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El templo de las bicis

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Un cronista de NAN fue a Villa Urquiza para conocer ese famoso taller de ciclomecánica popular del que todos hablan. No sólo volvió con su bici arreglada sino que trajo unas líneas acerca de este lugar donde la filosofía se condice con la práctica. Fotografía: Federico Moscoso

Por Nahuel Gomez

“Pizzería La Ideal”, dice un letrero grande. Uno más pequeño, debajo, da un golpe de actualidad y anticipa la entrada a la Asamblea de Villa Urquiza. Otro, corrigiendo a ambos, da cuenta de que es sábado y allí, en ese día y lugar, funciona La Fabricicleta. Entro y camino junto a mi bicicleta cuatro, cinco pasos. Me topo con un muchacho que estila tiradores y corte mohawk, y observa atentamente una pieza que intenta reparar. Al advertir que está concentrado en la suya, lo interpelo con un puñado de palabras tímidas:

—Necesitaría hablar con algún integrante de La Fabricicleta… ¿vos trabajás acá?
—Acá trabajamos todos, qué sé yo…

La pregunta para romper el hielo no logra su cometido. El pibe responde y sigue en su tarea. Pero sin querer me anticipa un par de cosas: por un lado, deja en claro que no ingresé a una bicicletería común y corriente. “Acá trabajamos todos” sería la frase que explicaría algo de mi estadía en el lugar: nada de haceme esto, poneme aquello, arreglame lo otro: acá trabajamos todos.

La Fabricicleta es un taller de ciclomecánica donde uno lleva su bici para aprender a repararla. El objetivo es que un medio de transporte autónomo como es la bicicleta pueda ser arreglado y sostenido por el mismo usuario, ahorrándose así la dependencia de un mecánico que, en la mayoría de los casos, también es autodidacta. Por otro lado, un poco más profundo y filosófico, el “acá trabajamos todos” delata el mismo espíritu del “hacelo vos mismo”. Sí, claro, la frase del punk, pero también del pensamiento libertario. Creo que encontré uno de esos lugares en donde la teoría se lleva a la práctica.

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Fotografía: Federico Moscoso

Paso la posta del muchacho de tiradores un poco decepcionado por la respuesta que, en principio, no llegué a comprender. Recorro, ojeo piezas. Miro atentamente la variedad de cadenas, pedales, ruedas. Veo muchos elementos pero no sé cómo funcionan entre sí. Pienso en que entiendo qué es la propiedad según Proudhon, pero aún ningún bicicletero me pudo hacer comprender qué es y para qué sirve un gomín. Asomo la misma pregunta que hice ni bien pisé el lugar, esta vez hacia otro destinatario. Me responde Francisco, que no es ningún Papa ni le gustaría serlo. Él es uno de los ideólogos de La Fabricicleta y, además, es el santo que me guiará, con paciencia, en el camino que culmina en la reparación de mi rodado.

En señal de gratitud por su respuesta, y como moneda de cambio por el curso acelerado de bicicletería que me dará en unos minutos, le ofrezco una docena de facturas que compré para compartir con los pibes. Hay vigilantes (Policía), cañoncitos (Ejército), sacramentos y bolas de fraile (Iglesia). Están todos esos nombres que en la Argentina de inicios del siglo XX usaban los panaderos anarquistas para burlarse de los distintos sectores del poder. Sin prestar atención al detalle de mi obsequio filosófico-pastelero, los ciclomecánicos festejan mucho más el sabor de unos delicados y burguesitos croissants. “Somos principalmente antifascistas. La mayoría somos anarquistas o socialistas libertarios, pero hay de todo. Igual, ojo, no vas a ver a alguien del PRO acá ni tampoco del Partido Obrero; somos apartidarios”, cuenta Francisco, mientras engulle un cañoncito.

Me explica dos o tres tips para desarmar la bicicleta. Se va un rato a andar en skate dentro del taller, pero antes me pide que observe como María Alejandra —una colombiana que llegó un rato antes que yo para reparar su rodado— verifica que no haya pinchaduras en la cámara de la rueda. Ella acerca un cachete a la cámara y la roza suavemente para captar la perdida de aire con el tacto. La imito intentando descubrir si mi bicicleta tiene el mismo problema. Con un gesto más patético que sensual, recorro el perímetro de la cámara con mi cara. No hay pinchaduras.

Francisco vuelve y me dice: “Ves, ése es el espíritu de La Fabricicleta: lo que ella aprendió hace veinte minutos te lo enseña a vos, y vos ahora se lo podés enseñar a otro”. Conforme con la respuesta y con el estado de mi bicicleta, inflo ambas gomas y me voy. Al fin y al cabo, las ruedas saben de revoluciones.

Fuente: NAN #12 (mayo-junio 2013). Conseguila en nuestra Tienda Virtual.