
Por Santiago Berisso
“Hay un cuento que dice que cuando uno se siente importante en la vida tiene que ir al medio del campo en la noche y gritarlo. Después, al mirar al cielo, estarán las estrellas moviéndose un poquito por la luz. En el cuento no se mueven por la luz sino porque se están cagando de risa de uno que se cree importante.” A falta de campo, Juan Ignacio hizo el experimento frente al mar y con la oscuridad de una noche bien punteada. Las aguas que marcan los márgenes de Villa Gesell le ofrecieron el mismo resultado. Si es que aún existía algún indicio de mesiánica relevancia en su persona, terminó por confirmar que no era otra cosa que “un pedito sin ruido y sin olor en la historia de la humanidad”.
Juan Ignacio Provéndola es nacido y criado en la ciudad de Villa Gesell. Desde 1982, año en que su madre lo trajo al mundo, hasta la conclusión de la escuela secundaria, vivió en esa ciudad que reúne particularidades y personajes corridos a un costado de la veta balnearia, tan joven como sesgada, que hoy la hace brillar en verano para luego dejarla a un lado con la llegada del frío. Antes de emprender su ida a la Ciudad de Buenos Aires para comenzar la Licenciatura en Periodismo en la Universidad del Salvador, ya había obtenido algo de experiencia comentando partidos de fútbol en el aire de una FM local y escribiendo columnas primero deportivas y luego de rock para el semanario El Fundador, el medio gráfico más antiguo de Gesell, dirigido por Aníbal Zaldívar, quien escribió el prólogo de Historias de Villa Gesell, libro debut de Juan Ignacio. “Tomala vos, dámela a mí”, se dijeron con el paso del tiempo. A los catorce años ya estaba inmerso en sus primeras labores periodísticas. No eran incipientes vislumbres. Su vocación ya era más bien un tatuaje, de esos que hoy le dan mangas a sus flacos brazos.
Un año después de que viniera a estudiar a Buenos Aires, sus padres, Mirta y Eduardo, vendieron la casa y tomaron la misma decisión que su hijo. Por más que allí tuviera amigos, la estadía en la ciudad costera ya no sería tan accesible como antes. En una caja de zapatillas, Juan fue guardando cada recorte o folleto con que se topó que hablase de Villa Gesell y que, en definitiva, lo remitiera a sus orígenes. Entre el interior de una caja y su cabeza fue macerando lo que comenzó siendo una entrega semanal para el semanario gesellino; lo que a principios de este año se transformó en un libro; lo que hace unos pocos días es una segunda edición más extensa. “Gesell tiene una cantidad de historias que me sorprende debido a que es una ciudad relativamente joven, con pocos habitantes, con mucho trabajo golondrina. Toda la gente que pasa va dejando un sedimento”, explica.
Entre sus páginas se permiten el encuentro figuras de enorme relevancia en la cultura argentina, como Javier Martínez y Moris Birabent, Charly García, Ernesto “Che” Guevara, Luis Alberto Spinetta, Willy Crook y Tita Merello. También otros pilares silenciosos que fueron construyendo, en el sentido más amplio de la palabra, unas tierras originalmente despreciadas que en 1931 el comerciante Carlos Gesell hizo propias y que en plena dictadura militar, el 11 de abril de 1978, alcanzaron autonomía municipal. Un árbol, una plaza, un presidente tocando el timbre de una casa, un empleador dándole a su local de comida el nombre de su mejor empleado, un parque zootemático, un hotel, un artista húngaro exiliado en la Segunda Guerra Mundial, un par de clowns empecinados en irse a surfear a Costa Rica y un perro con su caprichosa mirada clavada en el mar: Juan Ignacio Provéndola echa luz a un puñado de historias en las que sus protagonistas se corren hacia un papel de reparto para abrir paso a esa Villa que los vio nacer, crecer o morir.
“En el semanario empecé a publicar estas notas. La primera fue la de Spinetta grabando el corto (Balada para un káiser carabela, de Fernando Spiner). Después hubo historias más domésticas que no superaron ese corte. Al terminar el año había sumado una cantidad de historias que daba como para un libro”, calcula Provéndola. La idea comenzó a materializarse y emprendió la búsqueda de más historias. “Algunas que había querido publicar en el semanario y no había llegado porque no había conseguido la data o por falta de tiempo. Ahí llegué a un total de treinta. Desde la primera nota que había publicado en ese diario ya me había planeado una ruta de laburo: que todas estas notas tuvieran cierto diálogo entre sí para ver si en el futuro las podía publicar.”
