El disco no es nuevo en las bateas, pero merece ser escuchado. Ya sea por la voz original y honesta de su autora, por la canción antihitera que logra o por los buenos compañeros musicales, entre ellos Ariel Minimal, que el productor Carlos Villavicencio sumó a la obra. A parar el oído.
Luz y oscuridad. Las canciones de Florencia Ruiz son densas y amables a la vez. Para llegar a ellas –o lograr que se manifiesten en su estado pleno– se torna necesaria una escucha atenta y sin prisa. Si bien hay cierta sonoridad pop —sobre todo en la voz de Ruiz–, que ameniza la escucha, predominan los arreglos sofisticados y climas que remiten más a la soledad de la noche que al bullicio del día. Muchas veces, sus piezas se ubican en el punto justo entre la madrugada y el amanecer. Hay silencio, armonía, insomnio, reflexión.
Las canciones —todas compuestas por Ruiz– fueron ornamentadas por la mano entrenada de Villavicencio, quien también grabó pianos, programaciones y percusión. Hay, también, buenos arreglos de cuerdas en “Niñez”, “Qué pena” (suena muy orquestal) y “Alumbraremos”, y un interesante trabajo de percusión en “Estuve así”. En el último tema, Ruiz se despoja de la instrumentación y se larga sola con su guitarra en “Luz de la noche”.
Aunque las letras parezcan introspectivas, muchas de ellas refieran al mundo exterior, al entorno. “Manos arman las paredes que / si son de barro o son de papel / la tormenta no puede tirar / se sostienen y se sostendrán”, canta en “Alumbraremos”, inspirada en la grave inundación que sufrió Tartagal (Salta) hace unos años. Para ella, el mundo es “indiferente” y caótico. Luz de la noche, entonces, es un disco que demanda, al menos, tres escuchas para captar su esencia. No se arrepentirá, lector (u oyente, si hace caso a esta reseña).
