/Archivo

Chakatá: “El tap te obliga a ser parte de la música”.-

La Compañía Argentina de Tap es, en sí misma, un desafío al mundo de la danza local: improvisan sobre el escenario y no solo se le animan a cualquier género musical sino que también los crean.

Por Ailín Bullentini
Fotografía Magalí Acuña

Buenos Aires, agosto 31 (Agencies NAN – 2012).- En todo el mundo existen personas que son consideradas artistas por andar saltando sobre un par de zapatos con chapas en su suela –sí, tan solo por hacer ruido–, y también personas que se les cagan de risa por esa misma razón. En Argentina, y en la cara de aquellos chistosos, cuatro jóvenes porteñas doblegan la apuesta y demuestran que el tap no solo es un arte ligado a la danza, sino que es una excelente manera de hacer música. “Es tan poca la gente que zapatea”, se lamentó Micaela, con nostalgia y la vista puesta hacia los días en los que intentaba, al igual que sus tres compañeras de Chakatá Compañía Argentina de Tap. Lo logró hace cinco años, cuando juntas crearon el colectivo con el que no solo sacaron del cerco de la danza a las chapas saltarinas sino que ellas mismas se permitieron hacer música con su propio cuerpo. Desde entonces, organizan una vez por mes las Tap Sessions (Teatro del Viejo Mercado, Lavalle 3177, a las 23.30), un ciclo de improvisación con música en vivo.

Micaela Pierani Méndez –la “Mini” cuando de calza las chapas– descubrió la magia del tap a través del teatro musical, ya de adolescente, a pesar de que su abuela siempre le mostraba películas viejas en las que las chapas cerraban cada acto. Es que, recién tras años y años de bailar y cantar frente a un espejo –14 años puede ser poco para una persona, pero mcuhos de entrenamiento ya– descubrió el desafío del zapateo metálico: “El tap te obliga a ser parte de la música. Si no estás zapateando mal”. Para Luciana Castro Sampayo, en cambio, el tap fue el primer encontronazo artístico gracias a la intención de su mamá, que la metió en una clase. El horizonte de la danza se le abrió con el tiempo, pero nunca colgó la zuela de metal que le permite “generar música con el cuerpo; es la fusión perfecta entre el movimiento y la música”. Bárbara Gurevich también fue directo al ruido, algo que a Rosario Ruete, “Pocho” para las Chakatá, la enganchó desde que veía a María Amuchástegui en la televisión –antes de que la flatulencia la obligue a abandonar la carrera–. “Había algo con el sonido que generaban mis pies que me parecía buenísimo, divertido. Y sí, porque para una nenita es divertido”, intuyó.

El “tapa-tapa-tapa” se convirtió en la opción de vida de todas mucho antes de que confluyeran sus caminos en Chakatá, aunque para eso debieron elegir el camino de la búsqueda de “algo distinto”. Todas arrancaron a zapatear desde muy chiquitas y, para el momento de comer de la propia mano, las clases no ofrecían nada nuevo y el camino se ceñía a la comedia musical o a la relación de aprendizaje invertida. “Cada una venía armando su camino con esa sensación de falta: más allá de dar clases, o de formarme con otros profesores, ¿qué se puede hacer con el tap? Porque la realidad es que ninguna se encontraba dentro de la comedia musical. Todo bien con ir a hacer una audición, pero la verdad es que no había comodidad en cantar, bailar y actuar. Queríamos zapatear. Y eso en Argentina no existía”, definió Bárbara.

Luciana y Rosario coincidieron en una clase y comenzaron a conocerse a partir de esa sensación comentada por Bárbara. “Che, qué bueno está bailar tap, dónde puedo trabajar.. Uh, me encantaría armar esto, combinar aquello. En un momento falsheamos con fundar una compañía y todo”, recordó Luciana. Para la misma época, Micaela intentaba junto a una compañera –ella la llaman “la quinta Beatle de Chakatá”– hacer con lo dado otra historia; y Barbi probaba fusionar sus chapas con la perscusión de una alumna. “Todas vibrábams en una misma sintonía, pero en distintos recitales, por decirlo así”, definió Micaela. Hasta que se encontraron –¿Dónde? En una clase de tap, claro– y descubrieron que compartían algo más que una buena experiencia en zapateo.

LA COMPAÑÍA
Generar un espacio común se convirtió, entonces, en una “necesidad” que concretaron en 2007. Al principio, los encuentros eran de mucho ruido y de mucha charla a la vez. “Por un lado éramos de mucho zapatear, de sacarnos las ganas y a la vez de hablar y pensar mucho el camino por donde queríamos ir”. Tenían que sacudirse el polvo de lo formal, un acartonamiento que bancaron durante toda su formación. Las ideas de “romper el cerco” les salían por los poros. El tap, vale la aclaración, no es una disciplina de danza demasiado conocida en el país –su historia radica su origen en Estados Unidos, a partir de una combinación de bailes irlandeses, escoceces e ingleses–. La danza, en definitiva, no lo es. Por ahí comenzaron a andar las Chakatá, entonces, con la intención de jugar en otras canchas pero también de mechar el gen argento.

