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Cien años de soledad

Cada grano de tierra de Cisjordania lleva en sí mismo la historia de décadas y décadas de odios, desprecios, miedos y resignaciones, elementos fundamentales del conflicto entre Israel, el “pequeño Estado rodeado del gigante monstruo musulmán” y Palestina, el “eterno pueblo peregrino”.
Cada grano de tierra de Cisjordania carga décadas de odios, desprecios, miedos y resignaciones, elementos fundamentales para comprender el conflicto entre Israel y Palestina. Fotografía: Diego Represa

Por María Laura Carpineta
desde Cisjordania

La sensación es frustración; una tristeza mezclada con una pizca de bronca y resignación. Y la resignación de uno parece hasta egoísta y soberbia cuando se enfrenta a la resignación en los ojos de una señora de sesenta y tantos que, sentada en un banquito en un almacén, conversa con la dueña del negocio un día después de que los soldados israelíes le comunicaron que se quedaban con sus tierras y sus árboles de olivo porque por allí va a pasar el muro de concreto que intenta crear fronteras que no convencen a nadie más que ellos. No parece enojada, ni triste, ni desesperada. Simplemente lo cuenta como si le hubiese pasado a otro.

De hecho, le pasó a otro, a otros. No hay una sola persona en Palestina que no tenga una historia similar para contar. Algo así seguramente le pasó a un hermano, a un primo o a un amigo. Con familias que suman entre 12 y 15 personas —solo contando a los cercanos, cientos cuando se incluyen los primos, primas, tíos y tías— no sorprende el adormecimiento, la normalización de la tragedia y la injusticia diarias.

A pesar de eso, la señora se toma el tiempo de explicar qué le pasó a ella y a sus familias, a tres occidentales que esa mañana habían decidido ir hasta el pueblo a ver si las topadoras y los soldados seguían allí, arrasando cualquier esperanza de solucionar algún día un conflicto que no es religioso ni cultural, pero que se está volviendo parte de la religión y de la cultura, generación tras generación. Los palestinos quieren hablar, quieren ser escuchados y, por eso, aprovecharán cualquier posibilidad para hacerlo. Un joven palestino le dijo una vez a una joven estadounidense: “Nosotros somos todos actores. Desde que sos chico te acostumbrás a que un extranjero, con una cámara o un anotador, te va a preguntar qué pensás de Israel o si se puede alcanzar la paz o si la solución es uno o dos Estados. En este conflicto hay un guión y todos nos lo aprendimos”.

Por eso hablan, cuentan, explican. Aún cuando la mayoría sólo maneja unas pocas palabras del idioma inglés y los extranjeros sólo algunas del árabe, se esfuerzan. Ésa es una de las principales diferencias entre un lado y otro del muro. Del otro lado, del lado donde los parques son verdes y los soldados son amables y simpáticos, la gente no siente esa necesidad de compartir sus miedos y sus resignaciones. Muchos las tienen (soldados muertos en guerras o sirviendo el servicio militar en los territorios ocupados, u hombres, mujeres y niños que les tocó ser víctimas de las olas de atentados que años atrás solían azotar las ciudades israelíes), pero no comparten tan fácilmente esas historias con el foráneo. No las comparten porque están convencidos de que el foráneo no lo entenderá; no entenderá su sufrimiento y, peor aún, lo cuestionará. Mientras los palestinos buscan instintivamente la empatía de todos los que se les acercan, muchos israelíes saben que no la encontrarán.

EL FUERTE SOMETIDO

“Hay una campaña de desprestigio contra Israel. La gente en el mundo no entiende lo que pasa acá.” Así explica una gentil mujer de unos cuarenta años los porqués que impulsaron a Israel a dejar, hace tiempo, de mirar al mundo esperando su aprobación. Los de afuera no entienden lo que es estar rodeado por pueblos (en realidad es uno solo para los israelíes; todos son simplemente árabes) que los odian, que no los reconocen, que en cuanto ganan un poco de libertad hacen poco más que expresar su rechazo, su repudio, su desprecio hacia cualquier relación amigable.

Esa lectura de la realidad sufre algunos problemas. Sin mencionar el origen histórico de ese “odio”, las heridas aún sangrantes de la limpieza étnica palestina que comenzó en 1948 y continúan hoy de la mano de una violencia más inteligente de baja intensidad pero con igual planificación, existen algunos puntos esparcidos en la realidad que ponen en duda el sentido común israelí. Israel está rodeado por enemigos, pero hace más de 60 años que negocia acuerdos más que beneficiosos con la monarquía vecina de Jordania y hace 30 que mantiene un entendimiento incontestable con lo que ellos mismos califican como una dictadura en el Egipto pre-primavera árabe. Los otros vecinos cercanos, Líbano y Siria, es verdad, no son tan amigables. Pero poco debería temer un país que ocupó militarmente al primero durante más de una década (Israel invadió territorio libanés en 1982) y al segundo le robó una porción de su territorio y lo anexó al propio (hace más de 30 años que Siria perdió los Altos del Golan y no parece tener ninguna ilusión de recuperarlos a través de la fuerza militar).

