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El cuello del cisne

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La última victoria del Barcelona le dio aire a Lionel Messi frente a los que lo critican como quien hace leña del árbol caído. Aquí, una defensa pasional e innecesaria.     .

Por Hernán Panessi
@hernanpanessi

Y la pelota es un sentimiento.
Y es bueno encontrar alguno despierto.
Andrés Calamaro, “No tan Buenos Aires”

Anda golpeado, triste, ansioso. Ante la inmensidad de su obra, la ignominia no permite vaivenes: “Mercenario”, le dice a Messi un tipo que de lunes a viernes de 9 a 18 se guarda los pedos para no tirárselos en la oficina. Se le quiere torcer el cuello al cisne. No da, pero éstas son las minucias de los tiempos que corren: un gris cualquier gris le puede decir lo que le pinte al número uno. ¿Quién lo permitió? ¿Cuándo arrancó este paradigma? ¿Hasta dónde se pliega? ¿Por qué el mundo es malagradecido? ¿Cuál es la herida narcisista que se pretende saldar proyectando frustraciones? ¿Messi es un “mercenario”? ¿Qué es Messi?

Los números de Lionel Andrés Messi Cuccitini en FC Barcelona: lleva jugados, hasta hoy, 421 partidos y anotados 352 goles. Tiene 0.83 de promedio de gol. Es decir, casi un gol por partido. Arrasador. Ostenta alrededor de 100 récords internacionales: mayor cantidad de goles en un mismo año, único jugador en haber sido máximo goleador y máximo asistente en una misma temporada, único jugador en la historia capaz de lograr en una misma temporada el Balón de Oro, el FIFA World Player, el Trofeo Pichichi y la Bota de Oro, entre muchas marcas más. Ganó ligas, Copas del Rey, Champions League y cuanto torneo apareció en el apretadísimo calendario europeo. “Mercenario”, se anima a decirle la nada a la Eternidad.

El fútbol con Messi cambió para siempre: con la misma pelota que vienen pateando desde la concepción del deporte en 1863, él hizo otra cosa. Una distinta, única, particular; con formas cuidadas, artísticas, fenomenales. Hace, a la sazón, con la misma materia prima que todos algo mejor: la trata como nadie, se enamora de ella, se obsesiona hasta el fin, la maneja como el Romeo más enamorado. Ama cada gajo, cada poro, cada parte de su forma oval, cada pedacito de cuerina. Messi le dio, a este deporte y a todos sus amantes en general, la expresión más pornográfica que erótica de la victoria como única forma de vida. La victoria como demostración de amor. Ahí se volvió extraclases, un ejemplo para los más débiles al demostrar cómo un petiso criollito de 67 kilos puede comerse crudas a pura gambeta y remolino, haciendo uso de una elasticidad mutante, a las fieras más titánicas, duras, férreas y genéticamente ventajosas del globo. Por eso, en un planeta de mediocres, el pico de su pedo se le pianta por el culo al salame promedio ante un pequeño desliz. En estos meses, Lionel Messi, el más perfecto jugador de fútbol en la actualidad y uno de los más selectos de la historia de la humanidad, perdió la Santísima Trinidad: Liga, Copa y Champions. Aún así, bien vale el sesgo para pintar este cuadro: Messi es el mejor ganando o perdiendo. Su ADN es ganador, pero los devenires son imperfectos.

Y no se sabe si fue la ciencia o la providencia divina, pero Messi es terrícola. Y vaya a saber qué coincidencia cósmica lo hizo nacer en Rosario, en la provincia de Santa Fe. Y vaya a saber qué otra coincidencia cósmica, geográfica hizo que Rosario quede entre los 2.780.400 kilómetros cuadrados de terreno argentino. Sí, Messi y acá se certifica que, a veces, Dios aprieta todos los botones juntos es argentino, aunque bien podría ser español, brasileño o inglés. O alienígena. Pero no, ese enfermo de la caprichosa, ese Oliver Atom de carne y hueso, es argentino. Y hasta la médula. ¿Escucharon alguna vez el acento de cualquier argentino que vivió 15 minutos en Madrid o anduvo de paso por el aeropuerto de Barajas? Ajam. Messi vive en Barcelona desde sus 12 años y hoy tiene 26. ¿Lo escucharon hablar? Sí, suena más argentino que el mate, que el Diego, que la birome o que cualquier argentino que vivió 15 minutos en Madrid o anduvo de paso por el aeropuerto de Barajas. ¿Qué no canta el himno? ¡Que haga lo que quiera! ¿Lo vieron besarse la celeste y blanca? ¡Eso es amor! ¿Quiénes ponen esas disparatadas categorías de cariño? ¿A quién le tiene que demostrar algo, en un universo teñido por la vulgaridad, el tipo que es el mejor en lo que hace?

Él juega al fútbol, es así. Y ya pasó antes, con ese cosmos malagradecido que siempre bebió del néctar del resentimiento y se animó a criticar algunos aspectos satelitales de D10S: que es mal padre, que se drogó, que es bocón, que esto, que aquello. Mierda, todo es mierda. Ya se lo preguntó y respondió Manu Chao: “¿Si yo fuera Maradona? ¡Sería mucho peor!”. Pero Maradona no necesita defensas. Y Messi, mucho menos. Él juega al fútbol, hace lo que quiere y, vaya casualidad, es el mejor. “Mercenario”, dice un gris cualquiera mientras se pierde en la bruma de sus propios flatos llenos de desayunos de Burger King y mediodías de comidas compradas en un chino de esos que venden alimentos por kilo. La ignominia no se toma licencia: “¿Si yo fuera Lío Messi? ¡Sería mucho peor!”. Entonces, pese al absurdo previsible de la pavada, el cuello de este cisne que anda golpeado, triste, ansioso se dobla pero no se rompe: aunque lo quieran ver muerto, sigue siendo el mejor de todos.