Malena Pascual es resistencia. Resistió cuando junto a un grupo de compañeros universitarios creó un medio cultural literario, la revista Evohé, y resiste hoy, junto a dos colegas, a poco más de dos meses de haber inaugurado en la localidad bonaerense de Longchamps, El Exilio, un espacio en donde volver concreta la esencia de la publicación y más. Con Agencia NAN recorrió el camino que desembocó en esa creación y reflexionó sobre las dificultades que ofrece “la mística medio extraña” del Conurbano.
Por Paula Sabatés
Fotografía de Malena Pascual
Buenos Aires, diciembre 28 (Agencia NAN-2011).- En 2009, un grupo de estudiantes de Artes en la Universidad de Buenos Aires se reunió –bajo iniciativa de Malena Pascual, una de ellas y de tan sólo dieciocho años, por aquel entonces– y decidió abrir un sitio web para plasmar la producción artística de quien quisiera sumarse al proyecto. La convocatoria virtual funcionó mejor de lo esperado (se entusiasmaron alrededor de 60 artistas) y así nació Evohé –Tertulia Digital (http://evohe-revista.blogspot.com/), revista cultural que hoy tiene más de mil entradas entre ensayos filosóficos, piezas literarias, dibujos, pinturas, historietas y más. A tres años de aquel primer paso, Malena y dos compañeros inseparables en la ruta del proyecto, decidieron apostar su vida –y la figura puede entenderse casi literalmente—al sostén de un espacio físico al que pensaron a la vez como centro cultural y “centro de operaciones” del grupo. Con la perseverancia de los convencidos, El Exilio estrenará, en marzo del inminente 2012, su primer ciclo lectivo de talleres artísticos.
A tres meses de iniciado el proyecto, quienes lo habían impulsado desde el comienzo decidieron hacer una fiesta en un centro cultural “para conocerse las caras y que no fuera todo tan virtual”. De nuevo, se llevaron una sorpresa por la cantidad de personas que dieron el presente. “La primera fiesta fue muy loca y fue una sorpresa. Hubo gente en el escenario que no conocíamos y que nos voló el cerebro”, cuenta hoy a Agencia NAN, y con dos años más, la mentora del proyecto.
Con lo recaudado en ese primer encuentro, Evohé pudo concretar un sueño que parecía imposible: salir en papel. Así, la nueva redacción (muchos de los que habían comenzado con el blog fueron perdiendo interés y se conformó un nuevo grupo que trabajaría de lleno en la construcción de la revista) seleccionó, para el primer número, algunas de las publicaciones más relevantes del sitio y así salió a la calle el primer número. “Pensamos en un producto que genere una reacción, no necesariamente buena, quizás hasta disgusto. Pero no tuvimos ni tenemos un criterio técnico para elegir qué entra y qué no, es todo muy sentimental.”, cuenta Malena.
Durante 2009 y 2010, la mecánica continuó igual: los Evohé seguían publicando en el blog y mientras tanto hacían fiestas, juntaban la plata y sacaban un nuevo número de la revista (luego venía lo más duro: distribuirla, buscar espacios de difusión, instalarla). Pero cada vez era más difícil porque los espacios culturales donde se hacían los encuentros cobraban alquiler y eso dejaba menos ganancia y, por ende, menos margen para imprimir la revista. Entonces fue surgiendo la necesidad del espacio propio.
A principios de 2011, los que habían quedado trabajando incesantemente en el proyecto se reunieron y evaluaron las posibilidades de abrir un centro cultural propio. En cinco meses, y decididos a hacerse cargo del trabajo que implicara ese gran paso, Pascual, Lucas González y Federico Estancona consiguieron que sus amigos les prestaran los fondos y alquilaron una espacio en Longchamps, que inauguraron el 15 de octubre bajo el nombre de El Exilio – Arte Ocio (dirán, a propósito del nombre, que “tarde o temprano, el Estado y las instituciones terminan exiliando, física o metafísicamente, a sus artistas e intelectuales).
Hoy, el flamante centro cultural tiene una agenda completa de actividades y se están terminando de definir los talleres que formarán parte del primer ciclo lectivo del espacio, que comenzará en marzo del año próximo. Además, se convirtió en un “centro de operaciones” para los jóvenes que lo llevan a cabo. “Nosotros tres estamos de lunes a lunes las 24 horas del día. Sabemos que si tenemos que comer arroz con tal de mantener el lugar lo vamos a hacer. Porque es lo que queremos y en lo que confiamos”, resume Malena.
