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Energía negativa

ENERGÍA_ENTRADA
Los cortes de suministro eléctrico en el Conurbano y en la Ciudad de Buenos Aires pusieron en foco la delicada situación que atraviesa el modelo energético en la Argentina. Foto: Télam

Por Nicolás Sagaian

Martes 10 de septiembre. El Marriott Plaza Hotel respira un aire pomposo. Poco después del mediodía, el Salón Dorado se llena de trajes negros, tacos altos y copas de champagne. Como todos los meses, hay reunión del Club del Petróleo. Los lobbistas y los popes del sector se juntan a almorzar para mantener las buenas formas, pero sobre todo para mover fichas y tirar puntas. Los negocios y la rosca nunca dejan de alimentarse en un mercado tan extenso y poderoso como éste. Ni siquiera cuando el modelo energético dominado por el oro negro camina rumbo al colapso.

Sincerémosnos. Desde principios de los ‘70 se viene anunciando la crisis (terminal) del petróleo a lo largo del planeta entero. Pero recién ahora comienzan a notarse las graves consecuencias de este esquema atado a la base misma del sistema económico global, que para hacer frente al aumento sostenido de la demanda debe recurrir a otro producto agotable más, y a otro más, sin medir sus efectos: ahora es el turno de los hidrocarburos no convencionales. Luego se verá. Es decir, reina la lógica del vértigo por el vértigo mismo, el paradigma potenciado desde la Revolución Industrial.

“El déficit energético en la Argentina es grave, no podemos darnos el lujo de llorar”, reconoció Miguel Galuccio, CEO de YPF, reforzando el nuevo discurso del Gobierno ante los hombres fuertes del sector durante el banquete en el Marriott Plaza. Las caras en las mesas no eran de buenos amigos. Acostumbrados a los tiempos de bonanza y a las concesiones fiscales, el empresariado se transformó en un hijo malcriado. Sólo responde a sus caprichos —y al vaivén de las reglas del mercado, claro—. Por tanto, indefectiblemente, el modelo necesita algo más que inversiones y apoyos para revertir una situación cada vez más delicada.

Veamos los números en frío: según datos de la Secretaría de Energía, desde 2002 hasta 2011 las reservas de crudo cayeron un 18 por ciento, mientras las de gas natural se desplomaron un 50. Los niveles de “producción” también sufrieron. En cifras más actuales, durante el primer semestre la extracción de petróleo disminuyó un 5,6 por ciento (tocó los 10.1 millones en metros cúbicos), poco menos que la de gas, que retrocedió un 7,4  (al estancarse en 13.615 millones de metros cúbicos).

“Los devaneos de los años ‘90 y la política errada y cortoplacista del kirchnerismo empujaron al país a perder el autoabastecimiento y a transformarse en un importador neto de energía”, señala Diego Mansilla, especialista en hidrocarburos e integrante del Movimiento por la Recuperación de la Energía Nacional Orientadora. Actualmente, el déficit de la balanza energética llegó a un punto crítico. En la primera parte del año, el rojo creció un 78 por ciento y alcanzó un saldo negativo de 3.247 millones de dólares. Para darse una idea de la magnitud del problema, en todo 2011 el déficit del sector en la balanza comercial fue menor a los 3 mil millones de dólares.

La ecuación con estas variables no cierra por ningún lado. “El modelo extractivista-exportador va a contramano del desarrollo sostenible”, apunta la socióloga e investigadora del Conicet Maristella Svampa. Los costos humanos, ambientales y culturales quedan a un costado. El pulso de la economía es el que manda. En sus análisis, los técnicos del Estado se enfocan celosamente en la necesidad de “encontrar un equilibrio” para detener la salida de divisas y “sostener los altos niveles de consumo”, todo esto en pos de evitar “el agotamiento del proyecto macroeconómico”.

