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García Robayo: “Es la primera vez que escribo consciente de estar haciendo una intervención”.-

Nacida en Cartagena y radicada en Buenos Aires hace algunos años, la escritora colombiana le da voz a una joven que ansía huir del lugar al que pertenece en la breve novela Hasta que pase el huracán.
Por Juan Sapia
Fotografía gentileza de M.G.R.
Buenos Aires, mayo 24 (Agencia NaN-2013).- Cansada de su entorno, una especie de limbo paradisíaco empobrecido, la protagonista de Hasta que pase un huracán (Tamarisco), toma mano de lo primero que encuentra para huir: convertirse en azafata. Una sensibilidad dormida, una imposibilidad de sentir empatía por nadie o nada, la hace ir deslizándose de un lugar a otro, de una persona a otra. Es un gran logro de la autora narrar a su personaje sin psicologismos, sólo haciéndola hablar, prestándole una voz, que suena desgarradoramente sincera. Lo mismo sucede con la presencia de lo político, latente a lo largo de la novela: Robayo se limita a contar la cotidianeidad, huyéndole al esquema clásico de la crónica social. De esta manera, Hasta que pase un huracán, funciona como un testimonio de género, también como una fábula sobre cómo una azafata caribeña accede al American Dream, pero, sobre todo, como una nouvelle de iniciación, en la que el crecimiento, la transformación del protagonista, sólo se da a medias, o tal vez ni siquiera se produce.

La transacción, el valor de uso y de cambio del propio cuerpo, como si fuera una divisa más, es una de las cosas que la protagonista de la novela tiene en claro: “Yo sabía de qué parte de mí estaba enamorado el capitán, le costaba sacarme los ojos del culo; pero no se lo iba a dar, porque él no tenía nada que ofrecerme a cambio”. La otra es la necesidad imperiosa de huir: “A mí me preguntaban ¿qué quieres ser cuando grande? Y yo decía: extranjera”, sentencia ya desde las primeras páginas. Es que la primera novela de Margarita García Robayo es la historia de una fuga permanente; de una transformación circular, que termina en el mismo lugar en el que empezó, en el que el lector termina preguntándose si realmente existió alguna vez alguna inocencia perdida.

Hay dos contornos posibles en la historia. El primero, más obvio, son las fronteras: los límites del desierto caribeño del que sólo se puede salir enganchando a un extranjero, o trabajando en un avión. La gruesa línea que separa la vida real del american way of life se superpone intermitentemente con el segundo contorno: la distancia que la protagonista establece con todas las personas que las rodean. Con discreción, con elegancia narrativa, Robayo sugiere que tal vez esas dos líneas sean la misma.

Nacida en Colombia y emigrada a Argentina, Margarita García Robayo tiene publicados los libros de cuentos Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza (2009) y Las personas normales son muy raras (2011), ambos editados en varios países. Mientras prepara su próximo trabajo, cuenta en diálogo con Agencia NAN como fue la construcción de su primera novela.

–¿Qué diferencias encontrás entre irse como azafata, como la protagonista del libro, e irse escribiendo, como hiciste vos?

–Hay muchas diferencias, pero en este caso no creo que lo sintomático tenga que ver con las circunstancias que marcaron cada partida, sino con la voluntad de irse. Quizá por ser la azafata un personaje de ficción su voluntad está expresada de un modo más desaforado: quiere irse a como dé lugar. En mi caso no fue así, podría haberme quedado en mi ciudad en circunstancias bastante amables, pero lo cierto es que tampoco me cuestioné nunca si debía quedarme. Para mí siempre estuvo claro que en algún momento de la vida me iría. En mi país la cultura de emigrar está muy presente, y hay un tipo de emigración que se produce naturalmente en ciertos sectores porque se asimila a la búsqueda de eso que llaman “la realización profesional” y de oportunidades de crecimiento económico. No diría que es mi caso, pero podría haberlo sido perfectamente.
–¿Qué autores leíste al momento de escribir Hasta que pase un huracán?
–Nada puntual, siempre estoy leyendo y releyendo autores. Pero mientras la escribía pensaba mucho en una novela corta que adoro y que ocupa un lugar importantísimo dentro de mis libros más queridos: Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco.
–¿Cómo trabajaste en los términos que utilizas en la novela, que van desde localismos, salpicados a anglicismos?
–Fue muy espontáneo porque la escribí estando en Cartagena, mi ciudad, en un entorno en el que estos términos –quizá de un modo más moderado y menos consiente– se usan. En cuanto a los anglicismos son parte –la parte vergonzosa– de mi propio lenguaje. Me eduqué en un colegio bilingüe, americanizado, y desde muy chica incorporé ese modo de hablar del que en algún momento intenté –por mera corrección bobísima– despojarme. Ahora me gusta: lo usé en esta nouvelle como una marca cultural que me parecía bastante elocuente. Ahora estoy en la onda de que no hay que despojarse de los vicios de lenguaje si tienen la capacidad de trasmitir información. No hablo de slangs o de costumbrismo, eso no me gusta, hablo de la incorporación de términos que si bien pueden parecer descolocados, tienen que ver con lo que estás intentando narrar del personaje y su entorno.
–En la novela aparecen todo el tiempo en primer plano los cuerpos: la cola de la protagonista, la panza de su hermano y de la esposa…
–Fue muy espontáneo. Crecí en una cultura donde el cuerpo está muy expuesto en más de un sentido. El cuerpo como herramienta o como vehículo para conseguir cosas; el cuerpo como depositario de cierta tradición histriónica, ornamental, gastronómica incluso. El cuerpo como testigo del clima.
–La cuestión de las fronteras aparece ligada a la identidad, y también a un aspecto político. ¿Pensaste esta otra dimensión mientras escribías?
–Creo que es la primera vez que me siento a escribir con la conciencia, o al menos la fantasía, de estar haciendo desde mi lugar y mi oficio algún tipo de intervención. Estaba de vacaciones en Cartagena, el invierno había arrasado con miles de casas de pobres. El clima general era de pesadumbre, de malestar, pero en medio de todo esto mi hermano –que también vive fuera del país– se casaba y en la casa de mi madre había una euforia que no se condecía con lo que se veía en la televisión o se escuchaba afuera, en los bares, en la calle. No quiero decir que yo estuviera especialmente sensibilizada por el invierno y los demás no, quiero decir que me atraía profundamente el relato paralelo de lo que ocurría en casa de mi madre. Mi reacción fue mirar, callar y sentarme a escribir. No te diré que es una “crónica”, nada más lejano, pero sí un texto producto de una situación marcada por un trasfondo social y político identificable, que me disparó la historia de la nouvelle.
–¿Qué estás escribiendo ahora?
–Ahora volví a unos cuentos con los que estoy hace tiempo, y que se relacionan con el tema de la muerte. Pero además estoy por publicar una novela que se llama Lo que no aprendí. Llevo unos dos años con ese proyecto y tiene que ver un poco con mi lugar de origen pero también con Buenos Aires. La novela tiene dos partes: la primera transcurre en Cartagena en 1991 y la protagoniza a una niña de once años. El conflicto se concentra en esa parte y tiene que ver con la familia, básicamente con la relación de esta niña con su padre. La segunda transcurre en Buenos Aires, cuando el personaje ya es adulto y vive en esta ciudad. La segunda parte es mucho más corta pero contiene el tuétano de la novela. Todo lo que quise decir está concentrado ahí. Sale en el mes de julio, con Planeta.