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En el imaginario social israelí, ellos siguen siendo el pequeño Estado, el pequeño David, rodeado de un gigante Goliat árabe. Ilustración: Gastón Souto

Esa es la lógica ilógica que domina gran parte de la sociedad israelí: somos la víctima, pero tenemos a todos los peligrosos vecinos a raya y no hay nada que ellos puedan hacer. Quizá, la confusión radica en la narrativa tradicional que presenta a la víctima como un actor débil y muchas veces incapaz de defenderse por sí mismo. En este caso, según ese relato genérico —el mismo que explicó y explica el Holocausto—, la víctima claramente se halla del otro lado del muro. Pero el Estado israelí creó, desde su nacimiento en 1948, una nueva narrativa basada en la hazaña imposible de David, el pequeño que logró poner de rodillas y vencer al poderoso Goliat. David nunca dejó de ser pequeño, pero aún así mantuvo a raya a su enemigo, lo deblegó. Israel, entonces, debe hacer lo mismo con sus enemigos. En el imaginario social israelí —y de gran parte de la comunidad judía en el exterior— ellos siguen siendo el pequeño Estado, el pequeño David, rodeado de un gigante Goliat árabe, y en esta historia la única moraleja posible es que David desarrolle su músculo y mejore su lanzamiento hasta que el enorme Goliat que lo rodea no se anime a intentar siquiera un movimiento.

Es tal razonamiento el que sostiene, socialmente, la ocupación militar de los territorios palestinos, la construcción del muro y la humillación diaria que sufren sus habitantes que osen cruzar los checkpoints (puestos de control) y entrar a Israel para trabajar o rezar. En nombre de la defensa de un pueblo históricamente perseguido y reprimido, todo parece legítimo si no se escarba un poco en el presente o en la otra versión de la historia, la que se cuenta del otro lado del muro y en contadas aulas universitarias o centros culturales alrededor del globo.

EL DÉBIL SOMETEDOR

Sólo un convencimiento tan fuerte como el de defender a los propios, a la familia de uno, al pueblo de uno, puede explicar cómo la mayoría de los israelíes pasan años y años cuidando como soldados de los territorios ocupados: son guardias en los puestos de control o participan de redadas, arrestos y misiones que sólo pueden ser entendidas como intimidación psicológica. Y aún así, pese a ser capaces de sentir semejante amor por lo propio y los propios no logran humanizar a los palestinos, entender el sufrimiento, la bronca y el odio que surge de vivir bajo una ocupación militar descarada e impune.

La enajenación se hace más evidente cuanto más tenso y abierto es el choque. Hebrón o el Valle de Jordán son excelentes ejemplos. La Ciudad Vieja de Hebrón impresiona hasta al turista más apolítico y despistado. Su corazón está dividido en dos por metros y metros de alambres de púas, bloques de cemento que tapan las entradas de antiguas callejuelas y numerosos checkpoints que controlan las principales arterias que llevan al tesoro más deseado por todos, la mezquita de Abraham, profeta de las dos religiones en supuesta pugna.

Pasar los controles esparcidos en varios puntos estratégicos de conexión entre las poblaciones implica entrar en un pasillo de paredes de concreto. La primera puerta que uno debe atravesar —al estilo de la presentación del Superagente 86— es una rotatoria compuesta por tubos metálicos horizontales que se suceden a lo largo de dos metros. Cuando la luz se pone verde arriba, se pueden empujar los tubos y hacer fuerza hasta pasar. Ni bien pasa todo el cuerpo, la puerta se vuelve a trabar para evitar la concentración de gente en la segunda parte del pasillo. Una vez libre, no hay otra opción que hacer cinco pasos hasta el detector de metales, un clásico en los edificios israelíes, sean cines, shopping o estaciones de colectivos.

Si uno no lleva un arma o una bomba atada al cuerpo, puede dar otros dos pasos hasta la caseta en la que lo espera un joven soldado. “Pasaporte”, reclamará impávido, mientras relojeará de pies a cabeza a la persona que espera el dictamen final. Uno puede haber sido un santo toda su vida, pero aún así se sentirá nervioso en esos segundos eternos. En ese instante el soldado tiene total libertad para decidir sobre los próximos momentos de la vida de uno. Puede elegir sonreír y dejarlo a uno pasar o iniciar un interminable y sinsentido interrogatorio cuyos protagonistas, interrogador e interrogado, sabrán que están jugando un juego en el que se puede mentir. Es más: se espera que se mienta.

Finalmente, esta vez, el soldado opta por devolverme el pasaporte y hacer una señal con la cabeza para que siga camino. Cuando me estoy alejando siento que se arrepintió y quiere agregar algo. “¿Qué?”, pregunto, forzando una media sonrisa que disimule el incipiente nerviosismo. “Que lo disfrutes”, responde el sonriente adolescente, de no más de 21 años, desde adentro de su caseta color verde militar, en la que apenas caben él y su ametralladora automática. Aunque al principio lo dudo, luego me convenzo de que no quiso ser irónico.

Fuente: NaN #9 (septiembre-octubre 2012)