En Los otros…, la autora relata el enfrentamiento entre vecinos separados por un muro real y otro imaginario, plagado de prejuicios sociales, que divide a los tienen algo y de los que no tienen nada. Desde un afuera, con certera honestidad de clase, se inmiscuye en terrenos fértiles para reflejar la precariedad y el desencanto que se transforman, muchas veces, en violencia social.
Por Natalia Arenas
Fotografía Iara Lag
Buenos Aires, diciembre 16 (Agencia NAN-2011).- Josefina Licitra, periodista y escritora, pide disculpas por los 10 minutos de retraso y, después de prestarse a una breve sesión de fotos por las angostas veredas linderas a Puerto Madero, propone un bar porteñísimo para sentarse a charlar. Los otros. Una historia del conurbano bonaerense es su segundo libro. Para contar una historia del conurbano bonaerense probó con diversos barrios y temáticas varias, hasta que -gentileza de Policías en Acción- dio con la adecuada. Una historia que parte de un asesinato, allá por 2009, y que tiene como escenario un barrio de Lanús. O dos. O un barrio y un asentamiento. O un mismo barrio separado por un muro de hormigón: de un lado, los «tanos»; del otro, los «negros». Ambos calificativos fueron inventiva pura y exclusiva de los otros: para los habitantes de Villa Giardino, los del otro lado son los «negros». Para los del asentamiento “Acuba”, los vecinos amurados son los «tanos». Para ellos , los de al lado son Los Otros. Y ya.
La otredad como concepto abstracto, pero también como figura ineludible, sobrevuela de manera constante la escritura genuinamente descriptiva y por momentos cruda e irritante de la autora de Los Imprudentes (2007, Tusquets). Ella misma es un otro para sus entrevistados, aún con las zapatillas embarradas de recorrer los pasillos de una villa o cruzar ese puente mortal en La Salada. Y lo sabe. Y lo demuestra, sin vueltas. Sin prejuicios de sus prejuicios.
–Antes de la investigación, ¿cuál era tu visión del Conurbano?
–No era un tema sobre el que yo pensara demasiado. No tenía una idea formada porque nunca me detuve a pensar en el Conurbano. Mi aproximación estaba más relacionada a la infancia. Soy platense y viajaba todas las semanas con mi abuela en el ferrocarril Roca hacia La Plata. Entonces, el Conurbano era todo lo que iba pasando por la ventanilla del tren. Allí tomé algún registro de que había una temporalidad distinta: las casas eran más bajas, el sol pegaba distinto, las cosas iban a un ritmo que, para mí, era bastante ajeno al ritmo del lugar donde yo vivía. Pero, más allá de ese tramo de mi infancia, no tuve ningún otro contacto con el Conurbano.
–¿Por qué elegís esta historia para describirlo? ¿Qué fue lo que te llamó la atención?
–Había algo del primer cordón del Conurbano que a mí me parecía interesante, una idea de la precarización. Tanto en la zona sur como en la zona oeste, muchísima gente había llegado hasta ahí con una idea de progreso, montada en la cercanía con la Ciudad de Buenos Aires, y eso fue el origen de un gran desencanto. Si bien es cierto que el cordón está, según la zona, a 10, 15 o 20 minutos de la capital, la distancia se termina midiendo de otro modo, nunca esa cercanía es real, nunca es tan fácil como uno cree insertarse productivamente en la dinámica que supone una gran ciudad. El desencanto que genera no poder entrar en una lógica de progreso me parecía que era como bastante notorio en este primer cordón, donde se juega esto de estar tan cerca y tan lejos a la vez.
–¿Cómo se refleja esa paradoja en la historia de Los Otros?
–Esta historia habla de cómo miles de familias fueron llegando en distintos momentos: en el caso de los «tanos», en la posguerra, en tiempos de Perón, fines de los ’40; y en el caso de los «negros» fueron llegando en épocas del menemismo. Ambos pensaron que iban a poder trabajar en la Ciudad, pero luego vieron que no era posible. Y eso termina transformándose –que es lo que a mi me interesaba trabajar- en una especie de bronca hacia nada en especial, que uno tiene que canalizar. Cuando vos no tenés a quien culpar porque el Estado es como un ente abstracto, necesitás encontrar a alguien con quien agarrarte a piñas, alguien tiene que ser responsable por lo que a vos te pasa. Es algo que se da en varias zonas del Conurbano, pero también pasó en el Parque Indoamericano… Hay algo de desencanto que se transforma en violencia social y en pelea entre pobres. Esa es la historia que quería contar, no sé si como el símbolo del conurbano, pero sentía un estado de violencia latente, una insistencia en equivocar el enemigo, de la que esta historia me permitía hablar.
–Vos decís que no es un reflejo y, sin embargo, hay una serie de realidades que circulan por tu historia (la falta de cloacas, la contaminación del Riachuelo, los punteros, la feria de La Salada y hasta la identidad) que coinciden con lo que podría ser un reflejo de la Argentina toda.
