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Arte y plagio

BORGES_ENTRADA
En 2012, María Kodama demandó a Pablo Katchadjian. Los escritores Claudio Zeiger y Juan José Burzi reflexionan el caso, ahora eco de la presunta intimación a Taringa.   .

El otro, el mismo

Por Claudio Zeiger

Ya se hizo bastante recurrente en la literatura argentina, desde al menos el juicio a Ricardo Piglia y la editorial Planeta por el premio otorgado a Plata quemada, asistir a casos de judicialización. No debería sorprender si viviéramos en el contexto donde escritores que ganan mucha plata por sus libros se vieran jaqueados por detrás por un problema de plagio, fallas en la presentación de un concurso, etcétera. Desde luego, ha existido más de un caso en el que se levanta material vía Internet (en ingentes cantidades, por cierto) y no se citan fuentes, pero esto no suele suceder con obras de ficción. Hasta donde ha trascendido, el caso de Pablo Katchadjian y su El aleph engordado llama la atención por la desmesura, ya que se trata de una “intervención” experimental y no de un plagio en los términos más clásicos: reproducir sin citar, apropiarse de un texto ajeno con fines de hacerlo pasar por propio y ganar, por ejemplo, un concurso. En 2006, el premio Sudamericana La Nación volvió a sacudirse por un escandalete que llevó a que se retirara el premio y prácticamente se invisibilizara el libro Bolivia construcciones, de Sergio Di Nucci.

No creo que haya que parcializar opiniones según los casos. Creo tajantemente que no hay que judicializar la literatura. Desde ya si un escritor, o sus herederos, se siente robado y/o plagiado, tiene el derecho de asistir a la Justicia. Me refiero a no propiciar este tipo de acciones ni por la vía de celebrar cuando golpea a un escritor que no nos simpatiza (el clima de revanchismo contra Piglia era ostensible; yo tuve oportunidad de hablar con él en una reciente entrevista y todavía estaba muy dolido por todo lo sucedido años atrás) y tampoco entrar en el juego de “defender” al “acusado” apelando a la batería de teorías literarias que desde la intertextualidad en adelante vendrían a demostrar que no es plagio sino cita, intertexto y hasta ―máxima ironía en un juicio― homenaje. Creo que esa andanada alrededor del caso “todos contra Bolivia construcciones” llevó el debate a los límites paródicos a los que suele llegar la crítica cuando suelta amarras de lo real: lo real de la literatura y sus condiciones de producción y recepción.

La verdad es que la mayoría de estos casos tienen que ver con el dinero, la plata (¿Plata quemada como profecía?), y es por eso que suelen aparecer en el marco de los concursos, sobre todo si están bien dotados. Creo que en the aleph affair no habría que caer en un debate sobre las intervenciones a textos canónicos sino defender el derecho del escritor a hacer semejante dislate. Uno puede entender que la marca aleph le pertenece a Borges y a sus herederos, pero ay de nosotros si empezamos a confundir la literatura con ediciones piratas.

Hoy, en el mercado mundial y con los agentes literarios en busca de un éxito, se proponen temas, tendencias, tramas de novelas. Es muy probable que dos o más libros coincidan en algunos aspectos más o menos centrales de sus asuntos. Una industria del juicio podría prosperar al calor de estas costumbres de prestarse, llevar y traer tópicos de una literatura a otra, de una moda a otra. ¿Pero dónde está el delito? Que un autor carezca de asunto propio no lo es y fogonear libros trillados como algo original tampoco. Se trata del dinero y cuando algo así sucede en la literatura argentina volvemos a sorprendernos porque esa relación entre dinero y literatura, entre nosotros, es un tema siempre escamoteado. Y entonces viene la moralina de los indignados, que se sorprenden de que también puede haber casos de corrupción en la cultura.

Mientras tanto, no bombardeen Buenos Aires ni judicialicen la literatura.

