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“El nudo”, de Valentina Nicanoff

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En el flamante libro de la poeta de 25 años la narración discurre en entradas de un diario en las que la protagonista vierte sus conflictos internos, miedos y frustraciones.     .

Por Nicolás Alonso

Si hay algo de erotismo en la poesía de Valentina Nicanoff, es porque también hay algo de muerte. Lo erótico está allí donde la muerte está. No podría ser de otra forma. Está allí donde la fascinación que ésta produce alcanza cada vértebra, cada terminal nerviosa, cada poro abierto de la piel. En esa ventana entre la vida y la muerte se halla El nudo (Botella al mar, 2014), segundo libro de la joven escritora Valentina Nicanoff. En la misma dualidad en que reside lo erótico, como un perfume que impregna cada verso al que el lector accede con el transcurrir de las páginas.

“La inercia es sólo el castigo por haber pedido tanto.” No se está ante un libro placentero, se está ante un libro de poesía, lo cual implica no sólo un gesto necesario de apertura sensorial sino también un salto al vacío. La textura áspera que propone El nudo implica, entonces, enfrentarse a seres que habitan no sólo en el relato sino en el universo interior de cada uno, “porque mis ojos alojan una pecera de animales carnívoros”.

La narración discurre a través de entradas de un diario en las que la protagonista vierte sus conflictos internos, sus miedos y frustraciones, mediadas por una escritura que se asume como una necesidad casi ontológica y no ya como mera catarsis (“Voy a escribir para saciar mi agujero existencial. […] Y si algún día encontrase la manera de hacerlo, me escondería detrás de la vena más robusta de mi cuerpo. Porque jamás querría ser abastecida en mi totalidad”). En un gesto que remite a Alejandra Pizarnik, el escribir de Nicanoff es un constante intento por llenar un vacío infinito. Lo paradójico en ello es que no es más que ese intento aquello que verdaderamente constituye lo humano. Y esa percepción está a flor de piel en El nudo.

Una plétora de energías fluye en la protagonista. La máxima “yo es otro” se vuelve irrisoria frente a esta proliferación incesante de subjetividades, fantasmas, fuegos o animales-que-se-comen-unos-a-otros: “Odio saber que tengo absolutamente todo para materializar mis proyectos. Pero que al final es mentira, porque no me tengo a mí/ insulsa espuma de una ola de mar que me entierra a latigazos”.

Entre cada entrada de ese diario (de a ratos cruel, delirante y hasta surrealista) se van enhebrando poesías que le otorgan al conjunto un oxígeno indispensable frente al, por momentos, abigarrado relato. Pero ese oxígeno más que en el campo de las imágenes (infinitamente prolíficas a lo largo del texto) se halla en el campo espacial. En el campo visual, como claros que se abren en medio de un monte desbordado, para luego volver a cerrarse. Ese efecto se constata, incluso, tomando el libro como totalidad. A medida que se avanza en el texto esos claros se van haciendo más espaciados. Y el diario, la prosa, van ganando más y más terreno.

En cuanto a las temáticas de las entradas, son de lo más variado. Lo que las unifica, por supuesto, es la percepción particular con que la protagonista vive los momentos narrados. El dolor de ovarios, por ejemplo. O el lavar los platos. O bien narraciones como las tituladas “[INVENTARIO DE MIS DESEOS MATUTINOS]” y “[OVITIUARIO AL ZAPALLO QUE CENÉ]”. En todos ellos hallamos una conciencia sumamente depurada del cuerpo (“De dónde emergerán los pétalos de la amapola ahora que mi cuerpo no pronuncia sombras”). Porque lo que está en juego no sólo es una multiplicación energética en la narradora, sino que también es el cuerpo, en tanto que campo de batalla, el que atraviesa las consecuencias de aquel desgarro en el centro de la protagonista.

Con esas herramientas, Nicanoff indaga el barro del que estamos hechos. Con sexo, erotismo, muerte y cotidianidad. Vacío y soledad. Todo lo que presiona desde adentro, bullicioso, casi como una nausea ante el mundo y su, por momentos, intolerable necesidad de vida. Y frente a eso, la poesía. La escritura intentando delinear lo inasible, saboreando su derrota al fin de cada verso.