De cualquier manera, él resiste en la trinchera de la reticencia al concepto de escritor. Se quiere quedar del lado del periodista y ya. Más por humildad que por aversión al término, explica que nunca se consideró un escritor. “Lo encaré siempre desde un lado periodístico. De hecho, la única forma de que hoy pueda publicar un libro es apelando al nervio periodístico.” El hecho de tener que entregar una nota por semana y además escribir para Página/12 le impedía retirarse a ese misticismo literato que tantas películas nos han vendido. Sin embargo, sí es consciente de que hubo “una decisión de sentarse, de ponerse más las pilas, de pasar por un proceso de corrección en los ojos de un tercero, algo que con las notas no pasa”. Continúa: “El editor de un medio toma ciertas concesiones, no es tan rompe bolas. El editor de un libro, en cambio, es más exigente, sobre todo con las conjugaciones de verbos, con las que soy un desastre”.

En noviembre de 2012 viajó de vacaciones con sus padres a Israel. Días antes de llegar a Tel Aviv, se encontraban en Marruecos. Allí se informaban sobre el inmemorial conflicto palestino-israelí a través del diario El País y la televisión española. Juan Ignacio terminó cubriendo para el diario Perfil. “Estábamos al tanto de que se podía pudrir todo, pero ya estábamos jugados, teníamos todo reservado”, recuerda. Una nueva chispa parecía presta a encenderse. “Estábamos en la playa como en cualquier otro lado. La gente jugando al vóley, haciendo aerobics, comiendo un helado, en la suya. Nosotros decíamos: qué bárbaro los medios cómo manipulan a la gente y generan esta sensación de miedo y la clásica estigmatización de los occidentales a los países árabes. Terminamos de decir eso —sus brazos y espalda se mueven con vehemencia para arriba y abajo, para adelante y atrás— y a los diez minutos empezó a sonar una sirena como la de un coche bomba de los bomberos, pero mil veces más fuerte, que te hacía vibrar todo. La gente corría desesperada y se empezó a nublar. Fue todo muy cinematográfico. No entendíamos nada. Empezamos a correr, también. Nos escondimos. En Israel cada casa, balneario o edificio tiene un refugio de hormigón. Estés donde estés, te metés y te escondés”. Juan se frena y resuena la caída de una ficha en el medio de su cráneo: “¡Lo chiquito que me sentí entre una multitud de gente corriendo! Si ese misil caía, podíamos desaparecer todos. Íbamos a desaparecer y el mundo no iba a ponerse muy triste, la especie humana seguiría reproduciéndose”.
Además de años, agua de este tipo es la que tuvo correr bajo el puente para que Juan Ignacio se sentara a tapar el blanco de un nuevo documento en Word con el propósito de interpretar y quizás reproducir la extraña experiencia de ser una persona enmarcada en una ciudad que lo creó en una medida en la que muy pocos pueden jactarse. No siempre los primeros pasos hablan con elocuencia de los orígenes. “Tuve la posibilidad de escribir distintas cosas sobre deportes, policiales, música, un poquito de política. Y eso a lo mejor nos lleva a tener que buscar un patrón que permita tener un mismo mecanismo de laburo para todo, porque si no te volvés loco. Terminás siendo eficiente en muchos temas e ineficiente en muchos otros —considera—. Mi patrón fue inconsciente, no lo decidí. Pero fue descubrir esa condición humana universal, la que nos motiva a levantarnos todos los días a laburar, a jugar a la pelota, a matar a alguien”.
Por naturaleza, los pliegues esconden con mayor empeño lo que para unos no es más que un obstáculo insignificante y para otros, un escondite digno de ser visitado. A veces, llama la belleza; otras, la necesidad: “Intenté no caer en la idealización de la ciudad. De hecho, el último capítulo habla de una nena que desapareció y es como una piña en la jeta que te muestra que todos esos ideales te los metés en el culo, porque hay una nena que despareció y nadie se calentó: ni la comunidad, ni el intendente, ni la Policía”. El 15 de octubre de 2010 fue el último día que alguien recuerda haber visto a Agostina Sorich, una nena de doce años que nunca llegó a casa para festejar el Día de la Madre, dos días después. La mancomunada desidia desembocó en la expresión más cínica de la incertidumbre.
