Tan multifacético como se muestra en escena, este joven artista reparte su vida hoy entre las tablas, la radio y la tele. Con la improvisación como bandera, sea en cualca o en el Kuelgue, se caga de risa de sí mismo, de lo estructurado y de lo políticamente correcto.
Por Daniela Rovina
Fotografías: Cecilia Villegas
Buenos Aires, mayo 17 (Agencia NaN-2012).- El pibe con una de las genéticas teatrales más reconocidas del país dice ser “un actor con recursos”. Al principio, el “¿cómo te definís?” de NaNinquieta a Julián Kartun ―hijo de un tal Mauricio (que no es Macri)―, actor de Cualca y voz de El Kuelgue, entre los datos biográficos que suelen acentuarle, en ese orden. “Qué difícil, dejame pensar. A veces, pienso eso. La diferencia entre el juglar, el arlequín y el tipo que está también para… No sé, lo pienso pero… no logro saber… Creo que es reírse de mí mismo. Pero, ¿me dejás que te responda por mail?”. La contraoferta inmediata desconcierta. Medio minuto de reflexión más tarde ―sin la presión del grabador registrando sus baches al tratar de definirse― arranca la asociación libre de ideas que desembocan en esta respuesta: “El hecho de cantar en la banda es uno de los recursos que tengo como actor. El que es sólo comediante es un actor con pocos recursos. A mí me gusta cantar, bailar, hacer humor. Eso: soy un chabón que actúa y que tiene diferentes recursos”.
De Cualca a El Kuelgue y viceversa. La coincidencia sonora entre esos dos proyectos es nada más que un detalle en la multidisciplinaria carrera del joven Kartun. En 2004, cuando se oían los primeros acordes de la banda (que más tarde compartiría escenario con Javier Calamaro, Gillespi y Horacio Fontova, entre otros), la posibilidad de subirse a la ola “plástico-comercial” excedía los márgenes de un grupo de amigos que hace música para “cagarse de risa”, no para llenar la cancha de River. En el medio, radio, teatro, el primer disco de El Kuelgue (que ahora tiene otro en camino).
Ocho años más tarde, el “recurso” actoral lo metió de cabeza en la masividad televisiva con la aparición del micro Cualca en Duro de domar, programa emitido en Canal 9 por la productora PPT, de Diego Gvirtz, la misma de 6, 7,8. Kartun admite que el quinteto de actores a cargo del segmento ―que finalizó el año pasado― nunca se dejó afectar por esa coincidencia. Tampoco les jodió que los encasillaran de “humor K” por parodiar episodios como el 8N. Con ellos planifica una nueva serie que comenzarán a rodar a mitad de año y se emitirá por cable. En simultáneo, en marzo volverá al éter con un programa en Radio Nacional Rock con la idea seguir explorando un lenguaje “más relajado, en el que no hay que poner la jeta”.
El “chabón con recursos” que charla con NaN sale del under para entrar en la vorágine mainstream con la misma cintura con la que se despoja de la herencia paterna; con la intención de “hacer cualquiera”. Del on al off. Del off al on. Del “hijo de” a Julián Kartun. A secas.
―Integrás proyectos que circulan por circuitos comerciales y por otros no tanto. ¿Cómo fusionás esas dos dimensiones?
―Lo comercial fue descubriendo lo under. El Kuelgue es una banda de amigos que nos juntamos a hacer música, cada uno desde su rol. Yo, desde el lugar de la actuación, porque música no sé hacer. Así que empecé a poner más la jeta, a escribir las letras. Supongo que se me fue descubriendo lo underground. No creo que aún llegue a ser comercial. Me refiero a mainstream. No es algo que esté en boca de todo el mundo.
―El caso de Cualca es mainstream. Los episodios se podían ver tanto por televisión abierta como por Internet. ¿Eso condicionó al grupo a la hora de plantear ejes?
―Lo que pasó con Cualca fue muy raro porque la convocaron a Malena (Pichot) y ella armó el grupo de actores. Entre los cinco llegamos a un promedio ideológico que daba “X” y que era similar al del programa, con todas las diferencias que uno puede llegar a tener. Pero nunca nos hicieron ningún tipo de bajada. Entregábamos cada capítulo dos horas antes de que saliera en vivo. Los primeros capítulos se ve que venían bien porque no nos dijeron nada, no hacían ruido con la línea ideológica de Duro de domar. La línea que manejaba Cualca no era clara, no había una postura clara. Jugábamos con lo de la “bajada de línea”
―¿Cómo?
