
Por Adolfo González Tuñón
Papá era un (gran) poeta. No sólo porque escribía poemas sino porque era poeta todo el tiempo. Su mirada y su manera de estar en el mundo se correspondían absolutamente con esa visión romántica del poeta como ser especial, con algo angélico (“volado”, diríamos hoy) y una capacidad para ver la realidad con cierto genio profético. En él, era absolutamente natural, esencial. El gran periodista y crítico teatral Edmundo Guibourg, en un hermoso libro de conversaciones con Mona Moncalvillo, recordando su vida en París (era corresponsal de Crítica allí en 1929, año en el que papá vivió allí y escribió uno de sus mejores libros, La calle del agujero en la media) lo definió muy bien: “Y también estaba Raúl González Tuñón, siempre entre el cielo y la Tierra”. Y hablaba sobre la facultad de descubrir o ver maravillas en lo cotidiano, cosas que a los demás se les pasaban por alto. Como una noche en que fue a golpear la puerta de Guibourg a la una de la mañana, al grito de “vengan, vengan”, sin dar mayores explicaciones. Él y su mujer, que ya estaban durmiendo, se vistieron, siguieron a mi padre hasta un puente sobre el Sena y se pusieron a mirar juntos un muelle vacío, sin entender muy bien qué pasaba. Enseguida, empezaron a llegar decenas de mendigos: ciegos, mancos, inválidos, menesterosos de todo tipo, que recuperaban en ese momento la vitalidad. Los ciegos veían, a los mancos les aparecía como por arte de magia el brazo faltante, los inválidos soltaban sus muletas. Comandados por algunos de ellos, se repartían las ganancias y las esquinas para el día siguiente. Papá había encontrado la “corte de los milagros”, la misma que había descripto admirablemente Victor Hugo, un siglo antes en su novela sobre el jorobado de Nôtre Dame.
Desde muy chico, hablo de mis cuatro, cinco años, con esa peculiar lucidez que tenemos en la infancia y luego la vida nos va quitando o atemperando, me di cuenta de esa condición un tanto extraña de mi padre. Me llevaba cincuenta años, tenía ya el pelo blanco. A pesar de eso, en algunas cosas era más niño que yo. Además, tenía una gran incapacidad para las cuestiones prácticas: cambiar un cuerito de una canilla, por ejemplo, se le asemejaba a una obra de ingeniería hidráulica.
De joven, cuando trabajaba en Crítica, Natalio Botana le regaló un auto y sus hijos intentaron enseñarle a manejar. Papá contaba que se subió al auto y empezó a conducirlo. Hasta que vio un árbol ir contra él. “Un árbol venía contra mí”, decía. Allí quedó el regalo, estampado contra un pino. Nunca más manejó, claro. Lo mismo con las armas. Intentaron enseñarle a cazar: él apuntó al cielo, cerró los ojos y disparó. Al abrirlos, estaban todos lívidos. Al disparar, había bajado la escopeta y casi matado a Poroto Botana. Nunca más lo intentó. A pesar de esto, fue corresponsal en la Guerra del Chaco paraguayo y luego en la Guerra Civil Española, donde anduvo entre las trincheras y vio, claro, mucha muerte y horror. Donde escribió lucidísimas crónicas y excelentes poemas. Donde nunca disparó un solo tiro.
Papá tenía un cuñado coronel, Nicolás Vargas, casado con mi tía Elena, militar hasta la médula y a quien no habían ascendido a general no porque le faltaran méritos sino porque, como constaba en su foja de servicios, como insignia absolutamente negativas era “cuñado de los conocidos comunistas Raúl y Enrique González Tuñón”. El documento también decía que “trataba muy bien a los oficiales y las tropas a su cargo”. Es decir, era buen tipo. Eso no lo hacía apto para ser general.
Mis tíos vivían en Ramos Mejía y un domingo, como tantos otros, fuimos mi padre y yo a visitarlos. El coronel, ya retirado, tenía en una habitación de su casa una importante colección de armas, antiguas y modernas: sables, cuchillos, armas de fuego y hasta un pequeño cañón. Imbuido de espíritu marcial, no tuvo mejor idea que regalarme a mí —que tenía cinco o seis años— una antigua escopeta de esas que se cargan con una sola bala. Recuerdo que me la envolvió en papel de diario y con ella volvimos a nuestra casa de Palermo. Después del viaje en tren hasta Once, tomamos el colectivo hasta casa y en el trayecto —ya era de noche— nos adormilamos. De pronto, llegados a destino, bajamos presurosos… sin la escopeta, que siguió su misterioso viaje hacia, supongo, un porvenir más idóneo. Entendí cabalmente que ese regalo no era para nosotros. Con un progenitor como el mío, era un delirio. Establecí de inmediato una complicidad tácita con mi padre, que me unió aún más con él. Mi tío nunca se enteró de esto. Prácticamente no hay día en que no recuerde a mi viejo. Y, a veces, muy de tanto en tanto, me pregunto qué habrá sido del único arma que él y yo poseímos juntos por un rato fugaz.
Fuente: NaN #3 (julio-agosto 2011)