Aquél último capítulo de Historias de Villa Gesell también muestra el modo en que Juan Ignacio trabaja las historias. El trabajo de archivo que realiza nos indica cuál es su salsa. Un proceso de investigación previa y a detalle que, por momentos, nos remite a Georges Seurat punteando una tela. Data fina que no actúa en detrimento de la fluidez de la historia sino que ayuda al lector a situarse aún más y nos recuerda que estamos, ante todo, frente un trabajo periodístico. “Me sale natural meterme en hemerotecas, me vuelve loco, es lo que más me gusta. Me gusta tanto que ya puteo a la hora de escribir, porque se terminó esa etapa que quisiera que no termine nunca. Y para este laburo me vino bárbaro ese nervio de archivero”. El apego a la búsqueda de documentación está lejos de ser casual: “Me cuesta muchísimo sentarme a escribir. O sea, cuando hablo de escribir me refiero a un artículo, no poesía. Lo mío es más de obrero. Me cuesta mucho quedarme conforme con lo que escribo. El laburo de archivo, al ser la etapa anterior a escribir, me ayuda a patear esa angustia para adelante. Sigo con el archivo y es una excusa inconsciente para demorar la escritura. Quizás no quemás tantas neuronas, no sé”. Es consciente de que es la parte menos vistosa del andamiaje creativo y como tal, la que suele recibir un par de medias en Navidad. “Porque generalmente —agrega— a los que escriben siempre les palmean el hombro diciéndole che qué bien que escribís, pero rara vez te dicen cómo te rompiste el orto buscando estas cuarenta y cinco cosas.” Por si aún no queda del todo claro cómo se distribuyen las dosis de reconocimiento al publicar un texto, insiste: “En un asado aplauden al que hizo el fuego, pero no al boludo que hizo las compras, al que limpió la parrilla, al que después saca la grasa. Bueno, yo no sé hacer asados, pero hago las compras y le sirvo el vino al que está con la carne”.
La mirada de quien está esperando la llegada de la pelota en un córner es particular, característica, no pasa desapercibida. El diámetro de los ojos incrementa en apenas milésimas de segundo y deja al descubierto una mayor superficie de la esclerótica, “la parte blanca del ojo”. Ya sea para despejarla lejos o meterla dentro del arco, las miradas son iguales. El objeto que se acerca ya lo han visto muchas veces antes, pero lo miran con la atención y el asombro de quien está viendo un ovni a pocos metros. Se trata, quizás, de la observación de quien baraja la posibilidad de no lograr lo planeado. Esa capacidad de asombrarse frente a lo que creemos conocer. En el proceso de creación de Historias de Villa Gesell, Juan Ignacio fue a entrevistar a Roberto Mouzo, zaguero central de Boca Juniors en los años ’70 y uno de los máximos ídolos del club xeneize. Una gloria del fútbol argentino se retiraba junto con otra llamada Oscar “Pinino” Más en el Atlético Villa Gesell, diecinueve años después de su debut. “No era una historia de éxito y gloria, todo lo contrario. Era una historia de héroes en decadencia. Inicialmente la encaré desde el lado del fulbito”, cuenta antes de ver que ese córner no iba a tomar la dirección que él quería. “Pero después lo encontré a Mouzo, lo entrevisté y el tipo me terminó contando que tiene un departamento en Gesell, al que iba con su mujer. Ella murió y le había pedido que cremara sus restos y los tirara en el mar. Ellos iban al mismo balneario en que cayó el rayo.” La mujer falleció dos años antes de aquél afamado rayo que terminó con la vida de cuatro jóvenes en enero. “Le costó mucho volver a Gesell. Ahora va en invierno y cada vez que se sienta frente al mar dice que la despide un poco más. Hay tantas historias como miradas que se depositen sobre ellas. Ahí está tu intuición, en el sentido casi futbolístico, de ver para qué lado arrancás”, concluye Juan.
Y así como la ciudad de Gesell es la que aquí precede y preside, tanto individual como grupalmente hablando, a todas las figuras que en ella han dejado una huella, la narración de una historia debe surtir el mismo efecto en su intérprete y reproductor: “Hay un problema que tienen muchos periodistas, sobre todo los narradores que ya hacen notas un poquito más profundas, no así los que laburan en el día a día con la noticia dura y que son casi anónimos, y es que se sienten protagonistas de la historia que están contando. Obviamente que uno es protagonista en el sentido de que es uno quien la cuenta, pero el problema es cuando ya sentís que el mundo necesita desesperadamente que le cuentes lo que te parece esa historia que estás contando. Al final, parece que el tipo se está pajeando delante nuestro”. El alejarse de su ciudad natal ayudó al periodista gesellino a intentar retratar con la mayor fidelidad lo que ese lugar es, a “tratar de pasar desapercibido”. Y como quien sabe que vino al mundo para liberar su obra más que para poseerla, agrega que la idea es “que puedas sumergirte en estas historias sin darte cuenta de que detrás hay un infeliz como yo que las está contando”. De lo contrario, se pondrá una vez más de cara al mar y recordará que no debe “dejarse obnubilar por el brillo de ninguna medalla”.
Hay una realidad y es que el mar, ese amigo y confidente del “Che” Guevara, siempre está presente con la duda de si ir o venir, dispuesto a dar vida a la ciudad que tiene enfrente, a personificarnos aún más para hacernos ver que la historia está en el que tenemos al lado. De paso, el agua hace su trabajo y ofrece sus garantías: “El ideal de belleza humana reside en el cuerpo mojado de la persona que nos gusta”, asevera Provéndola.