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“El doble de arena” en Espacio Cultural Urbano.-

Protagonizada por Celeste Antony, Juan Manuel Schiaffino, Aluk Schiano y Ariel Boiola, la ópera prima del Grupo Antagónico tiene la corporeidad de un clásico, aunque deje tal vez demasiadas preguntas sin respuestas. Y es que acaso no las tengan: cuatro álter egos frente a la vida y la muerte, el ser y la nada, el tiempo y la eternidad, entre violines y luces rojas, sobre el mismo suelo que ocupan los espectadores, en una sala pequeña y envolvente.

Por María Daniela Yaccar
Fotografía gentileza de Grupo Antagónico

Buenos Aires, mayo 11 (Agencia NAN-2010).- Lo primero que se ve son dos hombres sentados, en un estado difícil de descifrar. En la mesa, un reloj de arena. Se los ve alegres pero nerviosos, como si supieran que algo malo, aunque refrenable, está por ocurrir. Se percibe, no obstante, que en sus miradas cruzadas hay un malestar: alguno podría estar en falta con el otro. En el piso, una fila de arena secunda a una mujer que yace recostada, atravesando horizontalmente la imagen, completando la incomodidad que nace de los cuerpos masculinos y generando más preguntas. ¿Dónde están ubicados estos tres personajes? ¿Cuál es el contexto que los contiene? ¿Quiénes son? Quizás, lo más interesante de El doble de arena (que se presenta los sábados a las 21 en Espacio Cultural Urbano, Acevedo 460, Ciudad de Buenos Aires) sea que no es posible contestar esas preguntas más que a fuerza de equívocos, y ello pese a que la pieza tiene la corporeidad de un clásico. Es que su planteo es fuertemente existencial: la vida y la muerte, las múltiples posibilidades del ser, el tiempo que pasa sin detenerse.

Con texto y dirección de Ariel Boiola, El doble de arena es una ópera prima que sorprende por la solidez que la campea, sobre todo por la seriedad con la cual se aborda la temática. Sucede, sí, que los personajes –interpretados por Boiolia, Celeste Antony, Juan Manuel Schiaffino y Aluk Schiano– son tan incompletos que, de a momentos, el espectador queda a la espera de una explicación. Y no es precisamente una obra explicativa. Deja, por el contrario, demasiados datos librados a la imaginación. Su modo de ser no es otro que el misterio. Y, por ejemplo, las identificaciones que se proponen son en relación con personajes que no tienen nombres y cuyas conductas no se pueden anticipar de antemano. La pieza plantea una dualidad interesante: una temática universal, textos pesados y filosóficos, por un lado; y por el otro, un abordaje no del todo tradicional, sin por eso ser rebuscado.

La escena muestra luego a esos dos hombres accionando. Uno de ellos, el más diabólico, se abrocha el saco, destilando prepotencia. El otro, en cambio, en actitud inocente y cabizbaja, se mira las manos. La mujer comienza a dar vueltas en el piso, a regocijarse en la arena e, inesperadamente, el público es sorprendido con un apagón. La música absorbente de los violines se termina abruptamente, y el primer hombre grita “¡cuidado!”, acompañado por la potencia de una luz roja que se enciende violentamente, produciendo algunos gemidos de desconcierto en la platea. El encuentro con esos personajes tiene la magia de lo cercano, puesto que la sala es pequeña, envolvente, y las sillas están dispuestas alrededor de donde tiene lugar la acción, en el mismo suelo donde están colocadas y no en un escenario. El hombre maléfico obliga al otro a sentarse. “Sé que nuestro último encuentro no fue muy feliz. Su cara me repugna”, le manifiesta. “Quería que supiera que hoy va a morir”, le anticipa, con seriedad y ningún signo de angustia. Luego lo escupe y lo tira al piso.

Esa violencia entre ellos estará siempre presente. Y eso que son dos aspectos de la misma cosa. Pronto se comprende que aquella no definición absoluta de los personajes es parte de una necesidad dramática: los cuatro personajes que componen El doble de arena –a los tres mencionados se sumará luego una mujer– tienen un mismo centro, que es uno de ellos, el que supuestamente está próximo a encontrarse –o a desear su encuentro– con la muerte. Son caras de la misma moneda, álter egos unos de otros. Múltiples manifestaciones de la esencia humana. La última mujer en aparecer, enfundada en un vestido blanco, adquiere la forma de un recuerdo, que no es otra que la de no tenerla; es por ello que es volátil, cambiante, engañosa. Parece ser un viejo amor del personaje que va a morir. “Él era egoísta como todo el mundo, se creía el centro”, recuerda ella, mirando a la platea con los ojos perdidos. Y en otros momentos de la obra insistirá con los reproches, mientras que él dará muestras de su maltrato hacia ella, como cuando le toca el pecho y luego le grita “puta”. Pero mientras con el hombre que está por morir el vínculo es totalmente enfermo, ella se besará y abrazará con pasión con el otro, el hombre maléfico que se abrochaba el traje.

La mujer que inicialmente acariciaba la arena pareciera ser el motor de la vida, pura energía vital que puja por seguir estando. El lugar que le cabe es la fantasía. El hombre próximo a morir mostrará diversos matices a lo largo de la pieza, recordando su pasado, hablando del amor, de las cosas que hacía cuando era chico. Hablará de la vida, de lo que tiene de lindo (“¿Conoce un placer más absoluto que coger sin forro?”) y de lo que tiene de feo (“Mirar el diario, sentirse angustiado por las desgracias ajenas…”). El otro lo escuchará atentamente y completará sus diálogos, pero también ejercerá su violencia sobre él.

Difusa, misteriosa, imbricada; tales adjetivos le caben a la relación dialéctica que entre estos personajes se entabla, cuando ellos marcan sus diferencias, se separan, se enojan unos con otros, se contradicen y se desgarran, pero también cuando se funden por completo y forman un solo cuerpo, cuando dejan de hablarle al público para hablar entre ellos o cuando dicen lo mismo. “Una sombra, negra, inerte”, repite en un momento uno de los hombres, e inmediatamente la mujer de blanco comienza a decir lo mismo. En esa tensión, con una sombra oscura actuando como velo, transcurre El doble de arena, historia en la que queda claro que lo más importante no es que ellos debatan, sino qué se debate, que no es otra cosa que la marcha de la vida y la inminencia de la muerte, en una rueda que gira sin que nadie la haga girar, un reloj de arena que indica continuamente que los días están contados.

Grupo Antagónico: www.eldobledearena.blogspot.com