–¿Con qué dificultades se encontraron al abrir el espacio propio?
–El conurbano tiene una mística medio extraña con la cultura. Por eso, la dificultad central es la difusión y la recepción de esa difusión. Es muy complicado convocar gente para que venga a ver teatro. El público está muy acelerado, entonces es difícil generar un circuito en donde se le dé bola a la literatura, por ejemplo. Lo que pasa es que el conurbano es mucho Pappo, mucho escabio. Entonces es difícil que entiendan que vos querés hacer algo más que un bar para tomar birra con el lugar, que entiendan que lo pensás como un centro de operaciones para algo más grande. Y también Longchamps es particular. Es como si por ser de ahí ya sos famoso. Entonces hay pibes que vienen al lugar, se lo apropian y te dicen “¿por qué pones teatro? Yo quiero enchufar la viola”. Y eso es feo, te encontrás con que estas sólo en esto, que sos vos, tus compañeros de trabajo y tus amigos.
–Entonces, ¿qué los mueve a seguir insistiendo?
–Es que sabemos que la gente en algún lugar está. Así como nos encontramos nosotros, hay gente que va por el mismo lado y a la que queremos encontrar. Y además al público hay que educarlo, de alguna manera. Si vos no ofrecés literatura, la gente va a seguir yendo a tomar una birra y enchufar la viola sin importarle nada más. Si no generás acá el circuito, los que quieran ver teatro se van a seguir yendo a capital.
–¿Cree que hay lugares que concentran a todo el público del Conurbano?
–El conurbano está malacostumbrado. Entonces no es que el (Banfield Teatro) Ensamble, por ejemplo, sea un monstruo que concentra todo. El problema es que la gente no confía en nada que no sea el Ensamble. Porque si vas ahí tienen la jarra de vidrio, el plato de losa. Y parece que eso importa mucho. Acá viene gente y nos dice “todo muy indo, pero ¿no se les ocurrió poner un servilletero?”. Y no, la verdad que ahora no tenemos presupuesto. La gente está muy mal acostumbrada. Además le tiene mucho miedo a todo lo que no le sea familiar, a ir a ver una obra de teatro a un espacio chiquito. Y entonces no viene porque no da dos mangos por algo que recién arranca. Se piensa que todo lo bueno está en los lugares que tienen chapa y es muy difícil que se le de una chance a lo nuevo. Y por otro lado, el Estado tampoco te da dos mangos cuando arrancás. Todos los concursos tipo Fondo Nacional de las Artes son para lugares institucionalizados, con veinte años de carrera. Y el que recién arranca, que no tiene y se está formando y sacando su propia teorización a partir de la experiencia no tiene lugar.
–¿Ustedes teorizan sobre lo que pasa en El Exilio?
–Sí, todo el tiempo. De hecho es el interés más grande que tenemos con el lugar. Para nosotros El Exilio es casi como un laboratorio. Además de querer generar un espacio donde el artista tenga un escenario o una pared para exponer, para nosotros es una formación. Es como decía Sartre a propósito de los jóvenes del mayo francés, estamos generando teoría a partir de la experiencia y no cortando la experiencia por una teoría. Es para nosotros un centro de operaciones, de estudio de lo que pasa en el arte. Nos sentamos una o dos veces por semana a reflexionar sobre la nueva ola de artistas que aparece cada noche en el escenario y a pensar a dónde queremos ir como individuos y después qué queremos hacer en conjunto. Porque no es que pusimos el lugar sólo para tener un lugar. Hay que ir a algún lado con esto. Y así como el proyecto de revista nos quedó chico, también El Exilio va a tener su techo. Porque queremos seguir avanzando, esta es una instancia para generar algo más grande.
–¿Qué sería?
–¡La revolución! (risas). Un movimiento que sospechamos que existe. Vemos que hay ciertas coincidencias en la generación que está haciendo arte en este momento. Y ahí es donde queremos llegar, a amalgamar esas coincidencias sin por eso dejar que prime la heterogeneidad.
–¿Qué ventajas y desventajas le encuentran a hacerlo de modo autogestivo?
–La primer y única desventaja es el presupuesto, tener un montón de ideas y muchas no poder llevarlas a cabo porque se termina la plata y, en un punto, la solidaridad de la gente también, porque mis amigos no van a venir siempre a gastarse 15 pesos en una birra, porque tienen otras cosas y está bien. Lo demás son todas ventajas. Sobre todo porque el límite es tu propia creatividad. Y cuando se termina eso se termina todo.