―Hicimos un micro en el que jodíamos con lo del humor kirchnerista. Tenemos una forma de pensar que es un promedio de la de cada uno de los actores, no necesariamente con una bajada. Nadie nos decía cómo se tenían que hacer las cosas. Nos juntábamos una vez por semana, hablábamos de qué temas nos causaban gracia o nos habían sucedido y, en base a eso, armábamos el capítulo.
―¿Intentaban eludir la etiqueta de “humor K”?
―Una vuelta hicimos una parodia que se llama “En grupo” para mostrar qué imbécil se pone la gente cuando está reunida, por ejemplo, en recitales, cuando se pone en pedo o en la cancha. Cuando la gente en grupo tiende a idiotizarse y a pensar en masa. Uno de los casos más interesantes era el del “caceroludo”. Hicimos una parodia de los caceroleros. El humor a veces te pone del lado del enemigo. Denunciás algo y automáticamente pasás a serlo. Por ese sketch nos decían “son kirchneristas”. Y no, la verdad que nos causan gracia esos tipos. No tiene que ver necesariamente con una postura ideológica y política.
―¿Les jode que los encasillen ?
―Nunca nos jodió. Tenemos bien claro nuestra forma de pensar. Es difícil que no lo hagan con el grado de polarización. Si no bancás a uno, sos kirchnerista y si denunciás algo con lo que no estás de acuerdo, sos un gorila. Nosotros nos cagamos de risa, somos actores. Eso es lo que tiene el arte, es muy difícil de corromper. Queda demostrado en cada capítulo cómo pensamos.
―El hecho de no etiquetarse, ¿los hizo caer en contradicciones?
―Nos reíamos de las dos puntas. Parodiábamos o denunciábamos a las dos partes. Al fin y al cabo, lo que hacemos es humor. No podemos estar ciegos de las cosas que pasan. Somos cinco actores y los cinco escribimos. Aunque hay un promedio de humor, cada uno tiene su estilo. A veces pasaba que lo que escribía uno no tenía nada que ver con lo que, en el capítulo siguiente, escribía el otro.
―Por ejemplo, en “Sex and the Munro” tienen un discurso peyorativo hacia las clases más bajas y en “Arte” parodian el snobismo del artista conceptual…
―Como todos estamos rozando el under o venimos de ahí, entendemos mucho lo que pasa con esto de la poesía y el arte conceptual. Nos reímos un poco de las snobeadas, cuando la cosa es mucho más simple. En “Sex and the Munro” era como llevar la serie original a un costado del Conurbano que también nos pega. Dos de los actores son de provincia y fueron ellos los que se encargaron de buscar ese costado más “grasa”, si se quiere. Nunca uno solo se hizo cargo de la línea editorial de Cualca. Eso es bueno porque da una variedad. Nunca hubo un capítulo igual al otro.
― ¿Cómo repercutió en Cualca la difusión a través de sitios como YouTube y Vimeo?
―Nuestra variedad también viene enganchada a que estamos en Internet. Salíamos en Duro de domar pero la gente nos veía más por Internet, que tiene más llegada. Con todo lo que implica: nada dura más de cinco minutos porque aburre y el humor va de un lado a otro a mucha velocidad. Las reproducciones en YouTube y Vimeo son cientos de miles. Además, en las redes sociales se comparte, es muy simple. Abrís Facebook, le das play al cuadradito del video y ya lo estás viendo. Si no te gusta, lo parás; y si te enganchás, lo seguís viendo. Twitter también fue una herramienta fundamental. La llegada más clara es a través de las redes sociales. Lo que permite la televisión abierta es la llegada al público que no está muy atento a lo nuevo. Hay un grupo de gente que consume lo que le da la tele y nada más.
―¿Y en vos cómo dirías que resultó esa difusión viral?
―No puedo decir que soy famoso. Está bueno porque el de las redes sociales es un público muy específico. Es como un nicho de gente. En Internet el público busca al artista. No se lo imponen como a Matías Alé. Ése es un reconocimiento buscado, específico.
―¿Buscado por vos?
―No sé si fue buscado, fue más por decantación. El arte que hago tiene que ver con esa gente, con la inquietud constante que nos lleva a mirar desde videos de artistas en Noruega y escuchar a músicos africanos hasta mirar cómicos norteamericanos y estar constantemente buscando estímulos de todos lados. Ese nicho de público tiene que ver con eso.
DE MÚSICA LIGERA
―Con El Kuelgue, ¿la circulación under fue una elección premeditada?
