Conclusión de una trilogía, el libro vale por su capacidad de generar contexto y derrumbar el mito punk del ser antojadizo y caprichoso, motorizado por una furia elemental al sistema. Lo hace a partir de ocho encuentros fundamentales del movimiento punk metropolitano.
Por Luis Paz
Buenos Aires, diciembre 5 (Agencia NAN-2012).- El 17 de julio de 1981, Los Violadores actuaron junto a la Ronsanroll Band y Trixy y Los Maniáticos en la Universidad de Belgrano, en lo que quedó asentado en la historia oral del punk rock argentino como el primer festipunk de este país. Aquella noche, el carácter nihilista, activista y contestatario de la incipiente comuna punk porteña, conformada por jóvenes marginales y de clase media con vergüenza o asco por su origen, chocó contra el comportamiento de los rockeros de Belgrano y de varias otras zonas pudientes de la ciudad que seguían a la Rosanroll. Se armó bardo en el auditorio de la coqueta universidad y hubo tres decenas de detenidos, entre ellos el notable músico Horacio “Gamexane” Villafañe, recientemente fallecido, que fue sindicado como “líder de los agitadores punk”. La anécdota, refrescada recientemente por la muerte del ex guitarrista de Todos Tus Muertos y La Sobrecarga, entre otras bandas, justo apareció registrada textualmente en el libro Derrumbando la Casa Rosada, que bajo la aclaración Mitos y leyendas de los primeros punks en la Argentina 1978-1988 compila historias, hechos, personajes, bandas, sitios, ideas y relaciones fundamentales para comprender el comienzo de este movimiento en Buenos Aires, con capítulos dedicados a Alerta Roja (autores de la canción que da nombre al libro), Los Baraja, Secuestro, (Miles de Millones de) Cadáveres de Niños (Negros Muertos de Hambre y de Frío), Antihéroes, Marcelo Pocavida, Morgue Judicial y Sergito Anticristo y los primeros skinheads.
Este volumen viene a completar una trilogía con La manera correcta de gritar: Ska, 2-Tone y Rude Boys en la Argentina, del periodista y músico Daniel Flores (Satélite Kingston) y Gente que no: Postpunks, darks y otros iconoclastas del under porteño en los 80, de varios autores. Los tres fueron publicados en la colección Libros de una Isla del sello Ediciones Piloto de Tormenta, un destacable emprendimiento editorial que en estos últimos años ha puesto en letras lo más simpático e importante de la historia de la música underground de los últimos ’70 y de los ’80 de la Argentina en dictadura y durante la apertura democrática. Lo que equivale a definir a estas tres obras como una suerte de Sexus, Plexus y Nexus (la histórica “trilogía rosada” del genial autor Henry Miller, rupturista, desprejuiciada y virulenta en su expresividad), de entregas consecutivas y hasta sincrónicas, del retrato de otra expresión sanguínea como la sexualidad: la música joven de la no concordia, la denuncia y la organización de sus bases.
Buena parte de su valor, más allá de la importancia de su contenido documental y testimonial (con nombres insignes de esos movimientos como los de Flavio Cianciarulo, Patricia Pietrafesa, Palo Pandolfo, Gamexane, Fidel Nadal o Pil Trafa aportando sus recuerdos e incluso escribiendo algunos de los textos), radica en la capacidad de generar contexto de las tres obras puestas en relación. Lo que ocurre así es la deconstrucción del prejuicio del punk como un ser antojadizo, caprichoso y poco pensante motorizado por una simple furia elemental contra un sistema que, a esta altura, sigue sin ser definido en un cuadrante coherente que exceda al “capitalismo”. Lo que permiten estos textos es ver que este movimiento, como exponente duro del rock y como oponente también de la subyugación de esa cultura a la del espectáculo y la cultura de masas, fue en verdad un conglomerado de expresiones artísticas, performáticas y organizativas que tendió a la eliminación sincrónica de la dependencia de los valores preexistentes: revolución a la manera de su definición por defecto, acción directa a la manera de los manifiestos políticos y oposición sistemática a la dominación de los valores del mercado, los medios y las empresas.
A diferencia de Gente que no, basado en el estudio de casos a partir de las coordenadas de los nombres propios de bandas y músicos, Derrumbando la Casa Rosada pone su eje narrativo en ocho encuentros fundamentales del movimiento punk metropolitano, ubicados en espacio y en tiempo (incluso el curioso encuentro de Los Baraja con Moria Casán en el viejo Canal 9 y la actuación de Secuestro en la histórica ATC) para ofrecer un relato más o menos ordenado y lógico acerca de su aparición, su evolución y su ingreso a la historia musical oficial, un hecho que pese al esfuerzo autogestivo y la naturaleza paraoficial, ilegal y autolegitimante de sus proveedores habla también de cómo se desarrolla la fagocitosis en el campo cultural y de cómo la revolución tiene el camino siempre allanado para convertirse más tarde en conservadurismo.
Así, y en el marco de un juego caprichoso pero por lo común acertado de legitimaciones a “lo que es punk y lo que no es punk”, en el que caen desde Racing Club, La 12 y Moria Casán hasta el Jardín Botánico, los represores de la dictadura y el documentalista Lech Walesa (lente patente de la Internacional Punk), y sumada la breve guía de nombres aportada sobre el fin del libro, Derrumbando la Casa Rosada menciona holgadamente todo partícipe (personal, espacial, temporal y accesorio) de esta gesta (contra)cultural y se permite explorar ciertos focos relevantes para ubicar, como mediante un GPS, las redes de colaboración, influencia y conflicto entre los que se tejió la gran red punk argentina, un telar desparejo, roto, mal cosido y agarrado con alfileres de gancho, pero de una expresividad conmovedora como posapavas tejido por un niño de jardín de infantes. Lo que no está para nada mal desde que la juventud, el caldo de cultivo en el que las obras punk hicieron mitosis, es en sí un gran Caos insondable.