Cuatro personajes se enfrentan consigo mismos y demuelen los comportamientos sometidos a los códigos convencionales. Un quinto, el psicólogo, los guía en la travesía, que recorre el Edipo, los matrimonios desgastados, la inseguridad y el mecanismo de transferencia.Por Lola Kuperman
Fotografia gentileza de El guía
Buenos Aires, junio 21 (Agencia NAN-2011).- Las luces dan comienzo al primer round, resuena una campana imaginaria en cada espectador y cuatro personajes se enfrentan escénicamente en un rectángulo limitado por cuatro líneas blancas. Esperan, cada uno en la esquina que ya es suya y cruzan gélidas miradas, el silencio es el réferi del momento. La mujer que viste un ceñido traje anaranjado es la responsable de avisar a sus compañeros que el ansiado guía se retrasaría por un inconveniente.
“Cualquiera que despierto se comportase como lo hiciera en sueños sería tomado por loco”, aseguró Freud. La obra El guía parecería hacer su propia y única versión de dicho alegato. Bajo una aguda dirección a cargo de Horacio Acosta, los cuatro personajes encarnados por Adrián Fiora, Jazmín Rodríguez, Constanza Nacarato y Agustín Rodríguez demuelen los comportamientos sometidos a los códigos convencionales. Tras cada round, el psicólogo interpretado por Mario Mahler los obliga a deshacerse de las máscaras superficiales necesarias para mantenerse en pie.
Los cincuenta minutos que dura la obra no regalarán un segundo de tregua al espectador. El escenario, limitado también por una áspera y consistente luz, reservará una escenografía austera: cuatro sillas y una mesa son todos los elementos necesarios para llevar a cabo una terapia grupal. El espacio que se disuelve en la oscuridad será amplio y recordará una y otra vez al espectador que está presenciando un microclima, un universo sin fecha ni lugar. Una música pop que se hará presente en varias ocasiones será el único recurso para recordar que los pacientes aún pertenecen al mundo real.
“Cuando estoy deprimida, estoy bien”, sentencia Eve, la joven que explicita su locura por ella y por sus tres compañeros que la poseen a nivel subcutáneo. Es la encargada de plantear el primer sueño y a través de un microsegundo de quiebre semántico, nos encontramos en una escena pesadillesca que incluye un caballo, llanto, gritos y muchísimo caos. Mirko, Mecha y Augusto también traerán a terapia una situación, un recuerdo crucial que explica una rama de su comportamiento. La representación de dichos momentos traerá aparentada la incoherencia propia de los recuerdos, una realidad matizada por las emociones y los significados inherentes. Cortejando este caos, los personajes irán desprendiéndose de sus muros hasta que sus vulnerabilidades más recónditas queden desprotegidas.
El desgranado de la historia responderá a conflictos universales: la dicotomía Edipo/rechazo materno, matrimonios desgastados, dosis altísimas de inseguridad y hasta la transferencia erótica al terapeuta. En el caso de Mirko, encorvado en su camiseta de fútbol, se recreará como su hermano desea ganarse a su mujer mientras su madre lo reprocha como a un niño. Luego será el turno de Augusto, quién será verbalmente agraviado por el terapeuta hasta el knock out. En El Guía, los personajes aparentarán ser conscientes de que se encuentran frente a un público, un tribunal tácito que deberá darles la razón de que su estado es, definitivamente, el más crítico entre sus compañeros.
El guía, en la piel de Mario Mahler, llevará un grupo que necesita y pide de él hasta acabar con la escasa cordura que aún sobrevuela el ambiente. La obra, creación del grupo “Los Araóz” y producida por Carla Peterson, llevará al espectador por intervalos extremos. La obra tiene la intensidad de una pelea de box: no propone nada tibio. Sea el psicólogo, el menos estable del quinteto, que exacerbará sin cautela los temores de sus cuatro pacientes que de por sí, caminan sobre tierra fangosa. La inseguridad de Mirko, la promiscuidad de Eve, el Edipo de Augusto y la dependencia de Mecha serán los verdaderos protagonistas de cada lucha. En el escenario, los personajes más que enfrentarse a sus compañeros o a su tortuoso psicoterapeuta, se enfrentarán a sí mismos.
La obra, atravesada por el psicodrama, mantiene rasgos oscuros y cínicos que atrapan al espectador entre el horror, la risa y la compasión. En un proceso cíclico entre la identificación y el rechazo, el público será testigo de cómo aumenta el estado de desasosiego entre los pacientes. La catarsis llegará de la mano del temido y amado guía. Los personajes, tras la última campana del último ring, se derrumbarán.
*El Guía se presenta todos los viernes a las 21 en el Portón de Sánchez, Sánchez de Bustamante 1034, Ciudad de Buenos Aires.