Por Ezequiel Visconti
Fotografía de prensa de Los Reyes del Falsete
Buenos Aires, marzo 17 (Agencia NAN-2009).‑ La noche del viernes avanza y se presenta ya madura en las tierras que se extienden hacia el Sur del Conurbano bonaerense. El sonido del ferrocarril se incrementa y se detiene al fin en la estación Burzaco. Frente a ella, en la plaza se observa al último contingente de parroquianos que la cruza para adentrarse en las fauces de “La Perla” de Zona Sur, el querido y legendario Tío Bizarro. Como una benévola anomalía, ésta pulpería del siglo XXI despide cada fin de semana los eléctricos acordes de jóvenes bandas e impregna a sus comensales con una oleada de cultura rock de lo más espontánea.
El pasado viernes 6, el turno les tocó a tres muchachos de Adrogué, paisanos de pagos aledaños que en sus tempranos veintes decidieron darse a conocer como Los Reyes del Falsete. Su formación consta de un baterista (Tifi Rex, que ostenta canción homónima) y dos guitarristas: Nico, estudiante de Filosofía; y Juanchi, desocupado crónico. Los violeros llevan adelante la función vocal, turnándose los coros o haciéndolos en simultáneo, cuando hasta el mismo baterista participa de ellos.
Un pequeño gran detalle que pareciera escurrirse a simple vista es la presencia de un bajo o más bien la ausencia de uno. Sobre este fenómeno, Tifi Rex aclara: “Nosotros tuvimos bajistas muy virtuosos, pero jamás nos entendimos. Somos tres cabezas con ideas muy raras y muy parecidas; y a esta altura del partido es imposible que seamos cuatro. Con el tiempo ya no se extraña a los bajistas, hay que bancársela así”. Y así es como se presentan sobre el pequeño escenario del Tío Bizarro, al que parecieran estar homenajeando con su provocador vestuario de remeras con músicos de corte tropical junto a curiosas leyendas. Por ejemplo: “La Nueva Luna, una sana costumbre” o “Leo Mattioli, esto es romántico”. Sin dudas, una actitud que funciona a manera de preludio del humor y la tendencia a lo bizarro que caracteriza a la banda.
Ya el reloj marca las cuatro y los primeros acordes se hacen oír. Es entonces cuando comienza la experiencia (el happening) que constituye un show de estos orgullosos sureños, que abren con “Se lo guardó”, un tema nuevo que sólo habían tocado una vez en vivo. Su producción avanza en un puñado de canciones que remiten al claro sonido de guitarras coloridas de los años 60s, acompañadas por bases rítmicas en donde predomina la escuela beat. Las melodías vocales retrotraen a la dulzura con la que Spinetta supo cantar piezas por demás valiosas como “La cereza del zar”, con un ¿déficit? técnico que transmuta sus falsetes ocasionalmente disonantes en todo una forma de expresión sumamente disfrutable para las mentes abiertas que sepan interpretarlo.
Es por esto que el talante estilístico de sus agudas voces es análogo al del surgimiento del punk, a mediados de los 70s, como estilo decantado de una laguna técnica en comparación al resto de la industria del rock “acartonada” y que supo encontrar oídos atentos capaces de descifrar un nuevo universo simbólico.
La lírica concentra gran parte de las vivencias de la adolescencia extendida de estos tiempos. Así en “Chirca” se puede escuchar: “No me van a dejar entrar en Chirca nunca, nunca más”, como anécdota de noches problemáticas que incluyen incidentes en bares, en éste caso parodiando a Circa, un conocido pub del centro de Adrogué.
O bien el “Yo no gusto de vos, ¡tarado! ¿Estás preocupado por las chicas del futuro?” que reza parte de “Chacal guarango”. Las relaciones interpersonales con el sexo opuesto siguen presentes en más noches descriptas, como es el caso de “Mi chica”: “Mi chica está borracha, mi chica está en bombacha. Mi chica está muy mal, muy mal. Y no me voy a preocupar por nada”, demostrando así una actitud despreocupada ante los inconvenientes ocasionales que presenta el escenario de su vida. O tal vez homenajeando sus lugares comunes.
Durante el recital, sus canciones pasaron de la melodía en escala mayor fácilmente digerible (“Contale al mundo”, “Las cosas como son”) a ciertos picos de locura y bizarría, con pasajes agresivos de guitarras rascadas al extremo (Sonic Youth, Velvet Underground) envueltas en paredes de gritos agudos de pura rabia juvenil, como en “El telefonista loco”, con el que cerraron la jornada de rock.
Así el tiempo se pasó y El Tío Bizarro cambió de forma a mitad del show, cuando el número de personajes que lo disfrutó se incrementó, supieron generarse pequeños pogos y hasta algún que otro habitué se animó al mosh. Todo en esta suerte de Fiesta de la Forma que significa un recital de Los Reyes del Falsete.
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