Despojada de la perfección obsesiva de la técnica y los cuerpos, la compañía Los Mismos Danza no pretende demostrar cuán perfecto puede bailar un artista enteramente dedicado a la danza, sino revelar la presencia permanente, aunque silenciosa, del movimiento en cada minuto de las vidas de los humanos.
Por Ailín Bullentini
Fotografía gentileza Hernán Paulos
Buenos Aires, agosto 21 (Agencia NAN–2012).- No es como una pequeña brisa sino, más bien, con la fuerza de un tornado que Sopla arrasa con todas las convenciones que rodean a la danza, por más contemporánea y rupturista que sea, y a los espectáculos escénicos en general. Compuesta de momentos extraños a la prolijidad detallista que la mayoría de los artistas buscarían exhibir sobre un escenario, construida en base a movimientos que van a contrapelo de la armonía de un cuerpo que baila al son de un ritmo –casi que no utiliza música–, la puesta de las bailarinas Laura Aguerreberry y Lucía Disalvo logra demostrar que todos vivimos bailando.
Aguerreberry y Disalvo comparten el escenario con sus compañeros del colectivo Los Mismos Danza: Pablo Burset, Laura Monge, Gaby Pastor y Omar Possemato. Todos son ellos mismos sobre el suelo artístico, bajo las luces escénicas: bailarines algo aburridos de la rutina artística que implica la producción y realización de un espectáculo. Una historia de amistad profunda los une, un vínculo que exponen al público como la parte que completa la motivación de Sopla, que llegó a anFitrión (sábados 24 de agosto, 21 y 28 de septiembre a las 23 en Venezuela 3340) tras pasear por Timbre 4, Café Müller y Tecnópolis.
Dos bailarinas se conocen en los pasillos que unen usualmente a artistas que comparten disciplinas y “submundos”. La coincidencia las lleva, tiempo después, a vivir juntas en una casa por la que, además de ellas pasaron varios otros amigos/colegas con sus ideas y estéticas. Las de las directoras de Sopla comulgaron con la necesidad de hacer danza desde un escenario de una manera diferente, de caminar otras opciones y principalmente de disfrutar de una decisión de vida. Explicar la convergencia del resto de los intérpretes sería quitarle la magia de la sorpresa a los posibles futuros espectadores de la historia.
Lo que sí es necesario contar es el fin de Sopla en tanto objetivo (calma, calma, sigan leyendo) fundamentalmente porque esa es la gran perla de la puesta. Queda claro que Los Mismos Danza no quieren demostrar cuán perfecto puede bailar un artista enteramente dedicado a la danza, sino revelar la presencia permanente, aunque silenciosa, del movimiento en cada uno de los minutos de las vidas de los humanos: es el ingrediente que la vuelve hermosa, divertida, recordable.
Los bailarines aprovechan el camino para, de paso, burlarse y subvertir los estereotipos que rodean la situación de exhibición de un espectáculo artístico en la que participan que quienes se paran en el escenario y quienes ocupan butacas para disfrutar de aquello. Sobre los hombros de Burset, Disalvo da la bienvenida a la veintena de espectadores, los invita a sacar fotos de la manera que quieran, a aplaudir cuánto y cuando quieran y les pide “por favor” que disfruten del show.
Para entender a Sopla como una obra de danza pura es necesario comprender que el baile es el arte del movimiento, despojarlo de la perfección obsesiva de la técnica y los cuerpos y poner la atención en la energía que las personas que demuestran sobre las tablas liberan a través de cada parte de su ser. En ese sentido, la quietud será tan importante como la actividad. Los Mismos Danza logran de una manera brillante concretar esas ideas en poco más de una hora de espectáculo.
Se trata de una decisión ideológica que el colectivo de artistas tomó y justifica en la obra, sin, no obstante, relegar al abandono las técnicas de la disciplina contemporánea que trabajan como profesionales. Es cierto que son movimientos más cercanos a los convencionales que cualquier ser humano puede llegar a repetir varias veces al día durante su rutina cotidiana –el caminar, el correr, el saltar—los que ocupan un lugar importante en la repetición constante de la secuencia que desarrollan desde el inicio de la obra cinco de los seis intérpretes. No obstante, existen ensamblados casi al punto de la imperceptibilidad, elementos del contact improvisation, del release y del flying flow.
La reiteración de esa combinación de cuerpos en acción no se baña plenamente de sentido sino hasta que el sexto integrante irrumpe en la escena y en la historia. Es ella, Pastor, quien trae el conflicto que entre todos intentan resolver sin dejar de bailar. El solo de Burset, presente en la trama sólo para romper con la coherencia de la puesta, meter una pausa y explicar a la gente algo de la historia que cuentan los cuerpos en Sopla, es el punto más elevado de técnica contemporánea.