En este escenario, se inscribe el acuerdo firmado con la petrolera estadounidense Chevron para explotar los yacimientos no convencionales de Vaca Muerta. Para el Gobierno, esta formación petrolera contiene los recursos “para cambiar el futuro energético de nuestro país” y, por ende, para ampliar la frontera hidrocarburífera. ¿Por qué tanta expectativa? De acuerdo a un informe de la consultora Ryder Scott difundido por YPF, las reservas potenciales —no probadas— de los yacimientos de Neuquén ascenderían en principio a los 22.807 millones de barriles. De esta forma, como estima un análisis del Departamento de Energía de Estados Unidos, la Argentina quedaría tercera en el ranking mundial de recursos no convencionales, detrás de China y Estados Unidos.

¿Pero cuál puede llegar a ser la performance del shale gas y shale oil en el mercado interno? ¿Una vez extraídos estos hidrocarburos responderían de la misma manera que los convencionales? ¿Hasta qué punto se pueden seguir absorbiendo los recursos no renovables en los niveles de hoy? Afirma Raúl Parodiz, ingeniero e investigador de la UBA: “No hay que ser alarmista, pero esta matriz energética está sustentada en el aquí y ahora, típico del pragmatismo capitalista del no future. Algunos pronósticos auguran que para 2025 las reservas del planeta sólo serán capaces de mantener a menos de la mitad de la población mundial. Otros sitúan el cenit más allá. Lo cierto es que tarde o temprano habrá que cambiar de modelo o al menos modificar su médula ósea”.

Vamos a las bases. La matriz energética de la Argentina es fuertemente dependiente de los hidrocarburos: el 86 por ciento de la energía producida viene de combustibles fósiles: 51 por ciento gas, 1 carbón, 34 petróleo (según el Balance 2011). Pero no es un comportamiento arbitrario del país, sino que se trata de una tendencia extendida en el globo prácticamente desde la entrada a la edad moderna. Según un relevamiento del Banco Mundial, el promedio de hidrocarburos sobre el total de la energía utilizada en el planeta hoy es del 81 por ciento. La apuesta clara es por un recurso barato y fácil de extraer.

“Los hidrocarburos son parte sustancial de la base del sistema socio-económico entero”, explica el director del Centro de Estudios de Energía, Política y Sociedad, Víctor Bronstein. “No sólo están presente en el transporte y la generación eléctrica (los combustibles son parte del 66 por ciento de ese proceso, que incluye energía hidráulica [28,4] y nuclear [4,9]), sino que están presentes en muchos de los rincones de nuestra vida cotidiana. Hay diez calorías de hidrocarburos detrás de cada caloría de alimento que consumimos; para arar, irrigar, cosechar, usamos petróleo; los fertilizantes se hacen con gas, los pesticidas con petróleo. Hay siete galones de petróleo en cada neumático y todo el plástico es petróleo: como vemos es un producto ubicuo”, resalta Bronstein.

Por condiciones o por necesidad, el crudo se ha posicionado como motor expansivo de la industria capitalista. Lo mismo había ocurrido con el carbón en el siglo XIX. Por eso, estamos ante un recurso no sólo con valor estratégico y económico, sino también con un fuerte valor político. En derredor del petróleo se discute el ritmo, la organización y el eje de la geopolítica a nivel mundial. Entonces, no es sencillo pensar el tema energético sin tomar en cuenta cada uno de estos aspectos.

Hoy la discusión está puesta sobre qué camino tomar ante el anunciado fin de los hidrocarburos. La Argentina ha elegido volcarse, como la mayoría del mundo, hacia la explotación de los recursos no convencionales. “La ampliación de la frontera hidrocarburífera no responde a un cambio de modelo: es una nueva etapa que profundiza la explotación neodesarrollista del sector en territorios antes considerados improductivos”, precisa Svampa. Una muestra de ello: la Organización Federal de los Estados Productores de Hidrocarburos (Ofephi) antes estaba integrada sólo por diez provincias (las de tradición petrolera). Desde 2006, todas las provincias restantes adecuaron sus legislaciones para favorecer ciertas concesiones a la explotación de hidrocarburos.