 

La literatura no es un empleo honesto

Por Juan José Burzi

Programa: Sábado Bus, año 2000. Entre otros invitados estaban DJ Dero y Pappo. En un momento de la charla entre los panelistas y el conductor, DJ Dero dice que lo que él hace es “tocar música”. Pappo retruca que eso no es tocar, DJ Dero intenta explicar algo difícil de entender y Pappo sentencia la discusión mascullando un “búscate un empleo honesto”. Esa misma frase parecería estar diciendo, con un juicio de por medio, María Kodama a Pablo Katchadjian. Es que Pablo Katchadjian “engordó” el cuento El Aleph de Borges, agregando unas 5500 palabras al texto original.

Algunas observaciones:

– Katchadjian parece gritar, desde el título: “Hey, me estoy choreando El Aleph” (siguiendo con el paralelismo “uso del trabajo ajeno-choreo” que se ha planteado). Por otro lado, Katchadjian ya había publicado El Martín Fierro ordenado alfabéticamente, que trata justamente de eso, de ordenar alfabéticamente, sin tocar una letra, todo el Martín Fierro (los derechos de José Hernández son públicos hace rato; quién sabe qué hubiera sucedido si hubiera publicado La rebelión del instante ordenado alfabéticamente o Gotán ordenado alfabéticamente). La postura y, al parecer, intención de Katchadjian es lúdica, transparente. Difiere de la premisa de un plagiador, que es hacer pasar ese trabajo que está plagiando como suyo.

– Para muchos, María Kodama es la “viuda negra”, la “Yoko Ono de la literatura nacional”, lo malo, lo comercial. Los derechos de la obra de Borges le permiten vivir holgadamente. Reitero, para muchos Kodama es un personaje por lo menos antipático.

– Por el contrario, Pablo Katchadjian es un personaje querible, gracioso, inteligente. Además es buen escritor. Las ediciones de estos títulos fueron costeadas por él, en su propio sello editorial, y fueron de una tirada muy baja. No hay pretensión alguna de ganar un peso.

– No todo es dinero en la vida del artista. También está la “fama”. Y es cierto, de este zafarrancho sale mejor parado Pablo Katchadjian que María Kodama, cualquiera fuera el resultado del juicio, si es que se lleva a cabo.

– La demanda de María Kodama parece exagerada. Algunos la acusan de querer obtener dinero a cualquier costo, acusación irrisoria si se tiene en cuenta que maneja los derechos de Borges hace casi 30 años (dicho sea de paso, en poco tiempo la obra borgeana estará libre de derechos).

– Lo que no parece exagerado es que Kodama declare que Katchadjian al menos debería haberle pedido permiso. Pero si Katchadjian le hubiera pedido permiso, ¿no se hubiese desvirtuado el componente vanguardista/experimental de El Aleph engordado?

– Propongo un juego especulativo: se descubre que en la última novela de Mario Vargas Llosa hay varias páginas idénticas a una novela publicada años atrás por un mediocre escritor sudamericano. ¿Alguien defendería a Vargas Llosa? ¿Se traerían a la mesa a Bajtín, Barthes, etcétera?

– Termino como empecé: imagino a María Kodama blandiendo El Aleph engordado y diciéndole a Pablo Katchadjian: “Búscate un empleo honesto”.

– Pablo Katchadjian bien podría responderle que la literatura nunca fue ni será un empleo honesto.

Y para expresar brevemente mi opinión sobre el caso:

– Más allá de festejar la ocurrencia, de leerlos unas páginas y reírme un rato, poco me atraen e interesan estas “vanguardias/experimentos literarios”, el ready made, el collage, la “intertextualidad” o la “desaparición del autor”. Prefiero un libro escrito cien por ciento por un autor reconocible. Sí, soy conceptualmente retrógrado, por si alguien lo está pensando.

– No conozco a María Kodama, pero quiero aclararlo: a mí tampoco me resulta un personaje simpático.

 

Fuente: NaN #7 (mayo-junio 2012)