas y tácticas de guerra. Vienen acá para un show en el Parque Sarmiento y terminan todos muertos. Todo esto nos sirve para hacer un análisis sobre cómo es que cae un modelo de economía planificada, socialista, y también para demostrar cómo la situación de estas especies terminó siendo un paroxismo de los noventa: llegamos a importar hasta delfines y lo hicimos en situaciones de corrupción, de forma rara y flojita de papeles”.