Frente a las dificultades en el sector, la Argentina desanda un modelo de intensificación productiva. Ahora, veamos: ¿es posible pensar un cambio de régimen energético en este escenario? Responde Bronstein: “Es muy difícil. Las opciones que hay suman pero no alcanzan a reemplazar todo el entramado de los hidrocarburos. Con su desarrollo tecnológico actual, las energías alternativas renovables no tienen la capacidad de sustentar la enorme demanda de nuestra sociedad de consumo. Así, el cambio no llevará años, aunque se logren nuevos descubrimientos, sino décadas”.

Las opciones que están sobre la mesa en su fase más desarrollada son los biocombustibles, la energía hidráulica, la eólica y la solar. Instaladas como complemento al sistema central en algunas zonas francas del país, todas juntas no llegan a acaparar el 10 por ciento de la matriz energética. En el Plan Energético Nacional la meta es que en 2020 las energías renovables acaparen al menos un 20 por ciento de la matriz. Para eso se sancionó el Régimen de Fomento para el Uso de Fuentes Renovables de Energía (Ley 26.190), que estipula que para 2016 el 8 por ciento de la electricidad deberá generarse a partir de recursos renovables. Hasta ahora, a dos años, el objetivo parece lejano.

La escasa inserción de estos recursos en el modelo energético, para Parodiz, da cuenta de “una pesada herencia luego de dos décadas en las que no hubo un marcado plan a largo plazo”. La gestión ininterrumpida de Daniel Cameron al frente de la Secretaría de Energía se movió entre la generación de vínculos privilegiados con las firmas privadas del sector y la creación de empresas estatales como Enarsa, que recibió el dominio y control sobre todas las áreas off shore argentinas. La nacionalización de YPF en 2012 parecería marcar un giro de timón respecto a los vaivenes de los últimos años, pero aún todo está por verse. La Argentina debe hacerse de tecnologías y del know how.

La transición hacia un horizonte diferente requiere de un sinfín de pasos previos. Mansilla propone: “Hay que trabajar en el plano cultural, por ejemplo, estimulando un plan de uso racional, responsable y eficiente de los recursos energéticos para las empresas, los ciudadanos y el Estado”. Más allá, Svampa agrega que mientras tanto es necesario pensar y generar alternativas al desarrollo tal cual está concebido, con una planificación superadora de las experiencias pasadas y presentes basadas en el mercado. “Bajo los niveles de consumo, el uso no ahorrativo y desinteresado de los recursos tal cual existen es insostenible en cualquier modelo”, sentencia.

Sin embargo, entre estas tensiones, brotan alternativas infinitas. Queda corroborar luego si son aplicables a gran escala o no. Dos ejemplos interesantes: investigadores de la Facultad de Agrarias de la UBA trabajan en la separación de residuos en origen y la producción de biocombustibles a partir de los desechos depositados en rellenos sanitarios. Lo mismo está haciendo el INTI pero en una fase más avanzada con la idea de adecuar el proceso a poblaciones de hasta 40 mil habitantes. “A partir de un generador de ciclo combinado podemos aprovechar los gases de combustión para generar electricidad y reducir el volumen de los residuos en un 90 por ciento”, explica el ingeniero Raúl Poliak, coordinador del proyecto en el Programa de Industria de Servicios y Ambiente.

Punto a favor: el biocombustible no sale de tierras que compiten con la producción alimenticia. Punto en contra: la máquina con la que realizan el proceso es una de las pocas que hay en el país. Las energías renovables tienen que competir también en la lógica, la instalación y el transporte. De entrada, empiezan corriendo de atrás a los recursos que están industrializados en la Argentina.

Fuente: NaN #13 (julio-agosto 2013)