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Discos: “Mugre” (Acorazado Potemkin, 2011).-

La banda, un trío notable de músicos, lanzó uno de los álbumes más destacados del  año en todos sus aspectos. Sus 14 canciones son composiciones conmovedoras, con forma de rock punk, enquistadas de poesía moderna.

Por Luis Paz

Buenos Aires, diciembre 12 (Agencia NAN-2011).- Cada vez que publican un disco, o una serie de canciones en cualquier formato y bajo el concepto que sea, los músicos enfrentan uno de los problemas más desapercibidos del Arte: ¿cuánto silencio, en segundos, poner entre el final de una canción y el comienzo de la siguiente? La respuesta común al intríngulis es darles a todas la misma separación, en el marco de un estándar que propone entre dos segundos y tres. Algunas bandas, no obstante, solucionan el inconveniente de un modo creativo: una de ellas es Acorazado Potemkin, un trío muy notable que en 2011 publicó un disco gratuito que está entre los más destacados del año en todos sus aspectos. En Mugre hay espaciados variables: algunos pueden recurrir a aquel estándar y otros sextuplicarlo, como ocurre al final de la apertura “Algo”. Así, Acorazado Potemkin le da un papel al silencio en su arte, acumulándole un minuto y medio entre estos 44 de alto rock. Y eso que inclusive se cagan en ese silencio, como Tonino Carotone en el amor, entre “Caracol” y “Quiero”.


Acorazado Potemkin es un trío de menos de dos almanaques integrado por el guitarrista y cantante Juan Pablo Fernández, ex Pequeña Orquesta Reincidentes; Federico Ghazarossian, bajista de Los Visitantes, Don Cornelio y La Zona y Me Darás Mil Hijos; y Luciano Esaín, baterista de Valle de Muñecas, Motorama y el proyecto de Flopa Manza Minimal. Los tres son músicos con un nivel interpretativo solvente y un pulso lúdico refrescante. Los primeros dos, además, son compositores de las canciones. El tercero, corista. Los tres, instrumentistas notables con una capacidad que ya le habían aportado a sus proyectos anteriores, pero que aquí se manifiesta en la composición de unas canciones conmovedoras con forma de rock urgentemente punk y enquistadas de poesía moderna.
 
 
Esto último se manifiesta, también como aquello primero, sobre el final de dos temas específicos, “La mitad” y “Los muertos”, que cortan tan en seco (sin que nada quede sonando) como los hechos que narran: el final de cierto tipo saludable de relación agonizante y la muerte. “Si es cierto que lo nuestro se termina, y si es cierto hay que hacerle un final, entonces quiero que te lleves mi hombro izquierdo, que sin tu pelo no lo voy a usar jamás”, se le oye a Fernández en el primer tema, con los invitados Flopa Lestani y Juan Ravioli armonizando con sus coros y teclados, según el caso. “Todos tienen algo que envidiarle a los muertos: no hacen colas ni se apuran y la plata no la usan; como no hablan, nunca mienten, ni se van a equivocar”, se confirma en el otro. Aquí hay grandes canciones.
 
 
Ya la primera, “Algo”, regala una cita para tatuajes: “En algo vos y yo nos parecemos, andamos buscando revancha”. El verso resume la alegre terquedad de los corazones y comprime el espíritu de una canción redentora. La segunda, “Desert”, pasa revista brillantemente por un ecosistema de conceptos modernos (la explotación, la televisión, la publicación de contenidos) e inmortales (los sueños, la empatía o el empate, y el color) con una estrofa que, si todo fuera más sensato, debería inscribirse ya mismo en el Himno Nacional: “Una noche prendí fuerte la televisión, así nadie preguntaba nada. Y la pantalla atrajo mil insectos voladores de todas clases y se armó un pequeño caos. Y alguien escribió que eso era una rebelión, lo publicó y luego me premió; y ahora beca me regala el doberman que dice: ‘No hay más nosotros’. Y yo, siempre en la puerta”.
 
 
En “La carbonera” aportan una alta épica barrial y rutera, pero no sobre los ejes simbólicos del rock rutero o del rock barrial, sino sobre la simbiosis de los barrios cercanos a las colectoras. En “Desayuno”, la convivencia eventual puede parecer eterna. En “Gloria”, otro pasaje iluminado: “La gloria fue esa prostituta que me dio su nombre verdadero”. “Quiero” es pura inquietud. “Perrito”, pura ternura y metáfora. Y “Unos versos”, toda entrega. Es algo muy bueno y útil que Acorazado Potemkin haya puesto esos silencios más extensos que lo que indica la normativa, porque la pausa es precisa al acabar cada una de estas canciones severas, más por la importancia de lo que dicen que por una actitud aleccionadora. Claro, el soliloquio emocional también precisa de tener su respiro.
Además que por el lenguaje utilizado y el formato de canción, más allá de la ingeniería punk y los arreglos de calidad, las canciones de Mugre son bien accesibles porque están disponibles, todas y enteras, para su escucha en internet. Es más, Mugre está ofrecido para su descarga gratuitamente en el sitio web de Acorazado Potemkin, y es todo un gesto que uno de los más memorables discos de factura artesanal de este año sea, además de excelente, una obra democráticamente gratuita: en todo caso, aquel que no tenga internet puede hacerse de él por el precio de una hora de cyber y un CD-R.

*Acorazado Potemkin toca el domingo 17 de diciembre a las 21.30 en el anfiteatro del Parque Centenario, gratis en el marco del festival Conectar, de Estudio Urbano, en el que desde las 16.30 actuarán la ganadora del concurso Bandas Al Aire, La Taza Calva, Nunca Taxi, Rashplan, Globo e Hyperknox.
*Mugre puede descargarse gratuitamente desde Acorazadopotemkin.com.ar
También podés escuchar algunas de sus canciones en http://www.myspace.com/acorazadopotemkin