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de corazón a corazón

anecdotario: gilda

Ilustración: Majox

La conocí a los 8 años en La Casona del Encuentro, una bailanta del barrio San Cristóbal, donde ella cantaba junto a su banda Crema Americana. Mis padres me habían llevado por el cumpleaños de uno de sus amigos. Llegó la hora de la torta y mientras mi mamá cortaba las porciones, le pedí una para la cantante. Cuando se la alcancé, me lo agradeció, y el resto de los músicos me cargaron: “¡Ey! ¿A ella sí y a nosotros, no?”. Se río, me miró y me dijo: “Tranquilo, de esta porción comemos todos”. Luego, pasó por la mesa, preguntó por el cumpleañero y pidió gaseosa y sidra para hacer un brindis. El festejo había terminado y caminaba de la mano de mi papá hacia la salida, ella estaba de nuevo en el escenario; alcé la mano y la saludé. Me hizo una seña para que no me vaya. “Mirá papi, la piba que canta me está llamando.” “¿Lo deja que suba?”, preguntó. Una vez arriba, cantamos “No sé tú” de Luis Miguel para cerrar la noche.

 

Días después, pasé con mi mamá por una disquería. “Gilda. De corazón a corazón. En CD y cassette”, leí en un poster. Tanto le insistí que me compró el casete. “Gilda, jilda, shilda…”, la llamé la noche en que volví a ir con mis papás al baile. “No, yilda”, me respondió. “Tengo tu cassette”, le conté y largó una carcajada, se puso colorada, aseguró que debería ser el único. Esa noche iba a ser la última con Crema Americana. Había dado el paso para convertirse en GILDA. Me dejó su número de teléfono y la dirección de su casa. “Nos volvemos a ver”, nos dijimos. Era 1992.

 

Desde entonces, escuché su música rara vez. “No me arrepiento de este amor”, “La puerta”, “Pasito a Pasito”, eran temas que sonaban en la radio, pero yo sabía poco y nada. Hasta que una tarde mi papá me regaló Corazón Valiente, su cuarto y último disco. “Es lo que se está escuchando ahora”, me dijo. ¡Era la piba del baile, otra vez! Su música sonó a todo volumen en mi casa, eran cerca de las siete de la tarde del 7 de septiembre de 1996. Ese día, a esa hora, Gilda moría en un accidente de tránsito. Esa misma noche, cuando la noticia aún no había trascendido, llamé a La Casona del Encuentro para saber cuándo volvería a cantar ahí. Me dijeron que hasta el ‘97 no la iban a poder traer.

 

El mediodía del 8 de septiembre, antes de almorzar, mi primo me dice: “¿Viste quién murió? La cantante que te gusta…”. “¿Lía Crucet?”, le contesté. “¡No, Gilda!”. Largué el llanto, fui corriendo al puesto de diario y pedí el diario Crónica: “Fatal accidente de la bailantera Gilda”. Lloré, lloré y lloré; ponía su música y lloraba. Mi papá tenía un contacto en Crónica y por eso pude ir al velorio, que fue para un círculo íntimo. Recuerdo a Ricky Maravilla destrozado. Todavía no caía en que había muerto justo el día en que volví a escucharla. Eso marcó algo en mí.

 

Conseguí todo sobre ella. Durante dos años, todos los días a las siete de la tarde escuchaba su música en un walkman. En el primer aniversario de su muerte ―cuando en mi familia ya creían que había enloquecido― mi mamá me acompañó al cementerio con una amiga de ella. “Dejalo, ya se le va a pasar”, dijo a mis espaldas. El 7 de septiembre último, a 17 años, la volví a ver y le dije: “¿Viste que no se me pasó?”. Me siento el elegido. Por eso, mientras yo viva y pueda, su imagen va a estar siempre presente. Que Gilda no muera nunca.

 

* Gastón Alarcón es Presidente del Club de Fans Un Amor Verdadero. Esta columna fue publicada originalmente en la NAN #15.

 

Nº de Edición: 1649