La obra articula procedimientos que la instalan en una zona ambigua, limítrofe, entre la danza, el teatro y cierta propuesta de comunicación directa con el público. El marco simbólico es el cuarteto cordobés, interpretado por el gran Alfonso Barbieri.
Por Juan Manuel López Baio
Fotografía Maia Cosín
Buenos Aires, junio 18 (Agencia NAN – 2013).- Condensar un tiempo y un lugar, convocar un mundo y dotarlo de una pregnancia física inmediata de modo que nos entre por todos los sentidos. (Re)Descubrir ante nuestros ojos alguno de los matices más íntimos de ese mundo, tal vez velado (por la costumbre, el olvido, la ausencia, la distancia), es una operación de belleza, de generosidad. Una celebración. Esto es Villa Argüello, una experiencia escénica que transporta a las barriadas de Córdoba, a unas historias y unos personajes signados por su juventud y su efusiva vitalidad.
Celia Argüello Rena, directora de la obra, trabajó en el cruce de su propio material autobiográfico y el análisis del libro Músicos, mujeres y algo para tomar, estudio antropológico sobre el cuarteto cordobés del investigador Gustavo Blázquez, para hacer surgir un relato que elabora su propio discurso a partir de una sensibilidad artística. Partiendo de ciertas premisas que podrían parecer simples a primera vista, la obra articula unos procedimientos que la instalan en una zona ambigua, limítrofe, entre la danza, el teatro y cierta propuesta de comunicación directa con el público. Pero esta zona no se resalta deliberadamente, como quien llega allí trabajosamente para plantar una bandera con gesto grandilocuente, sino que surge de la propuesta de manera orgánica, sin esfuerzo, natural habitante de ese territorio híbrido que sale a recibir al público con una sonrisa.
Los intérpretes en su mayoría no son cordobeses, y esta circunstancia es puesta de manifiesto y apropiada como factor productor de teatralidad: Teli Ortiz, la única bailarina cordobesa, se constituirá en árbitro y referencia constante a la que el resto del elenco acudirá una y otra vez para corregir su acento, su dialecto, su gestualidad ajustando la precisión de la “máscara cordobesa”, componiendo un juego vivo de representación que atraviesa todo el recorrido de la pieza mostrándose a sí mismo como puro entusiasmo lúdico.
Así, a través de coreografías, relatos, fragmentos de representaciones, canciones, un conjunto engarzado en dinámicas de todo tipo, los que se paran sobre el escenario pintan algunos cuadros de la vida gregaria del grupo: las salidas, la noche, los viajes, los códigos, la bailanta; con la presencia inmanente del cuarteto (vivenciada a través de la música original de Alfonso Barbieri, quien lo evoca sin aplicarlo literalmente con una calidad por momentos onírica), y la figura mítica de la Mona Jiménez, verdadero Dionisio cordobés si los hay, que encarnará en escena en uno de los momentos más singulares de la obra, cuando Josefina Gorostiza, otra de las bailarinas, es virtualmente poseída por el Dios del cuarteto y llevada en andas por sus compañeros erigidos en coro.
El espacio elegido, salón de fiesta de un viejo club de barrio por fuera de los circuitos teatrales, es un contexto difícil de mejorar para dar cabida a esta propuesta, ya que remite por sí mismo a la esfera de lo social-compartido, denominador simbólico que para cada comunidad liga en el tiempo y en el imaginario público esos instantes privilegiados y significativos que brillan en la memoria, los momentos de fiesta, de re-enlace comunitario, habilitando la construcción de una historia colectiva a través de las sucesivas generaciones. Este eco infalible, esta pregnancia inherente y propia del espacio, es apropiada por el espíritu festivo de la obra, que aquí despliega su relato como en una felizmente acertada caja de resonancia.
Junto con Gorostiza y Ortiz completan el elenco Pablo Castronovo, Andrés Molina, Jimena Pérez Salerno, Ollantay Rojas y Diego Rosental. Todos ellos integran, desde su singularidad, la composición grupal de un montaje enteramente disfrutable, que progresa al ritmo bullanguero de las historias que cuenta.
Desde la platea se ve, a través de las puertas ventanas que dan al balcón, las altas y nudosas ramas de los árboles que pueblan la plaza situada en frente del club, como en un cuadro. Los bailarines abren las ventanas y salen, dejando que el latido nocturno los impregne, a ellos y al público, y los acerque a la realidad más inmediata que los rodea, ahora imbuida por la cadencia poética que los artistas han regalado. Así, todos bajan las escaleras y salen a la plaza, más alegres y más livianos de lo que llegaron.
Trailer de la obra: https://vimeo.com/56560491
*Todos los sábados a las 20 en la Sociedad de Fomento y Biblioteca Popular Gral. Benito Nazar, Antezana 340, ciudad de Buenos Aires.
