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Dengue Dancing: una caja de sorpresas.- *

Chicos que buscan chicas, chicas que buscan chicos, chicos que buscan chicos y chicas que buscan chicas, todos ellos de veintitantos, se reúnen los jueves en un cabaret en el que sólo faltan Olmedo y Porcel acodados en la barra.
Por Nicolás Lantos
Fotografía: Mati Nuevo
Buenos Aires, abril 22 (Agencia NaN-2013).- De la céntrica avenida baja una escalera que desemboca en una cortina. Tras un mostrador sonríe una señorita elegante, y el patovica, de negro estricto, sólo cumple una función decorativa. Adentro, los espejos recubren cada pared, las luces son de colores y los mozos usan chaleco y moñito. La decoración no deja lugar a dudas: estamos en un cabaret. Pero no uno de esos cabarets decadentes que hacen hilera a pocas cuadras de allí ni uno de los más conchetos, exclusivos para turistas y CEOs que hay por Recoleta. Es más bien uno de esos cabarets que aparecían en las películas picarescas argentinas de mediados de los ‘80. Sólo faltan el “Negro” Olmedo y el “Gordo” Porcel acodados a la barra, junto a un par de vasos de whisky apoyados, como corresponde, sobre sendas servilletitas cuadradas con guarda celeste y el nombre del lugar: Gong.
Pero no vinimos a hacer uso de los servicios que cualquier cliente desatento puede buscar en un lugar así cualquier jueves a la noche en la Ciudad de Buenos Aires. Vinimos a una fiesta. Y una primera mirada atenta a lo que sucede ahí dentro nos confirmará que llegamos al lugar correcto. Música que va del pop a la electrónica, muy bailable, y que evita caer en el cliché del hitazo. Preciosas chicas bien arregladas, muchachos elegantes en un sentido muy particular de la palabra. Luces intermitentes. Una barra agitada. Damos unos pasos más hacia adentro del salón y ya estamos hundidos en plena pista y mucha gente baila, sola, en pareja o en grupitos que no tardan en mezclarse para barajar de nuevo.
La edad promedio de la gente es veintivarios, pero dentro de un universo bastante amplio. Una noche, por ejemplo, luego de bailar durante un buen rato con una muchacha, mientras compartíamos un vaso de cerveza, terminé descubriendo, sorprendido, que la señorita en cuestión tenía nada más que dieciséis años. “¿Además del colegio?”, repreguntó cuando yo quise averiguar qué hacía de su vida. Las fiestas Dengue Dancing son una caja de sorpresas. Nos abrimos paso entre los bailarines y sorteamos una barrera natural de sillones para acercarnos a la barra. Porque en una fiesta lo importante, lo primordial, es tener siempre un vaso en la mano.
Ninguno de los mozos (porque no son barmen ni bartender ni nada de eso, son mozos) tiene menos de sesenta años. Atienden con parsimonia a la clientela y no se inmutan ante las miradas divertidas de las chicas que se asoman a pedir una bebida. Los precios son algo excesivos (diez pesos un vaso de cerveza, veinticinco un trago), pero la gente siempre parece estar en sintonía. No es extraño descubrirse charlando durante un buen rato con alguien a quien hasta hace pocos minutos no conocías. Y no sólo en situación de levante (que las hay, las hay) sino más bien en un placenteramente extraño clima de comunión fiestil.
Hay un pequeño lugar para fumar escaleras arriba, el Salón Fumadonnas, donde funciona una especie de improvisada pista B. Hay baños cómodos y funcionales. En las Dengue se han forjado amistades y también pasiones. Hay chicos que buscan chicas, chicas que buscan chicos, chicos que buscan chicos y chicas que buscan chicas. Pero lo que todos buscan es pasar un buen rato un jueves a la noche, momento crucial de la semana para aquellos que aprecian la vida nocturna, trampolín hacia el weekend.
Ya son hace rato las cuatro de la mañana. Y la concurrencia, de a poco, ralea. Los beats le dejan un rato al rock, y en los sillones, terminamos nuestro enésimo vaso y encendemos un cigarrillo. En la pista hay dos parejitas apretando, junto a la barra algunos de los habitués redondean la velada. Arriba, en el Fumadonnas, resisten los últimos fiesteros que no quieren dejar de bailar. Nosotros, no en pleno uso de nuestras facultades, aprovechamos que afuera todavía es de noche para encarar el largo camino de regreso al hogar. Cruzamos la cortina y saludamos a la chica que sigue sonriendo y al patova decorativo. “Hasta el jueves que viene.”