Una nueva versión del clásico de Federico García Lorca, que avanza con problemas innegables pero también con aciertos como el vestuario, la escenografía y algunas actuaciones.
Por Paula Sabatés
Fotografía: gentileza de Yerma
Fotografía: gentileza de Yerma
Buenos Aires, junio 11 (Agencia NaN-2013).- Difícil tarea la de esta periodista. Por un lado, fanática de la obra de Federico García Lorca. Por otro, amiga –muy amiga– de los dos protagonistas de Yerma, la obra del español que se reseña en este texto. Difícil porque si hace tiempo entendí que la pretensión de objetividad no era más que eso, una pretensión (y ni siquiera…), también entiendo que no podría escribir estas líneas sin decir desde qué lugar lo hago y cuál es mi relación con el objeto en análisis. Podría simplemente obviar este comentario. Me ahorraría una preocupación. Pero creo que, como estudiosa de teatro, no puedo obviar la reposición de esta pieza que tiene tanta relevancia para la dramaturgia de todos los tiempos. No sería justo para el resto del equipo, que trabajó tanto –me consta– en la puesta de este clásico. No sería justo para el lector, que busca en este sitio una mirada bien intencionada sobre el presente del quehacer teatral en todas sus expresiones.
Sobre la obra puede decirse que fue escrita en 1934 y que es la historia de una mujer que desea con todas sus fuerzas ser madre. Ese deseo surge de la concepción, en aquella época, de que para ser una mujer plena era necesario procrear, por lo que en realidad se confunde más bien con un mandato social. Su esposo, en cambio, rechaza la idea. Prefiere una vida en la que su mujer se ocupe de la casa mientras él trabaja los campos. Toda la obra se centra en ese choque de las voluntades de Yerma y Juan. En el medio interfieren otros personajes como Víctor, un hombre que atrae a Yerma y con quien vislumbra la posibilidad de convertirse en esa mujer que espera; María, una amiga que procura distenderla de ese drama; y las lavanderas del pueblo, que funcionan en cierta forma como el coro griego, cantando las verdades que ya todos saben pero nadie dice.
Esta puesta que dirige Darío Portugal Pasache tiene algunos problemas innegables. El más importante de ellos, que no es para nada menor, gira en torno a la representación del deseo entre Yerma y Víctor. La interpretación de Facundo Viana, que encarna a este último, y las decisiones tomadas desde la dirección sobre su personaje, no logran que en escena pase lo que debería pasar (no como imperativo categórico sino de acuerdo a lo que se desprende del propio texto). Si bien son evidentes los intentos de Jackeline Molineros, en la piel de la protagonista, por pronunciar su deseo por Víctor, la irresistible tentación que hay entre estos dos personajes no es percibida por el público. Eso hace que gran parte de la historia pierda sentido. No es del todo determinante, pero significa, después de todo, que uno de los condimentos más lorqueanos que tiene la obra quede obsoleto. Y tiene particular importancia porque el mismo director había dicho que su intención era apartarse de la cuestión de la fertilidad, que a menudo es considerada como el tema central, para enfocarse en la realización del deseo.
Otro de los problemas es que Portugal propone una puesta “más libre”, tal como expresó en una entrevista previa al estreno, pero esa condición sólo se observa en elementos “superficiales”, si se quiere, como en un juego de luces parpadeantes durante la representación del acto sexual, unos pañuelos verdes de las lavanderas que desafían la solemnidad de los vestuarios blancos y negros que portan los demás personajes, y cierto baile que realizan estas durante la obra. Una lástima, porque para la puesta el director convocó a una psicoanalista para que ayudara a delinear a los personajes desde sus patologías y ese trabajo no se nota en todos ellos. Valioso intento –siempre que un realizador se preocupa por darle mayor profundidad lo es– que no supo dar del todo sus frutos.
Sobre la puesta escribió María Inés Senabre en espectaculosalamod.wordpress.com que es “innecesaria”. “¿Cuál es el motivo por el que alguien intenta vérselas con un clásico sin las herramientas apropiadas? ¿Por qué presentar esta obra si el casting no te da buenos frutos?”, se pregunta la crítica. El término “innecesario” me resulta demasiado para una puesta que tiene errores pero también aciertos. Ignorar estos últimos sería injusto, sobre todo si se le da tanto espacio a la crítica negativa.
Desde el punto de vista formal, entre los elementos más destacados están el vestuario y el diseño de escenografía, que está compuesta por un sólo mueble que cambia de utilidad según la escena. Solemnes ambos, recrean acertadamente el espíritu de los campos españoles de principios de siglo XX, lejanos, solitarios. El cambio de espacio donde se desarrollan las escenas está marcado, además de por las referencias textuales, por la resignificación de ese mueble. Procedimiento que Senabre describe peyorativamente (“la técnica favorita de este director es cambiar las fundas de los asientos”) y que yo considero una salida airosa y un recurso válido para un espectáculo con bajo presupuesto de base.
En lo referente a las actuaciones se destaca Martín Lo Nigro, para quien Yerma significa su debut teatral. Encarna a un personaje que aparenta ser frío y resuelto pero en el que subyace un submundo –aparentemente oculto, cual personaje de Chèjov– que el actor logra hacer florecer. Su Juan pasa de la distancia absoluta al erotismo puro. Ese matiz, que le queda bien, se aprovecha del todo en la escena que hacia el final comparte con Molineros, donde ambos logran soltar todas las energías –positivas o negativas– que sus personajes cargaron durante la obra, convirtiéndola en lo más logrado de la pieza.
Ignoro si Senabre tuvo la oportunidad de ver en 2012 la puesta de Portugal de Bodas de Sangre, también de García Lorca –que junto con La Casa de Bernarda Alba y Yerma conforman una trilogía– donde el autor se centra en la figura femenina. Si lo hizo, podrá advertir seguramente la maduración en las actuaciones de ciertos actores que participaron de ambas puestas, sobre todo la de Molineros, que pasó de tener un papel secundario a cargarse al hombro, con solidez, a una de las mujeres más complejas de la historia del teatro sin caer en estereotipos ni sobreactuaciones. Lo mismo Carolina Fonseca, que en esta oportunidad demuestra un color muy mayor al de su trabajo anterior.
Los clásicos no son intocables ni deberían serlo. Lo afirma la misma Senabre en su crítica. El de Portugal, con sus aciertos y errores, no es más que uno entre tantos intentos por lograr la dificilísima tarea de poner en escena un texto impecable por donde se lo mire.
*Yerma va los sábados a las 21 en Teatro La Tertulia Estudio, Gallo 826, Ciudad de Buenos Aires.