“El tap nos es muy ajeno”, arrancó Luciana una idea que concluyó Micaela: “Pero lo loco es que todas las danzas folklóricas tienen algo de zapateo, entonces no es ilógico que acá bailemos tap, que se haga sonar el cuerpo”. En tren de definiciones acerca de lo que querían ser como compañía de tap, las ganas de darle a la disciplina una imprinta local estuvo entre los principales objetivos de Chakatá. “Somos argentinas pero bailamos tap. ¿y entonces qué significaba esto? nos preguntamos, incluso desde un lugar más intelectual. Siempre nos pareció que tanto acá como en diferentes partes del mundo nos puedan ver como zapateadoras argentinas”, filosofó Pocho.

–¿Qué tienen que tener las zapateadoras argentinas, entonces?
Pocho:– Hay una música que llevamos en la sangre, hay una identidad latinoamericana que tiene nuestro cuerpo y que habla cuando nos movemos. Tomamos la técnica, entonces, y pensamos siempre qué le podemos incorporar nosotras. Estudiamos mucho folklore.
Luciana:–En el malambo, por ejemplo, el zapateo es casi la columna vertebral. Como grupo lo que queríamos era acercar nuestras raíces al tap, y por eso la búsqueda de una identidad en esos senderos. Nos gusta este lenguaje, pero para hablarlo como se lo habla acá, en Argentina.

En vías de construir la identidad de la compañía, ese ente que toma existencia gracias al aporte de individuos pero que es más que la suma de todas las partes, las Chakatá descubrieron que prescindirían de las pistas de música para poner en funcionamiento su arte. “Nos sentíamos cómodas con la improvisación y con el hecho de utilizar todo el cuerpo como instrumento”. Vayamos por partes, propone NAN, aunque en la respuesta venga todo mezclado.

Bárbara:– Al entrar en un mundo más musical y al sentirnos más indentificadas con ése y no tanto con el de la danza, surge el tema de la improvisación.
Pocho:– Nos empezamos a definir más como zapateadoras y no como bailarinas. No creo que no podamos responder a una coreografía si se presenta, pero el baiarín se limita a la interpretación y nosotras apuntamos a generar nuestros propios ritmos, nuestro propio lenguaje.

La imrovisación, de hecho, es intrínseca a la disciplina, que pese a que en el mundo estalló de la mano del inentendiblemente feliz Fred Astaire –ese orejón que, de traje y moñito se la pasaba zapateando sonriente hasta en el aire–, era el lenguaje desafiante que primaba en los barrios yanquis. Algo como el rap, pero menos border. La percusión corporal, en tanto, les sirvió a las chicas para salir de la monotonía sonora de las chapas contra el suelo de madera las Chakatá hacen sonar sus chapas en todos lados, siempre y cuando puedan ubicar sobre cualquier clase de suelo sus tablas de madera; es que los zapatos se rompen si raspan contra otra superficie. “Las dos chapitas generan un sonido muy limitado. Dos timbres y ya. Se necesitaban otras sonoridades para poder crear una canción”, intentó Luciana esbozar una idea que –otra vez– completó su compañera: “Empezamos a trabajar más como canción, a involucrar el cuerpo como parte de la música. Estando ahí arriba no te bailan solamente los pies, te baila todo el cuerpo”, selló Bárbara.

Con todo eso, las Chakatá armaron una identidad, un sello, intentando hacer equilibrio entre los mundos de la danza y la música. “Acá la disciplina no está explotada; no teníamos referentes, fue una búsqueda y descubrimiento a la vez. Quiero un poquito de esto y esto otro de aquello. Uy, y mirá qué bueno que queda si lo combinamos así. Así, valga la redundancia, llegamos a las Tap Sessions”, introdujo Luciana.

LAS JAMS
Las Tap Sessions es un ciclo de jam de improvisación en el que las Chakatá desafían poder zapatear toda clase de ritmo. Pero en realidad no es solo eso, porque no son solo las chapas las protagonistas. “Se entabla como una especie de diálogo entre los zapateadores, un encuentro entre ellos y los músicos –mencionó Micaela–. Trabajamos con músicos en vivo –a veces es la banda que las acompaña casi todos los encuentros; otra algún grupo invitado– o la hacemos nosotras mismas con el cuerpo. Somos nuestra propia base, nuestra propia canción, nuestra melodía”.

Al principio –hace cinco años, es que el ciclo nació con la compañía– las jams eran gratis. “Eran un lugar muy libre, un encuentro social más que un show de tap en el que la gente todo el tiempo escuchaba que algo pasaba, pero no necesitaba estar todo el tiempo prestándole atención a un escenario”, figuró Bárbara. Y si bien todas remarcaron que no quieren que “se pierda ese ambiente de fiesta”, reconocieron que en la actualidad están en una etapa más formal y, si se quiere, profesional. Sin embargo, la frescura permanece en la lógica del “no saber bien qué va a pasar”. Las chicas cuentan con algunos “toques” –combinaciones de pasos– previstos, pero la magia de la improvisación hace el resto. “Siempre hay algo nuevo. El invitado es diferente y suma cosas nuevas. Nosotras siempre nos sorprendemos de nosotras mismas”, sacudió Bárbara.


Sitio web: chakata.blogspot.com

Galería de fotos