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Pablo Dacal en Ultra.-

Sobre ese escenario porteño, uno de los exponentes de la nueva canción local repasa –algo que hace sin cesar— las melodías que la componen y los versos con los que la hace hablar. Por momentos solo, por otros acompañado de músicos de tendales de historia, como Fito Páez o Andrés Calamaro, tutores por elección propia, ubica un nuevo ladrillo en la estructura de su identidad artística.
Por Sergio Sánchez
Fotografía gentileza de Pablo Abarca
Buenos Aires, diciembre 13 (Agencia NAN-2011).- “¿Qué es lo que está sonando?” es la pregunta que se hace Pablo Dacal. Y Fito Páez le responde, en esa misma canción: “Tendrás que aprender a construir la melodía que hable de vos”. Y en ése camino se encuentra Dacal –y otros cancionistas de su generación-: en busca de una canción genuina, contemporánea, popular y latinoamericana. Esa esencia es la que guarda su nuevo disco, El progreso, el primero como solista luego de haber sacado dos junto a la Orquesta de Salón, Los Viajantes y otras experiencias musicales. En esta nueva etapa, el músico regresa al sonido eléctrico con una actitud revisionista pero con la mirada puesta en una nueva canción. Y eso fue lo que demostró el viernes en Ultra (San Martín 678), escoltado por Nathalia Cabrera (bajo, voz), Marcelo Ezquiaga (teclado, voz), Fernando Pereyra (guitarra eléctrica) y Andy Ravioli (batería).
La canción de Dacal –su forma de cantar y componer-, por momentos, evidencia influencias de cantautores populares como Fito Páez y Andrés Calamaro y a la vez explora en los folklores de Atahualpa Yupanqui y Ramón Ayala –de quien grabó “El cosechero” junto a la Orquesta-. Al igual que ellos, su canción es decisiva y obstinada. Aunque, claro, lo inquietan cuestiones coherentes con su tiempo y lugar. Casi en la mitad del show, salió solo con su guitarra y tocó una canción inédita y urgente: una suerte de “Marcha de la bronca” (Pedro y Pablo) pero del siglo XXI. “Más allá del bien y del mal” (http://www.youtube.com/watch?v=qtl-Nizr21s), que no quedó registrada en el disco pero que toca en las presentaciones, dice: “Profundamente soy superficial / no escondo nada aquí ni allá / independiente me voy a volver / y de mí mismo quiero depender / Los tentadores vienen llegando / más allá del bien y del mal esto tiene que cambiar». La canción critica al mercado de la música y rescata la autogestión como el bastión político que une a los nuevos cancionistas.
Pero los acordes no se encendieron con “Más allá…”: la lista abrió con “Balada para un hombre alto” y “Lo que está sonando”. En esta última, Páez suma su inconfundible voz en el disco. Sin duda, el autor de “Ciudad de pobres corazones” siente afinidad por esta generación de músicos y lo demuestra grabando con ellos e invitándolos a sus conciertos. Por ejemplo, participó en discos de Lisandro Aristimuño y Onda Vaga y a ambos los invitó a subir al escenario en el ciclo Fito al piano que hizo en octubre en el Gran Rex. Luego, el teclado de Ezquiaga marcó la intro de la existencialista “Intenso momento creativo” (“¿Quién oirá lo que cantamos hoy?”, se pregunta). Todo se puso más calmo con “Mi voz”. Frente a la banda, un auditorio atento escuchó las canciones.
En el segundo segmento del show, Dacal revisó su costado más rockero -musicalmente hablando- e invitó al público a pararse y bailar. Como la cosa venía en un clima intimista y tranquilo, se bajó del escenario y entre humoradas hizo levantar de sus asientos a unos cuantos. Entonces, la banda mostró su energía eléctrica con temas como “Canción de hoy”, “Hablarte a vos” y “La guitarra y el bolsón”. Antes pasaron “Zamba del fin del mundo”, “El gaucho vive y muere en su ley” (una oda criolla al “payador perseguido”, a dúo con Ezquiaga), “Nazarena” (en el disco se luce con participación de Palo Pandolfo) y “Todo o nada”. Entra la nostalgia y la sátira mordaz, el compositor hace de sus canciones un grito. “Si te molesta este tono fatal / o te incomoda que hable sin dudar / Mi garantía es la juventud”, fundamenta en “Más allá…”.
Un aspecto novedoso de la nueva escena es que en los shows en vivo se respira cierta horizontalidad entre artista y público, contrapuesta a la lógica mercantil fan-estrella de rock. Eso no significa que lo que sucede abajo sea igual (o más importante, como también pasó con cierta escena del rock) a lo que sucede arriba, sino que el público completa el diálogo y le da sentido a la obra. Para autores como Gabo Ferro, el show en vivo es fundamental, incluso más importante que el registro auditivo. En ésa sintonía cerró el show Dacal: el músico empezó a cantar “Desorientado” (con letra de su esposa, la poeta Tálata Rodríguez) y la terminó, sin micrófono, en medio del público. No hubo histerias ni sorpresas. Hubo un hecho musical genuino.