–Sí, claro, es un reflejo de precarización en general. Cuando yo digo que no es el único reflejo, quiero decir que hay miles de cosas para contar del Conurbano, pero había algo de una precarización social que estaba muy resumida en la historia que cuento. Más allá de que algunas situaciones se repitan en todo el país, en el Conurbano la densidad poblacional es altísima, justamente porque vienen de todos lados, del interior, de países limítrofes, pensando que les va a ir bien, y se ensartan y se quedan ahí. La densidad de la zona hace que todo emerja de una manera más elocuente.
–¿Por qué elegiste contarlo en primera persona?
–Por un lado, me pareció que funcionaba bien una idea de periodista extranjero en un territorio. Finalmente, esto es un viaje –en tanto uno se acerca a un territorio no conocido- y me parecía que eso no podía ser contado desde otro lado que no fuera la primera persona. También porque estoy cada vez más convencida de que uno tiene que explicar de alguna manera desde qué lugar de clase, desde qué prejuicios, desde qué biografía y subjetividad aborda los temas. Los periodistas no somos perfectos, parece una estupidez, pero muchas veces el periodismo se presenta como una instancia perfecta que evalúa las imperfecciones del mundo. La verdad es que el periodismo está hecho por personas que se equivocan, que tienen prejuicios, que nacieron en una casa determinada, con una familia determinada, con un nivel económico determinado, con una educación determinada, cosas que marcan la forma en que piensan y construyen sus relatos.
–Hay una frase que aparece en mitad del libro: “Soy una mujer de clase media, haciendo un libro sobre pobres”. Esa frase refleja la línea editorial del libro. ¿Coincidís con esto?
–Creo que dije algo que se tendría que haber dicho en muchos otros casos. Todos los periodistas que nos dedicamos a problemáticas sociales somos periodistas de clase media escribiendo historias sobre pobres. En este caso en particular, igual, era un punto de tensión dramática. Intenté recrear algo que me pasó cruzando un puente en la feria de La Salada, si bien no lo pensé con esas palabras, estuvo esa cosa de decir: “¿Qué mierda hago acá, si yo puedo estar en mi casa, con mi familia?”. Y, después, pensando en cómo había sido esa sensación, esa frase me permitió, por un lado, estructurar esa situación de desesperación, y por otro lado, publicar sin eufemismos y sin ningún tipo de corrección política mi lugar de clase. Porque, finalmente, yo terminaba de hacer ese trabajo, me iba a mi casa, me ponía mi televisión de pantalla plana y después me iba a dormir. Y esto me parece que tiene que aparecer en algún lado, insisto, muchos periodistas hacen esto: laburás, te comprometés, te angustiás, esperás que todo se solucione, pero después volvés a tu casa y estás re cómoda y esta gente sigue ahí. Y cuando llueve, yo estoy seca en mi casa y esta gente sigue ahí. Entonces, me pareció como un punto de honestidad, quizás medio brutal, de marcar la diferencia, de decir: yo después de todo este desastre me vuelvo a mi lugar de clase, esto va a seguir todo igual. Tal vez no lo dije de una manera amable.
–El final del libro es algo abrupto, no hay conclusiones de tu parte. ¿Desde un principio lo pensaste así?
–Creo que -y de esto me di cuenta después- hay dos relatos y por eso un final así es necesario. Uno, es el más evidente: el problema de los barrios, el asesinato, el culpable, etcétera. Y el otro tiene que ver con el relato de la primera persona y con la formulación de varios interrogantes: ¿cómo una persona puede construir una verdad personal en base a verdades opuestas? ¿Cómo hace un periodista o cualquier persona para decir ‘lo que paso es esto’? ¿Cómo se construyen las verdades? ¿Cómo hace el periodismo para decir esto es lo verdadero?. Y en ese sentido, me pareció lógico cerrar el libro con una verdad jurídica que es, finalmente, lo que se considera la verdad en el mundo: la verdad del Estado. Y aún así puede fallar. El final tiene que ver con que las verdades más objetivas están hechas por personas y está la posibilidad del error, lo que te deja en una situación de desamparo, a la deriva, sujeto a lo que piensan las personas y no el Estado, ¿no? Fue un cierre funcional, en tanto búsqueda de la verdad.
–¿Fue difícil elegir el título?
–No, salió bastante pronto. En realidad, en la editorial querían otro título. Me pareció que estaba bien esta idea de que para cada parte el otro es la amenaza. Y después también hubo otro tipo de construcciones, como que para mi ellos son los otros…
–Y para ellos, vos también lo sos…
–Exacto, todos nos construimos en base a otredades, siempre es uno versus todo lo demás, siempre. Los «tanos» piensan todo tipo de barbaridades de los «negros»: que de dónde sacan sus lozas, de donde tienen todo lo que tienen, cuando, evidentemente, nunca entraron a «Acuba» porque ahí no hay ni una sola construcción en buenas condiciones. Y, del otro lado, también hay una idea de opulencia de los «tanos», de por qué nosotros no podemos tener lo que tienen ellos… y no tienen registro de que los «tanos» están en la lona. Uno va construyendo, cuando no conoce, una imaginación muy frondosa. Y esto trae consecuencias políticas y sociales nunca inocuas porque estos mitos que se van armando, finalmente, alimentan la violencia.