―Vino de la mano del proyecto. Lo que hacemos no tiene un fin comercial ni masivo. Siempre salió del juego. El proceso de composición de las canciones es ciento por ciento lúdico. Siempre partimos de una improvisación, de un juego entre amigos. Nos cagamos de risa, nos tomamos una cerveza y nos pasamos toda la noche tocando un tema que dura 40 minutos y es siempre el mismo. Y finalmente, al otro día lo escuchamos y decidimos hacerlo durar tres. Y nos decimos: “Esto nunca puede llegar a nada porque somos amigos divirtiéndonos”. Así como nosotros hay otros cientos de grupos divirtiéndose, que también quieren consumir eso. No creemos que con El Kuelgue vayamos a llenar el estadio de River, pero hay un montón de gente que nos consume, al igual que otras cosas que no son masivas. Entre toda esa gente, se genera algo masivo.
―¿Y hacer música con humor fue planeado?
―Fue un poco la búsqueda de El Kuelgue. Nunca intentamos hacer reír, nunca dijimos “hagamos rock cómico”, nunca nos planteamos hacer baladas graciosas. En lo lúdico de la improvisación aparecen imágenes que te pueden llevar a algo cómico. Intentamos darle siempre un costado de parodia, pero nunca pensamos en hacer música para reír. No me gusta el término, me lleva a algo medio triste, porque si no te hace reír podés llegar a decir “ah, ¿esto era?”. Tiene que ver con el juego. En el juego aparecen ese tipo de cosas. Al contrario de Cualca, que desde el principio la onda fue hacer sketchs de humor. Siempre supe que lo mío iba por el humor.
―¿La improvisación fue otra búsqueda?
―Sí, mucho. Cuando grabamos, hay momentos en los que no sabemos lo que va a decir la letra, pero eso es lo interesante. Lo mejor es lo del momento. Nunca algo que fue pensado va a ser tan poderoso como la potencia del error. El error te va a dar algo diferente a lo normal, más fresco, mejor. Grabando Cualca, cuando algo salía mal, nos quedábamos asombrados porque el error disparaba algo mágico. Nos reímos de nosotros mismos y eso es fundamental para el humor: reírte de vos mismo y de todo sin ningún tipo de respeto.
―Hablabas de una tendencia de grupos con propuestas similares, ¿en qué se diferencia El Kuelgue?
―Lo que hacemos es no quedarnos en un solo género a la hora de componer. Tampoco escuchamos uno solo. En una canción puede haber más de un género; por ejemplo, un
candombe cantado en inglés. Intentamos fusionar todo eso que nos pasa. Ya no voy a ver recitales de una banda que va a hacer reggae, metal o pop durante 60 minutos.
Busco cosas que me den un cambio, como un zapping para no aburrirme. Hay varias bandas en la misma, que no se quedan en una línea compositiva ni en un estilo de lírica particular. Mezclan, hacen un collage de todos los estímulos que recogen en Internet, en la calle, en la tele.
―Y otra vez lo masivo…
―No renegamos de la tele, es un elemento fundamental. Está en el imaginario colectivo, construye lo que está pasando. Saber quién es Jacobo Winograd construye lo que pasa hoy. Usamos la idea de la tele como elemento de difusión democrático.
―¿Cuánto te dejás afectar por esa idea?
―Adorna el presente. No la tacho. De todas formas, escuchar a alguien por la calle es mucho más nutritivo que ver algo solapado en la tele.
―Entonces, ¿under o comercial?
―Prefiero más el under. Lo comercial es plástico. Las personas son muy conscientes de cómo se manejan los medios, de sus fachadas, de sus mentiras. Ya es kitsch lo masivo, muy parodiable. Igual, disfruto la tele, así de plástica como es.
¿SERÁ COMO PAPÁ?
―Otra etiqueta, ¿pesa el apellido?
―No, qué sé yo, no me pesa. Me ayuda. Me ha abierto puertas. Y todo es aprendizaje. Hacía cosas que no estaban tan buenas, pero ahora que estoy metido en lo que me gusta, puede llegar a afectarme más mi apellido. A mi viejo le gusta lo que hago; que no fuese así es lo que más me podría dar miedo.
―¿Afectó tu independencia como artista el hecho de ser “el hijo de”?
―No sé qué es ser independiente en ese sentido.
―Despojarse de…
―¿Hacer cualquiera? Es mi apellido, pero está bueno tener algo con lo que hacer cualquiera. No sé qué sería eso. Siempre supe que iba a ser actor, así que eso me ayudó a la meta que tenía, al horizonte. De chico siempre vi muchas obras, me aprendí obras de memoria, siempre estuve rodeado de actores. Eso influyó en mi enfermedad cerebral que es tomarlo todo para ese lado.
*La entrevista integra la edición numero 11 de revista NaN, correspondiente a los meses de marzo y abril de 2013. Se trata de una publicación producida por el mismo colectivo de periodistas, fotógrafos y diseñadores que sostiene esta agencia. Aquí podrás leer la nota tal cual salió en papel.


