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Cachafaz en el Teatro del Pueblo.-

La obra de Copi, escrita en los ’80, cobra vida en este musical de Tatiana Santana que apoyado en la irreverencia y la ironía hace estallar las estructuras y las categorías sociales, políticas, morales y sexuales.

Por Juan Manuel López Baio
Fotografía gentileza de Cachafaz

Buenos Aires, mayo 21 (Agencia NAN-2013).- Bienvenidos al conventillo ‘el medio mundo’, lugar del drama. El conventillo como espacio mítico, fundacional, cuna roñosa, germen sudaca de la angustia, que roe las máscaras de una sociedad antropófaga en su raíz más profunda, una sociedad que organiza y jerarquiza a sus integrantes en función de su capacidad de explotar y ser explotados hasta el límite de la resistencia física y moral. Bebiendo de la tradición que atraviesa el alegre desenfado del sainete, en singular amalgama con elementos trágico-gauchescos, la obra escrita por Copi rompe de una patada el marco provisto por estas categorías y arremete con todo el ritmo del candombe y la murga oriental, coloridos resplandores de una imaginación desbordante, y una sobredosis cáustica de humor transgresivo y mordaz.


La Raulito, apasionada travesti de arrabal, y el malevo Cachafaz, su pundonoroso amante, pardo de linaje incierto, malviven la mishiadura en un bulín montevideano, rascando lo que pueden para el magro puchero que a duras penas disimula el hambre crónica. Hubo reducción de personal huelguista en el matadero, y ya no ligan ni las tripas. Agobiados por la vigilante censura de las vecinas, que entre murmullos y risas condenan su condición ilegítima. Hostigados permanentemente por la Policía, que espera que Cachafaz pise el palito para hacerlo entrar de una vez en la gayola; sólo la protección de un tío comisario de la Raulito los mantiene a raya. La cosa está fulera y el cinturón aprieta. La desesperación es una sombra que envuelve la carne, asfixiándola. Es allí donde la vitalidad de esta pareja insurrecta se manifiesta con toda su fuerza, a partir de la potencia del texto de Copi que se hace cuerpo en la puesta, en la elección estética del despliegue musical, los bailes y las canciones versadas, en una lírica lúcida, obscena y ferozmente alegre, que en la negación de un destino ignominioso afirma el derecho de los marginales, a conquistar con uñas y dientes, la vida y alguna forma de la plenitud.

Tatiana Santana dirige esta puesta en escena que cuenta con la actuación de Emilio Bardi y Claudio Pazos en los roles de Cachafaz y la Raulito, respectivamente, acompañados por un elenco de actrices y actores que dan vida a los coros de Hombres, de Vecinas y de Ánimas, que van poblando la obra, reaccionando y resonando con la acción de los protagonistas. Con música original de Rony Keselman, interpretada en vivo, y coreografía de Mecha Fernández, el conjunto resulta en un espectáculo dinámico y divertido. El coro de Vecinas gana potencia expresiva en la singularidad de cada intérprete para integrar danza y canto en un todo de carácter esperpéntico. Se destaca el trabajo de Claudio Pazos para dar vida al personaje de la Raulito, en una composición minuciosa y exuberante en lo formal y que, sumado a la complejidad propia del texto en verso, no hace mella sin embargo en su capacidad de transitar con intensidad los apasionados vaivenes emocionales de esta luminosa reina del conventillo.

El espacio escénico se divide en zonas que delimitan el ámbito de cada grupo de personajes (incluidos los músicos que tienen su sector, apartado pero presente). Es interesante que de estos ámbitos, el único recreado más en detalle, con escenografía concreta, sea el interior del cuarto que comparten Cachafaz y la Raulito, dejando la construcción del afuera (patio del conventillo, casas de vecinas, calle), a la configuración de los cuerpos y la coreografía de sus movimientos. Este contraste no sólo refuerza el estatuto de los personajes sino que instala cierto sentido de última estación, trinchera, fortín del amor que ya no será abandonado, sino defendido hasta el final.

La Raulito y Cachafaz se funden en una pasión que los alimenta mutuamente. Juntos son más que humanos, son monstruos o titanes, capeando el temporal de malarias, devorando ídolos, riéndose de cualquier espectro de ultratumba que amenace con desgracias más terribles que las que ya padecen. Cotidiano infierno de los vivos, infierno del hambre. En la evolución de esta “tragedia bárbara en dos actos”, el germen de una visión poética revolucionara brota y prolifera hasta estallar las categorías y los juicios, políticos, morales, sexuales, poniendo en jaque la estratificación caduca de un sistema de valores que administra y disfraza miserias y opulencias, esclavos y verdugos, y donde el hambre funciona como moneda de cambio. Al alzar la violencia de la penuria impuesta contra sus propios guardiacárceles, los personajes se afirman con un gesto desmesurado, brutal, ingobernable, al tiempo que asumen su destino trágico.

*Cachafaz se presenta los miércoles a las 20.30 en el Teatro del Pueblo, Avenida Roque Sáenz Peña 943, ciudad de Buenos Aires.